/ jueves 25 de junio de 2020

Comentarios y Algo Más | Sentida muerte, la de don Jorge Garcés Cruz

El sábado pasado falleció, en esta ciudad, don Jorge Garcés Cruz: prototipo, de mexicano honesto. El trabajo y la honestidad, fue la conjunción que le hizo ser hombre de iniciativa y acción.

La constancia y dedicación en el ejercicio del comercio, desde su juventud, fue en él tarea constante. Salió vencedor. Como vendedor trashumantemente recorrió los caminos de su región. Venció con tenacidad adversidades. Con aliento y optimismo continuó su lucha diaria de vendedor.

Ahorrando centavos, ganados en una jornada, logró hacer un “capitalito”. Lo volvía a invertir. Creció y varió su mercancía. A sus consumidores les ajustó el precio y los novedosos artículos.

Ese “capitalito” aumento. Cuando lo considero suficiente., puso una tienda en su terruño. Después como todo hombre que sueña, que anhela, que desea, la prosperidad, estableció una tienda de las llamadas de autoservicio. Los logros fueron halagüeños.

Después fundó, otra, otras, y otras más hasta llegar a muchas. Hoy, en la geografía del estado, hay expendios que la sola razón social, inducen al consumidor, a pensar en don Jorge Garcés Cruz.

Sus almacenes, compiten en precios y en calidad de artículos, con los ofertados por el transnacionalismo especulador. Miles de consumidores prefieren sus centros comerciales, para la compra de satisfactores perecederos e imperecederos.

Con visión realista, en una aurícula y ventrículo del corazón de la ciudad, un día instaló un complejo comercial, que reactivó la economía de la tradicional, aunque ahora diferente, antigua área toluqueña.

Rescató un predio histórico en el que, durante 67 años, estuvo una institución sucesora del “Hospicio de Pobres”: La Escuela de Artes y Oficios para Varones. Plantel que, en las postrimerías del siglo XIX, con el Instituto Literario de Toluca, y la Escuela Normal para profesoras, formaba la trilogía de colegios, de mayor renombre en el Estado de México.

El grupo de “reliquias” Edayenses, pedimos autorización para colocar en un muro de su edificio una placa conmemorativa, como referencia histórica de la EDAYO. La diseñó y fundió el maestro Cesáreo Sandoval Villegas, jefe del taller de fundición.

-Con mucho gusto señores, pueden colocarla; qué más necesitan, preguntó. Titubeamos. Pueden disponer de ese espacio para su ceremonia si la hacen. Le agarramos la palabra. Cada 11 de septiembre nos reunimos para homenajearla y recordar lejanos años en que nos conocimos.

Sus virtudes de sobriedad, de modestia, de sencilla, nos las mostró cuando, le ofrecimos un homenaje.

-No lo merezco, pero no lo desaíro-. Aceptó.

En el último septiembre, enaltecimos en el acto dedicado a él, sus cualidades, su bonhomía, su caballerosidad, su cordialidad, su educación, su filantropía, sus méritos; sus valores, su honradez de hombre intachable.

Dijímosle, que era un empresario mexicano; comprometido con su pueblo. Qué con espíritu y lealtad patrias, había rechazados propuestas de compra a sus negocios por inversionistas extranjeros.

Su hijo Jorge, me diría: “Es cierto señor; nos ha tentado”; pero no venderemos.

Su familia está de luto. Llora su muerte. Vive infinita tristeza. Los empresarios nacionalistas como él también están de duelo.

El alma, el espíritu, el anima, de don Jorge Garcés Cruz; por el bien que hizo en la tierra, y como buen hombre de fe, está en el edén, paraíso, o gloria. Lugar bienaventurado, en que descansará eternamente.

selata@hotmail.com


El sábado pasado falleció, en esta ciudad, don Jorge Garcés Cruz: prototipo, de mexicano honesto. El trabajo y la honestidad, fue la conjunción que le hizo ser hombre de iniciativa y acción.

La constancia y dedicación en el ejercicio del comercio, desde su juventud, fue en él tarea constante. Salió vencedor. Como vendedor trashumantemente recorrió los caminos de su región. Venció con tenacidad adversidades. Con aliento y optimismo continuó su lucha diaria de vendedor.

Ahorrando centavos, ganados en una jornada, logró hacer un “capitalito”. Lo volvía a invertir. Creció y varió su mercancía. A sus consumidores les ajustó el precio y los novedosos artículos.

Ese “capitalito” aumento. Cuando lo considero suficiente., puso una tienda en su terruño. Después como todo hombre que sueña, que anhela, que desea, la prosperidad, estableció una tienda de las llamadas de autoservicio. Los logros fueron halagüeños.

Después fundó, otra, otras, y otras más hasta llegar a muchas. Hoy, en la geografía del estado, hay expendios que la sola razón social, inducen al consumidor, a pensar en don Jorge Garcés Cruz.

Sus almacenes, compiten en precios y en calidad de artículos, con los ofertados por el transnacionalismo especulador. Miles de consumidores prefieren sus centros comerciales, para la compra de satisfactores perecederos e imperecederos.

Con visión realista, en una aurícula y ventrículo del corazón de la ciudad, un día instaló un complejo comercial, que reactivó la economía de la tradicional, aunque ahora diferente, antigua área toluqueña.

Rescató un predio histórico en el que, durante 67 años, estuvo una institución sucesora del “Hospicio de Pobres”: La Escuela de Artes y Oficios para Varones. Plantel que, en las postrimerías del siglo XIX, con el Instituto Literario de Toluca, y la Escuela Normal para profesoras, formaba la trilogía de colegios, de mayor renombre en el Estado de México.

El grupo de “reliquias” Edayenses, pedimos autorización para colocar en un muro de su edificio una placa conmemorativa, como referencia histórica de la EDAYO. La diseñó y fundió el maestro Cesáreo Sandoval Villegas, jefe del taller de fundición.

-Con mucho gusto señores, pueden colocarla; qué más necesitan, preguntó. Titubeamos. Pueden disponer de ese espacio para su ceremonia si la hacen. Le agarramos la palabra. Cada 11 de septiembre nos reunimos para homenajearla y recordar lejanos años en que nos conocimos.

Sus virtudes de sobriedad, de modestia, de sencilla, nos las mostró cuando, le ofrecimos un homenaje.

-No lo merezco, pero no lo desaíro-. Aceptó.

En el último septiembre, enaltecimos en el acto dedicado a él, sus cualidades, su bonhomía, su caballerosidad, su cordialidad, su educación, su filantropía, sus méritos; sus valores, su honradez de hombre intachable.

Dijímosle, que era un empresario mexicano; comprometido con su pueblo. Qué con espíritu y lealtad patrias, había rechazados propuestas de compra a sus negocios por inversionistas extranjeros.

Su hijo Jorge, me diría: “Es cierto señor; nos ha tentado”; pero no venderemos.

Su familia está de luto. Llora su muerte. Vive infinita tristeza. Los empresarios nacionalistas como él también están de duelo.

El alma, el espíritu, el anima, de don Jorge Garcés Cruz; por el bien que hizo en la tierra, y como buen hombre de fe, está en el edén, paraíso, o gloria. Lugar bienaventurado, en que descansará eternamente.

selata@hotmail.com