/ jueves 14 de mayo de 2020

Comentarios y algo más... | Román Castillo, ha muerto

Ese, es el personaje de un romance español, rescatado hace muchos años, por Oscar Chávez. La única vez que saludé al canta-autor, le llamé Román Castillo. ¿Por qué me llamas así’? Por ti conocí el romance, contesté. El encuentro se dio al término de un recital, ofrecido en la plaza principal de Metepec. Dio una fumada a su cigarro y caminó hacia donde estaba su vehículo.

Hace muchos años adquirí un disco de larga duración que junto con “La Niña de Guatemala”, lo contiene. En el compacto y su predecesor el cassete, las gravó.

Pude llamarlo “El Estilos”, su alias en la película “Los Caifanes”. Pero, no. Prefiero referirlo con el nombre de esa castellana composición poética.

Vivió, no del cine, si del canto. Salvo ese filme, no vi otros Sé que intervino en varios. No los conozco. Recuerdo dos breves apariciones. Una, en “Las Visitaciones del Diablo”; otra, “La Generala”. En ambas, es invidente. Canta viejas canciones populares.

Murió el 30 de abril en la ciudad de México. Era grande el hombre; empero, vivió intensamente lo que más le agrado: cantar y escribir canciones y corridos. Rescató además composiciones que yacían en el olvido. El alma musical de México quedó en su amplia discografía, enriquecida con canciones de pueblos latinoamericanos.

Cantó en foros, carpas, o al aire libre, para todo tipo de público. En su concierto anual del Auditorio Nacional, mezcló a todos los sectores de la ciudad de México.

En comunión unánime la audiencia aplaudía al cantautor, cuando aparecía en el magno escenario. El recital transitaba de viejos tiempos, al de esa noche. Iniciaba con el clásico romance y, concluía con una parodia política.

Con su canto hizo critica al sistema político. Amén de ser gran difusor de nuestra poesía popular, fue hombre de profundas convicciones políticas. Con la canción de protesta enjuició la represión institucional.

El panorama musical de México y de Latinoamérica, con su voz quedó inmortalizado para siempre. Junto a “Ventanita morada”, está “Siboney”. Cerca del corrido a “Juan Cortina”, aparece el de “Genaro Vázquez”. “José Martí,” unido a “Salvador Allende”. A “La Ixhuateca” se arrima “La Llorona”. Pegada a “La Flor de la Canela”, está “Mariana”. “Macondo”, enlazado con “Cien Años”. “Hasta Siempre”, arrimado al “El Corrido de Nicaragua”. “El Corrido del Tapado”, cercano al “De Ranchero a Diputado”, “La Delgadina,” ligada a “Lagrimas Negras”. Esto, y más conforman la herencia lirica de Oscar Chávez.

Hoy que ya no está, su audiencia, lamenta su perdida. El juglar, en “La Ixhuateca”, trovaba: “Yo andaba buscando la muerte/ cuando me encontré contigo/”. De allí tengo el corazón en dos mitades partido”. Aunque han pasado los años/nunca ha pasado aquel día/

Al encontrarse con ella, le diría: “La dicha quedó conmigo/ya es eterna la alegría/”.

Ese, es el personaje de un romance español, rescatado hace muchos años, por Oscar Chávez. La única vez que saludé al canta-autor, le llamé Román Castillo. ¿Por qué me llamas así’? Por ti conocí el romance, contesté. El encuentro se dio al término de un recital, ofrecido en la plaza principal de Metepec. Dio una fumada a su cigarro y caminó hacia donde estaba su vehículo.

Hace muchos años adquirí un disco de larga duración que junto con “La Niña de Guatemala”, lo contiene. En el compacto y su predecesor el cassete, las gravó.

Pude llamarlo “El Estilos”, su alias en la película “Los Caifanes”. Pero, no. Prefiero referirlo con el nombre de esa castellana composición poética.

Vivió, no del cine, si del canto. Salvo ese filme, no vi otros Sé que intervino en varios. No los conozco. Recuerdo dos breves apariciones. Una, en “Las Visitaciones del Diablo”; otra, “La Generala”. En ambas, es invidente. Canta viejas canciones populares.

Murió el 30 de abril en la ciudad de México. Era grande el hombre; empero, vivió intensamente lo que más le agrado: cantar y escribir canciones y corridos. Rescató además composiciones que yacían en el olvido. El alma musical de México quedó en su amplia discografía, enriquecida con canciones de pueblos latinoamericanos.

Cantó en foros, carpas, o al aire libre, para todo tipo de público. En su concierto anual del Auditorio Nacional, mezcló a todos los sectores de la ciudad de México.

En comunión unánime la audiencia aplaudía al cantautor, cuando aparecía en el magno escenario. El recital transitaba de viejos tiempos, al de esa noche. Iniciaba con el clásico romance y, concluía con una parodia política.

Con su canto hizo critica al sistema político. Amén de ser gran difusor de nuestra poesía popular, fue hombre de profundas convicciones políticas. Con la canción de protesta enjuició la represión institucional.

El panorama musical de México y de Latinoamérica, con su voz quedó inmortalizado para siempre. Junto a “Ventanita morada”, está “Siboney”. Cerca del corrido a “Juan Cortina”, aparece el de “Genaro Vázquez”. “José Martí,” unido a “Salvador Allende”. A “La Ixhuateca” se arrima “La Llorona”. Pegada a “La Flor de la Canela”, está “Mariana”. “Macondo”, enlazado con “Cien Años”. “Hasta Siempre”, arrimado al “El Corrido de Nicaragua”. “El Corrido del Tapado”, cercano al “De Ranchero a Diputado”, “La Delgadina,” ligada a “Lagrimas Negras”. Esto, y más conforman la herencia lirica de Oscar Chávez.

Hoy que ya no está, su audiencia, lamenta su perdida. El juglar, en “La Ixhuateca”, trovaba: “Yo andaba buscando la muerte/ cuando me encontré contigo/”. De allí tengo el corazón en dos mitades partido”. Aunque han pasado los años/nunca ha pasado aquel día/

Al encontrarse con ella, le diría: “La dicha quedó conmigo/ya es eterna la alegría/”.