/ jueves 2 de julio de 2020

Comentarios y Algo Más | Muerte en la tarde

Es el titulo de una de las tres obras taurinas, del norteamericano escritor Ernest Hemingway. Avecindado muchos años en España conoció toda la fiesta. Los editores de esta trilogía como si se tratase de una pieza teatral, llamaron al estuche de su presentación, “Muerte en tres actos”.

Después de publicar en 1927, “Fiesta”; en 1932 publicaría “Muerte en la Tarde”. La última de la serie, “Verano Peligroso” fue ofertada al público lector en 1961; días antes de su suicidio.

Nada imaginario hay en su obra. Todo es real. La vida de un torero, termina no siempre, en la arena de la plaza. Pero cuando el destino lo quiere se da. En otras ocasiones, finaliza en el quirófano, o en la entrada.

El premio Nobel de Literatura en 1954, con categoría de escritor consagrado, en su prosa, proyectó hacía el futuro la crudeza de la desgracia taurina.

Pasados veintitrés años de su muerte, en Pozoblanco, de la provincia cordobesa, el 26 de septiembre de 1984, en la ultima corrida de temporada, componían el cartel Francisco Rivera “Paquirri”, José Cubero “Yiyo”, y Vicente Ruiz “El Soro”; llamado por un cronista de la época por lo sucedido después: “Cartel maldito”.

“Avispado”, de la ganadería de Salayero y Brandes, cuarto toro, fue para “Paquirri”. Él mismo, lo llevaría al caballo. Al segundo capotazo, su astifino pitón interesó hasta la cepa una de sus piernas; se lo llevó entre la cornamenta hasta los medios. La herida era mortal. Llegó moribundo al hospital de Córdoba. En horas más, ganadero, apoderado, alternantes, cronistas, presentes allí escucharían: ¡Ha muerto!

José Cubero “Yiyo”, como segundo espada, continuó lidiando a “Avispero”. Afligido por la consternación, no escuchaba los “olés” del público. Le corta las orejas. Pero se niega a dar la vuelta. Las entregas a uno de los banderilleros de “Paquirrri”. Llevándolas en las manos da la vuelta al ruedo; sin poder evitar, que las lágrimas nublaran su visita y mojaran su rostro. Antes, “Yiyo,” había desorejado a su primero. Era el triunfador. Se negó a abrir la puerta grande. Salió como “El Soro,” apresurado de la plaza, para dirigirse a Córdoba. Al llegar, el torero de Zahara de los Antunes, había fallecido.

En horas de la madrugada, amortajado su cuerpo, el féretro en hombros de su cuadrilla abandonó el hospital. En la estación del ferrocarril, esperaba el carro que llevaría sus restos mortales hasta su tierra natal. En coro, los cordobeses al grito de “¡Torero”! ¡” Torero”! lo despidieron.

Vicente Ruíz “El Soro”, esa trágica tarde, había cortado también dos apéndices. Un desafortunado percance le impediría seguir su carrera de matador de toros. Solo volvió a caminar, apoyado en dos muletas de madera o metal. No volvió a torear.

El ganadero Juan Luis Brandes, dueño de Salayero y Brandes, fue asesinado en 1988, por uno de sus empleados.

Los miembros de la cuadrilla de Francisco Rivera “Paquirri,” perdieron la vida, en un accidente automovilístico.

José Cubero “Yiyo”, un año después del desdichado septiembre de 1984, moriría también. En uno próximo referiré cómo sucedió.

Por todo lo acontecido en la infortunada corrida de Pozoblanco, y después de ella, el cronista, ya ignorado, llamó a ese anuncio: “Cartel maldito”.


Es el titulo de una de las tres obras taurinas, del norteamericano escritor Ernest Hemingway. Avecindado muchos años en España conoció toda la fiesta. Los editores de esta trilogía como si se tratase de una pieza teatral, llamaron al estuche de su presentación, “Muerte en tres actos”.

Después de publicar en 1927, “Fiesta”; en 1932 publicaría “Muerte en la Tarde”. La última de la serie, “Verano Peligroso” fue ofertada al público lector en 1961; días antes de su suicidio.

Nada imaginario hay en su obra. Todo es real. La vida de un torero, termina no siempre, en la arena de la plaza. Pero cuando el destino lo quiere se da. En otras ocasiones, finaliza en el quirófano, o en la entrada.

El premio Nobel de Literatura en 1954, con categoría de escritor consagrado, en su prosa, proyectó hacía el futuro la crudeza de la desgracia taurina.

Pasados veintitrés años de su muerte, en Pozoblanco, de la provincia cordobesa, el 26 de septiembre de 1984, en la ultima corrida de temporada, componían el cartel Francisco Rivera “Paquirri”, José Cubero “Yiyo”, y Vicente Ruiz “El Soro”; llamado por un cronista de la época por lo sucedido después: “Cartel maldito”.

“Avispado”, de la ganadería de Salayero y Brandes, cuarto toro, fue para “Paquirri”. Él mismo, lo llevaría al caballo. Al segundo capotazo, su astifino pitón interesó hasta la cepa una de sus piernas; se lo llevó entre la cornamenta hasta los medios. La herida era mortal. Llegó moribundo al hospital de Córdoba. En horas más, ganadero, apoderado, alternantes, cronistas, presentes allí escucharían: ¡Ha muerto!

José Cubero “Yiyo”, como segundo espada, continuó lidiando a “Avispero”. Afligido por la consternación, no escuchaba los “olés” del público. Le corta las orejas. Pero se niega a dar la vuelta. Las entregas a uno de los banderilleros de “Paquirrri”. Llevándolas en las manos da la vuelta al ruedo; sin poder evitar, que las lágrimas nublaran su visita y mojaran su rostro. Antes, “Yiyo,” había desorejado a su primero. Era el triunfador. Se negó a abrir la puerta grande. Salió como “El Soro,” apresurado de la plaza, para dirigirse a Córdoba. Al llegar, el torero de Zahara de los Antunes, había fallecido.

En horas de la madrugada, amortajado su cuerpo, el féretro en hombros de su cuadrilla abandonó el hospital. En la estación del ferrocarril, esperaba el carro que llevaría sus restos mortales hasta su tierra natal. En coro, los cordobeses al grito de “¡Torero”! ¡” Torero”! lo despidieron.

Vicente Ruíz “El Soro”, esa trágica tarde, había cortado también dos apéndices. Un desafortunado percance le impediría seguir su carrera de matador de toros. Solo volvió a caminar, apoyado en dos muletas de madera o metal. No volvió a torear.

El ganadero Juan Luis Brandes, dueño de Salayero y Brandes, fue asesinado en 1988, por uno de sus empleados.

Los miembros de la cuadrilla de Francisco Rivera “Paquirri,” perdieron la vida, en un accidente automovilístico.

José Cubero “Yiyo”, un año después del desdichado septiembre de 1984, moriría también. En uno próximo referiré cómo sucedió.

Por todo lo acontecido en la infortunada corrida de Pozoblanco, y después de ella, el cronista, ya ignorado, llamó a ese anuncio: “Cartel maldito”.


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