/ jueves 11 de enero de 2018

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Los hombres viejos, en vísperas de un año nuevo, decían: “Años nones, años de dones; años pares, años de pesares”. Irrealmente, distinguían cómo serían.

Por ser viejo, evoco esa concepción. Hombres, familias, o pueblos, en año impar esperaban recibir bienaventuranzas. Otros, resignados, obtendrían en año par aflicciones, congojas, penas.

Esas creencias se han abandonado. Otros presentimientos olvidados son “las cabañuelas”. Ya no se observa cómo son los primeros 12 días del mes de enero. Así serían los meses. Se pronosticaban escarchas, lluvias tempraneras o heladas adelantadas. Hoy jueves 11 de enero corresponde, en esa añeja visión, al mes de noviembre. Según lo que suceda así será el penúltimo mes del año.

En tiempos de modernidad y materialismo económico ya nadie recuerda esas populares premoniciones, muy propias de los campesinos en el pasado.

Años y meses ya no tienen las diferencias pensadas en tiempos remotos. Todos son iguales. Climatológica, económica y políticamente son semejantes.

La alteración del clima físico ha variado la vida montarás, hidráulica, campirana. La mutación del sistema político ha afectado la productividad del campo.

Al escuchar a los políticos hablar del “campo”, recuerdo la propiedad social de la tierra en nuestro entorno: el ejido. Figura desaparecida por la tecnocracia neoliberal. En el homenaje a la Ley Agraria de 1915, en su CIII Aniversario, el “líder” de la CNC, Ismael Hernández Deras –en la antigua sede de la otrora poderosa central– pidió al precandidato Meade “apoyo para el campo”. ¿A cuál se referiría si ya no hay parcelas ejidales? ¿Al dedicado a la novedosa agroindustria alimentaria empresarial? O… al de golf. Antes que procurar apoyo “al campo”, el “líder”, con su preocupación, proyecta su futuro político. Sólo eso.

El ejercicio de la política en años nones y pares, sin pensarse como un augurio de generosidad, o de mezquindad, ha castigado severamente a la sociedad. La dicha para ésta, en todo tiempo político es una quimera.

Qué dejó a los mexicanos el año 17 del siglo XXI. Ninguna ventura. Fuimos severamente castigados. Las reformas estructurales, a cuatro años de su promulgación, se revelan como atentatorias a la economía nacional. Son benefactoras de las empresas trasnacionales, petroleras, alimentarias, mineras. Con ellas, y la competencia según nuestros gobernantes, se abarataría el consumo de energéticos básicos para vivir: gasolina y luz eléctrica.

Para estar al nivel de los precios mundiales, liberaron sus costos. Eso no fue lo que se esperaba en un año obsequioso.

La naturaleza puso su cuota: los sismos del mes de septiembre. Poblaciones, ciudades, del sur de la república quedaron devastadas por el fenómeno telúrico; la Ciudad de México vivió, como 1985, otra símil tragedia.

Antes de concluir 2017 nos regalaron los Poderes de la Unión –uno, ejercido por un mandatario; dos, por los representantes de la nación– la Ley de Seguridad Interior. Negro, con el obsequio se advierte el panorama para los mexicanos; conocerán con su aplicación los efectos de un año pesaroso. 2018 es año par.

Algo que podría eliminar el estigma aplicado a los años con digito parejo, sería que el régimen oligarca, el 1° de julio, respete la voluntad popular; que no manipule los órganos electorales. Que no les exija operar el algoritmo en favor del partido en el poder. Partido sumergido en el más profundo desprestigio por las inmoralidades de su nueva clase política elevada al poder comprando votos.

Que este año par entre a la historia, no como uno más que prodigue sentimientos de dolor, sino como uno generoso, que haga posible en México la resurrección de la democracia electoral.

Después de 36 años de regímenes neoliberales, México necesita urgentemente un cambio de gobierno y de modelo de desarrollo. Amerita un presidente que “desempeñe leal y patrióticamente el cargo conferido por el pueblo y mire en todo por el bien y prosperidad de la Unión”. Compromiso, lamentablemente ultrajado con la traición.

Un mexicano, distanciado de las maneras con que se ha gobernado a nuestra patria desde 1982, requiere una oportunidad. Démosela.

 

Los hombres viejos, en vísperas de un año nuevo, decían: “Años nones, años de dones; años pares, años de pesares”. Irrealmente, distinguían cómo serían.

Por ser viejo, evoco esa concepción. Hombres, familias, o pueblos, en año impar esperaban recibir bienaventuranzas. Otros, resignados, obtendrían en año par aflicciones, congojas, penas.

Esas creencias se han abandonado. Otros presentimientos olvidados son “las cabañuelas”. Ya no se observa cómo son los primeros 12 días del mes de enero. Así serían los meses. Se pronosticaban escarchas, lluvias tempraneras o heladas adelantadas. Hoy jueves 11 de enero corresponde, en esa añeja visión, al mes de noviembre. Según lo que suceda así será el penúltimo mes del año.

En tiempos de modernidad y materialismo económico ya nadie recuerda esas populares premoniciones, muy propias de los campesinos en el pasado.

Años y meses ya no tienen las diferencias pensadas en tiempos remotos. Todos son iguales. Climatológica, económica y políticamente son semejantes.

La alteración del clima físico ha variado la vida montarás, hidráulica, campirana. La mutación del sistema político ha afectado la productividad del campo.

Al escuchar a los políticos hablar del “campo”, recuerdo la propiedad social de la tierra en nuestro entorno: el ejido. Figura desaparecida por la tecnocracia neoliberal. En el homenaje a la Ley Agraria de 1915, en su CIII Aniversario, el “líder” de la CNC, Ismael Hernández Deras –en la antigua sede de la otrora poderosa central– pidió al precandidato Meade “apoyo para el campo”. ¿A cuál se referiría si ya no hay parcelas ejidales? ¿Al dedicado a la novedosa agroindustria alimentaria empresarial? O… al de golf. Antes que procurar apoyo “al campo”, el “líder”, con su preocupación, proyecta su futuro político. Sólo eso.

El ejercicio de la política en años nones y pares, sin pensarse como un augurio de generosidad, o de mezquindad, ha castigado severamente a la sociedad. La dicha para ésta, en todo tiempo político es una quimera.

Qué dejó a los mexicanos el año 17 del siglo XXI. Ninguna ventura. Fuimos severamente castigados. Las reformas estructurales, a cuatro años de su promulgación, se revelan como atentatorias a la economía nacional. Son benefactoras de las empresas trasnacionales, petroleras, alimentarias, mineras. Con ellas, y la competencia según nuestros gobernantes, se abarataría el consumo de energéticos básicos para vivir: gasolina y luz eléctrica.

Para estar al nivel de los precios mundiales, liberaron sus costos. Eso no fue lo que se esperaba en un año obsequioso.

La naturaleza puso su cuota: los sismos del mes de septiembre. Poblaciones, ciudades, del sur de la república quedaron devastadas por el fenómeno telúrico; la Ciudad de México vivió, como 1985, otra símil tragedia.

Antes de concluir 2017 nos regalaron los Poderes de la Unión –uno, ejercido por un mandatario; dos, por los representantes de la nación– la Ley de Seguridad Interior. Negro, con el obsequio se advierte el panorama para los mexicanos; conocerán con su aplicación los efectos de un año pesaroso. 2018 es año par.

Algo que podría eliminar el estigma aplicado a los años con digito parejo, sería que el régimen oligarca, el 1° de julio, respete la voluntad popular; que no manipule los órganos electorales. Que no les exija operar el algoritmo en favor del partido en el poder. Partido sumergido en el más profundo desprestigio por las inmoralidades de su nueva clase política elevada al poder comprando votos.

Que este año par entre a la historia, no como uno más que prodigue sentimientos de dolor, sino como uno generoso, que haga posible en México la resurrección de la democracia electoral.

Después de 36 años de regímenes neoliberales, México necesita urgentemente un cambio de gobierno y de modelo de desarrollo. Amerita un presidente que “desempeñe leal y patrióticamente el cargo conferido por el pueblo y mire en todo por el bien y prosperidad de la Unión”. Compromiso, lamentablemente ultrajado con la traición.

Un mexicano, distanciado de las maneras con que se ha gobernado a nuestra patria desde 1982, requiere una oportunidad. Démosela.

 

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