/ lunes 22 de febrero de 2021

Contexto | El avaro de la pandemia 

La pandemia altero personalidades, en algunos potencio virtudes, en otros agudizo la maldad y los vicios.

Esta es una de esas historias, la de un hombre miserable que siempre se había sentido bello e inigualable, la de un “hombre completo”, como le gustaba autollamarse, que se miraba todos los días al espejo, como la madrasta de Blanca Nieves, para preguntar por la hermosura que se imaginaba tener. “Espejito, espejito”, se repetía esa frase antes de empezar cada día solo para aumentar su ego y buscar la seguridad en sí mismo que le hacía falta. Consideraba injusto que nadie a su alrededor se lo dijera abiertamente y por eso presumía de una fuerza que no tenía ni una guapura de la que carecía.

Su inseguridad poco a poco lo fue haciendo más violento con los seres y el mundo que le rodeaba. No comprendía como nadie apreciaba su “buen ver”, su aire de Don que se pretendía dar para ocupar un lugar en una sociedad en la que él vendía su apariencia. Estaba vacío porque sabía que todo lo que era se lo debía a otros porque por sí mismo no había sido capaz de lograr nada en su vida. Eso no lo aceptaba pero lo sabía y cada noche sufría las consecuencias de su frustración que se le acumulaba en el rostro, en sus arrugas que ocultaba con botox, en sus canas, porque ya era viejo, que se pintaba para parecer más joven, en tener coches deportivos para subir muchachas que nunca se le acercaron porque tenía un aliento, un vaho, tan mal oliente como de azufre.

Era tal su ego que con los recursos que tenía, porque había vivido de la renta que le quitaba a sus padres, se hizo de un sequito de empleados, quienes por hambre más que otra cosa, se le plegaban a sus caprichos, a sus borracheras y a sus andanzas nocturnas, unas veces también con mujeres, a las que compraba con sus palabras, sus promesas y la idea que andarían con el hombre más guapo del mundo.

Ninguna le duraba, ni siquiera para guardar las apariencias, las compraba en sus sentimientos llenándolas de regalos con lo que ellas accedían como si de verdad lo amaran. Eso le hizo sentirse un Don Juan, pero resulto tan baratero que andaba con una y les hablaba a otras. Fue tanta su inseguridad que empezó a destruir matrimonios de sus propios amigos seduciendo a sus esposas o a hijas de sus parejas del momento quienes ingenuas acababan cayendo en las garras de la inmoralidad del tipo.

Sus pasos eran como la destrucción de todo lo que mínimamente se llamara decencia.

Así iba acumulando a su vida una mentira tras otra, en un ascenso lleno de engaños que había llegado hasta sus hermanos y amigos más íntimos. Se convirtió en un tipo sin moral, ni principios. Su conducta estaba muy lejos de la que le había inculcado su padre quien siempre había mostrado cierta sabiduría en el trato con los demás. El tipo era una síntesis de la peor versión de Dorian Gray combinada con el Frankestein que traía dentro.

Pero la pandemia lo volvió peor.

En el confinamiento, su espejo ya no le era suficiente, quería tanto más que hasta asustó a su propia imagen reflejada. Sus facciones se hicieron más horribles y su alma tenía una amargura indescriptible. Solo acumulaba objetos y cosas para llenar de todo lo que carecía. Cada día se pintaba el pelo más oscuro y se ponía más botox. Nada le funcionaba. Cada vez era más un Don Nadie. Y fue entonces cuando, para tener reconocimiento, ideo el jugar el papel de mártir y para hacerse la víctima invento enfermedades. Incapaz de obtener amor ahora buscaba compasión. Invento que tenía Covid, males gastrointestinales y cardiacos entre otros.

Su encierro en sí mismo no lo concebía, se amargaba y salía al mundo a mostrar sus muecas de lo que él consideraba su belleza.

Su aspiración a ser Gordolfo Gelatino se topaba con la realidad.

Se volvió el monstruoso que era.

La avaricia le ganó y empezó a tomar todo lo que no le pertenecía, a llenarse de cosas, objetos, de propiedades, de coches para llenar su inseguridad, su frustración de saberse que no era nadie. Hizo todo para enfrentar a su propia sangre en la que un día se ahogaría.

No era nadie y lo sabía. Era un avaro vil empeorado en la pandemia.

Ya por las noches, al estar solo, pues nadie quería compartir la cama con él, el espejo en silencio lo vomitaba.





Correo: contextotoluca@gmail.com

La pandemia altero personalidades, en algunos potencio virtudes, en otros agudizo la maldad y los vicios.

Esta es una de esas historias, la de un hombre miserable que siempre se había sentido bello e inigualable, la de un “hombre completo”, como le gustaba autollamarse, que se miraba todos los días al espejo, como la madrasta de Blanca Nieves, para preguntar por la hermosura que se imaginaba tener. “Espejito, espejito”, se repetía esa frase antes de empezar cada día solo para aumentar su ego y buscar la seguridad en sí mismo que le hacía falta. Consideraba injusto que nadie a su alrededor se lo dijera abiertamente y por eso presumía de una fuerza que no tenía ni una guapura de la que carecía.

Su inseguridad poco a poco lo fue haciendo más violento con los seres y el mundo que le rodeaba. No comprendía como nadie apreciaba su “buen ver”, su aire de Don que se pretendía dar para ocupar un lugar en una sociedad en la que él vendía su apariencia. Estaba vacío porque sabía que todo lo que era se lo debía a otros porque por sí mismo no había sido capaz de lograr nada en su vida. Eso no lo aceptaba pero lo sabía y cada noche sufría las consecuencias de su frustración que se le acumulaba en el rostro, en sus arrugas que ocultaba con botox, en sus canas, porque ya era viejo, que se pintaba para parecer más joven, en tener coches deportivos para subir muchachas que nunca se le acercaron porque tenía un aliento, un vaho, tan mal oliente como de azufre.

Era tal su ego que con los recursos que tenía, porque había vivido de la renta que le quitaba a sus padres, se hizo de un sequito de empleados, quienes por hambre más que otra cosa, se le plegaban a sus caprichos, a sus borracheras y a sus andanzas nocturnas, unas veces también con mujeres, a las que compraba con sus palabras, sus promesas y la idea que andarían con el hombre más guapo del mundo.

Ninguna le duraba, ni siquiera para guardar las apariencias, las compraba en sus sentimientos llenándolas de regalos con lo que ellas accedían como si de verdad lo amaran. Eso le hizo sentirse un Don Juan, pero resulto tan baratero que andaba con una y les hablaba a otras. Fue tanta su inseguridad que empezó a destruir matrimonios de sus propios amigos seduciendo a sus esposas o a hijas de sus parejas del momento quienes ingenuas acababan cayendo en las garras de la inmoralidad del tipo.

Sus pasos eran como la destrucción de todo lo que mínimamente se llamara decencia.

Así iba acumulando a su vida una mentira tras otra, en un ascenso lleno de engaños que había llegado hasta sus hermanos y amigos más íntimos. Se convirtió en un tipo sin moral, ni principios. Su conducta estaba muy lejos de la que le había inculcado su padre quien siempre había mostrado cierta sabiduría en el trato con los demás. El tipo era una síntesis de la peor versión de Dorian Gray combinada con el Frankestein que traía dentro.

Pero la pandemia lo volvió peor.

En el confinamiento, su espejo ya no le era suficiente, quería tanto más que hasta asustó a su propia imagen reflejada. Sus facciones se hicieron más horribles y su alma tenía una amargura indescriptible. Solo acumulaba objetos y cosas para llenar de todo lo que carecía. Cada día se pintaba el pelo más oscuro y se ponía más botox. Nada le funcionaba. Cada vez era más un Don Nadie. Y fue entonces cuando, para tener reconocimiento, ideo el jugar el papel de mártir y para hacerse la víctima invento enfermedades. Incapaz de obtener amor ahora buscaba compasión. Invento que tenía Covid, males gastrointestinales y cardiacos entre otros.

Su encierro en sí mismo no lo concebía, se amargaba y salía al mundo a mostrar sus muecas de lo que él consideraba su belleza.

Su aspiración a ser Gordolfo Gelatino se topaba con la realidad.

Se volvió el monstruoso que era.

La avaricia le ganó y empezó a tomar todo lo que no le pertenecía, a llenarse de cosas, objetos, de propiedades, de coches para llenar su inseguridad, su frustración de saberse que no era nadie. Hizo todo para enfrentar a su propia sangre en la que un día se ahogaría.

No era nadie y lo sabía. Era un avaro vil empeorado en la pandemia.

Ya por las noches, al estar solo, pues nadie quería compartir la cama con él, el espejo en silencio lo vomitaba.





Correo: contextotoluca@gmail.com

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