/ lunes 13 de junio de 2022

Contexto | Nos hemos acostumbrado

  1. Nos hemos acostumbrado a la guerra. Hace tan solo más de cien días el mundo se sorprendía por la invasión rusa a Ucrania. Luego de la invasión hubo protestas de indignación en prácticamente todos los países. Hoy, esa guerra ha pasado a un segundo plano, al menos en las noticias de los principales diarios y agencias informativas del mundo, pero no para los millones de desplazados que cada vez tienen menos espacio para vivir y que ya no son noticia. La invasión parece ser ya una nota marginal aunque haya cada día poco más de cien muertos o se perfile un cambio en la geopolítica de Europa. Los medios destacan más la estética de la guerra y de la destrucción que la del dolor humano. Parece una ironía el que el triunfo de un tenista en un torneo internacional sea más importante que la vida de millones que padecen hambre y violencia en el mundo.
  2. Nos hemos acostumbrado a la violencia cotidiana. Cada día somos más indiferentes a la violencia que se ha multiplicado y que sucede en el día a día de las sociedades más pobres…pero también en las medias y en las más ricas. Es parte del espectáculo frecuente: el robo en el transporte público, los asesinatos entre bandas del crimen, los robos en casi todas las calles de nuestras ciudades, los cuerpos destrozados y abandonados en cualquier camino, las matanzas de niños en las escuelas, en los hospitales, en los centros comerciales de cualquier ciudad del mundo. Todo lo vemos desde la comodidad de un sofá, de una silla, de una cama mientras se refleja en los aparatos de televisión o en los dispositivos inteligentes. Somos los Dráculas del mundo digital y de la comunicación.
  3. Nos hemos acostumbrado a la destrucción. Se ve con indiferencia la perdida de la naturaleza que se han construido durante siglos tan solo para cumplir con los egos de los poderosos, sus caprichos, sus obsesiones no importa si se llame tren maya o casa de descanso de algún potentado en una playa mexicana.
  4. Nos hemos acostumbrado a la mentira. Cada día las clases dirigentes, sean políticas o económicas, nos crean mundos ideales en los que nos imaginamos vivir. Hoy se festeja la mentira disfrazada de sinceridad. Se habla de combatir la pobreza y la marginación desde la comodidad de la mesa llena de alimento y de símbolos que retratan el uso del poder. Desde los medios se reproduce la mentira de los poderosos solo por serlo. Son los dueños de la voz de todos. Se apoya a los pobres solo para que los ricos vivan mejor.
  5. Nos hemos acostumbrado al miedo. Ya nada parece sorprender. Ya nada parece indignar. Convivimos con la muerte al lado o con la tragedia del otro. El miedo ya interiorizado se disfraza de desconfianza y de precaución.
  6. Nos hemos acostumbrado a ser una sociedad mendicante. A esperar todo del gobierno, del esposo o la esposa en turno, del robo minúsculo, del agandalle del otro porque es más débil o porque ama.

Nos hemos acostumbrado a la indiferencia ya tantas cosas que ya no se sabe cuál es el sentido de humanidad.

Nos hemos acostumbrado al silencio de nuestra propia existencia, escondida por la estridencia que nos creamos solo para olvidarnos de nosotros mismos.



Correo: contextotoluca@gmail.com


  1. Nos hemos acostumbrado a la guerra. Hace tan solo más de cien días el mundo se sorprendía por la invasión rusa a Ucrania. Luego de la invasión hubo protestas de indignación en prácticamente todos los países. Hoy, esa guerra ha pasado a un segundo plano, al menos en las noticias de los principales diarios y agencias informativas del mundo, pero no para los millones de desplazados que cada vez tienen menos espacio para vivir y que ya no son noticia. La invasión parece ser ya una nota marginal aunque haya cada día poco más de cien muertos o se perfile un cambio en la geopolítica de Europa. Los medios destacan más la estética de la guerra y de la destrucción que la del dolor humano. Parece una ironía el que el triunfo de un tenista en un torneo internacional sea más importante que la vida de millones que padecen hambre y violencia en el mundo.
  2. Nos hemos acostumbrado a la violencia cotidiana. Cada día somos más indiferentes a la violencia que se ha multiplicado y que sucede en el día a día de las sociedades más pobres…pero también en las medias y en las más ricas. Es parte del espectáculo frecuente: el robo en el transporte público, los asesinatos entre bandas del crimen, los robos en casi todas las calles de nuestras ciudades, los cuerpos destrozados y abandonados en cualquier camino, las matanzas de niños en las escuelas, en los hospitales, en los centros comerciales de cualquier ciudad del mundo. Todo lo vemos desde la comodidad de un sofá, de una silla, de una cama mientras se refleja en los aparatos de televisión o en los dispositivos inteligentes. Somos los Dráculas del mundo digital y de la comunicación.
  3. Nos hemos acostumbrado a la destrucción. Se ve con indiferencia la perdida de la naturaleza que se han construido durante siglos tan solo para cumplir con los egos de los poderosos, sus caprichos, sus obsesiones no importa si se llame tren maya o casa de descanso de algún potentado en una playa mexicana.
  4. Nos hemos acostumbrado a la mentira. Cada día las clases dirigentes, sean políticas o económicas, nos crean mundos ideales en los que nos imaginamos vivir. Hoy se festeja la mentira disfrazada de sinceridad. Se habla de combatir la pobreza y la marginación desde la comodidad de la mesa llena de alimento y de símbolos que retratan el uso del poder. Desde los medios se reproduce la mentira de los poderosos solo por serlo. Son los dueños de la voz de todos. Se apoya a los pobres solo para que los ricos vivan mejor.
  5. Nos hemos acostumbrado al miedo. Ya nada parece sorprender. Ya nada parece indignar. Convivimos con la muerte al lado o con la tragedia del otro. El miedo ya interiorizado se disfraza de desconfianza y de precaución.
  6. Nos hemos acostumbrado a ser una sociedad mendicante. A esperar todo del gobierno, del esposo o la esposa en turno, del robo minúsculo, del agandalle del otro porque es más débil o porque ama.

Nos hemos acostumbrado a la indiferencia ya tantas cosas que ya no se sabe cuál es el sentido de humanidad.

Nos hemos acostumbrado al silencio de nuestra propia existencia, escondida por la estridencia que nos creamos solo para olvidarnos de nosotros mismos.



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