/ jueves 9 de julio de 2020

Comentarios y Algo Más | Muerte al final del último tercio


Hasta el 30 de agosto de 1985 se extendió la maldición echada por el destino, once meses antes a la corrida del día 26 de septiembre de 1984, de la Plaza de Toros, de Pozoblanco.

En esta última fecha, del llamado “Cartel Maldito” solo vivía el joven torero galo-español, José Cubero Sánchez, “Yiyo”. Francisco Rivera Paquirri, embestido en el primer tercio por “Avispado”, moriría horas más tarde en Córdoba. El torero de 21 años, que, por su artística, clásica y fina forma de torear, fue llamado “El Príncipe del Toreo”, fallecería el 30 de agosto, por mortal cornada de “Burlero”, al final del último tercio.

No estaba programado para la corrida de Colmenar Viejo; el implacable destino lo integró al cartel. Entró en lugar de Curro Romero, que un día antes, comunicó a la empresa, no estar en condiciones de torear por estar lesionado.

Torearía como tercer espada con Antonio Chenel “Antoñete” y José Luis Palomar. Los toros, de Marcos Núñez.

Un año después de tomar la alternativa en Burgos, la confirmó en la Plaza de las Ventas 27 de mayo de 1982. El 28 de febrero de ese año, la habría confirmado también en la Plaza México. Su padrino, Manolo Martínez, testigo Jorge Gutiérrez; los toros fueron de Begoña. En su primero, fue ovacionado; en el sexto dio la vuelta al ruedo. Mostró con clase, su toreo, tanto de capa como de muleta.

La tarde de su encuentro con la muerte, salió el sexto, el último de la corrida. Un toro negro bragado, codicioso, noble y repetidor, al que toreo, aprovechando sus condiciones, con esplendido arte. El público se le había entregado. Antes de tomar la espada habría dicho a su apoderado: “Hoy lo voy hacer mejor que nunca”.

Llegó la hora de la verdad. Antes de entrar a matar, dio tres o cuatro templados pases en redondo; el toro acometía con fuerza. Se perfiló a matar. Movió la muleta y acudió el toro a la cita. “Yiyo”, con fuerza hundió el estoque, que penetró en el morrillo hasta la empuñadura. El toro moribundo embistió, el torero hizo un quite. Lo sintió y le dio una voltereta; al alcanzarlo en el suelo lo engancho en el costillar izquierdo; lo levanto y lo arrojó a la arena

Al ser levantado, dijo a su subalterno: “Pali, este toro me ha matao” El diamante del pitón izquierdo le había partido el corazón.

Así terminó la vida del niño, que a los tres años le había deslumbrado la plaza de Colmenar Viejo, a la que, su padre había llevado a ver por primera vez una corrida de toros. Allí nació el torero, que anhelaba triunfar en todas las plazas.

“De esa plaza, Yiyo y Burlero- escribe Alberto Peláez Montejos, en 1987-se fueron para seguir toreando allá arriba. Ahora, los dos, juegan en aquellas plazas donde los pitones no parten el corazón y todas las tardes a las siete en punto, Burlero le habla de amor, de las estrellas, del cielo y de la vida y la muerte”.



Hasta el 30 de agosto de 1985 se extendió la maldición echada por el destino, once meses antes a la corrida del día 26 de septiembre de 1984, de la Plaza de Toros, de Pozoblanco.

En esta última fecha, del llamado “Cartel Maldito” solo vivía el joven torero galo-español, José Cubero Sánchez, “Yiyo”. Francisco Rivera Paquirri, embestido en el primer tercio por “Avispado”, moriría horas más tarde en Córdoba. El torero de 21 años, que, por su artística, clásica y fina forma de torear, fue llamado “El Príncipe del Toreo”, fallecería el 30 de agosto, por mortal cornada de “Burlero”, al final del último tercio.

No estaba programado para la corrida de Colmenar Viejo; el implacable destino lo integró al cartel. Entró en lugar de Curro Romero, que un día antes, comunicó a la empresa, no estar en condiciones de torear por estar lesionado.

Torearía como tercer espada con Antonio Chenel “Antoñete” y José Luis Palomar. Los toros, de Marcos Núñez.

Un año después de tomar la alternativa en Burgos, la confirmó en la Plaza de las Ventas 27 de mayo de 1982. El 28 de febrero de ese año, la habría confirmado también en la Plaza México. Su padrino, Manolo Martínez, testigo Jorge Gutiérrez; los toros fueron de Begoña. En su primero, fue ovacionado; en el sexto dio la vuelta al ruedo. Mostró con clase, su toreo, tanto de capa como de muleta.

La tarde de su encuentro con la muerte, salió el sexto, el último de la corrida. Un toro negro bragado, codicioso, noble y repetidor, al que toreo, aprovechando sus condiciones, con esplendido arte. El público se le había entregado. Antes de tomar la espada habría dicho a su apoderado: “Hoy lo voy hacer mejor que nunca”.

Llegó la hora de la verdad. Antes de entrar a matar, dio tres o cuatro templados pases en redondo; el toro acometía con fuerza. Se perfiló a matar. Movió la muleta y acudió el toro a la cita. “Yiyo”, con fuerza hundió el estoque, que penetró en el morrillo hasta la empuñadura. El toro moribundo embistió, el torero hizo un quite. Lo sintió y le dio una voltereta; al alcanzarlo en el suelo lo engancho en el costillar izquierdo; lo levanto y lo arrojó a la arena

Al ser levantado, dijo a su subalterno: “Pali, este toro me ha matao” El diamante del pitón izquierdo le había partido el corazón.

Así terminó la vida del niño, que a los tres años le había deslumbrado la plaza de Colmenar Viejo, a la que, su padre había llevado a ver por primera vez una corrida de toros. Allí nació el torero, que anhelaba triunfar en todas las plazas.

“De esa plaza, Yiyo y Burlero- escribe Alberto Peláez Montejos, en 1987-se fueron para seguir toreando allá arriba. Ahora, los dos, juegan en aquellas plazas donde los pitones no parten el corazón y todas las tardes a las siete en punto, Burlero le habla de amor, de las estrellas, del cielo y de la vida y la muerte”.