/ lunes 14 de septiembre de 2020

Contexto | Soy médico, veo a la vida 

Hoy solo piensa y recuerda.

Su rostro muestra la fatiga, el cansancio, la frustración.

En el contorno de sus ojos se ven sus ojeras tatuadas y las marcas que le dejó la mascarilla y en su boca las del cubrebocas, sus manos están llagadas por el sudor que se ha guardado dentro de esos guantes que ya parecían su primera piel.

Día tras día, hora tras hora, sin tener derecho a sentir la fatiga, trataba de sanar, de aliviar la pena y el dolor de todos los pacientes que le llegaban con covid.

No tenía reposo ni ayuda.

“Yo no soy Dios”, se repetía en silencio, cuando le sugirieron que decidiera a quién darle asistencia y a quién no.

Sudaba encerrado en esas mismas prendas que llevaba desde hacía más de cuarenta y ocho horas sin posibilidad de renovarlas por falta de reemplazos.

Se desesperaba, sabía que el uso frecuente de las mismas prendas le ponía en riesgo de contagio, de muerte.

Parecía a nadie importarle.

Muchos muertos, médicos como él, le habían precedido. Muertos que a nadie parecen importarle, muertos que solo parecen en las estadísticas como un número que ni siquiera los identifica, muertos sin nombre, sin dolor, sin llanto.

Muertos anónimos como los más de setenta mil que al día de hoy se han acumulado por la epidemia en México.

Le indignaban esos homenajes hipócritas de un minuto de silencio, de banderas a media asta, de ser parte de discursos que solo retrataban la vileza de quienes los pronunciaban.

“Mejor que nos den los medios y nos protejan”, decía y se daba tiempo, en esa fatiga que parecía infinita, de protestar, de pedir materiales de protección porque simplemente, como miles, tenía el simple deseo de vivir.

Cansado se indignaba pero seguía corriendo y atendiendo en las salas de emergencia, en las zonas habilitadas, en los cuartos individuales, en terapia intensiva, en…la calle cuando los enfermos llegaban con el último suspiro de vida.

Siempre con la misma ropa, las mismas prendas.

Solo, como muchos, como miles, que formaban, como en la guerra, el frente, la primera línea. Ahí estaba solo con sus manos, sus ganas y unos pocos instrumentos para estar en esa guerra que los había sorprendido.

Fue testigo de la desesperación de las familias de los contagiados y buscaba como darles esperanza o aliento que mitigara, al menos un poco, esa angustia y desesperación a lo que parecían muertes inevitables o recuperaciones posibles.

Empezó a sudar, a tratar de comprender que le pasaba, tosía y le dolían los huesos, pero seguía.

Fue muy tarde cuando se dio cuenta. La ayuda llego tarde: se había contagiado. El virus lo tomo descuidado, el cansancio lo debilito para luchar.

Sus colegas le atendieron tratando de hacer un diagnóstico posible. Empezó con dificultad a respirar. Lo intubaron. Y esperaron.

Mientras su mirada ausente no dejaba de tener un dejo de angustia, de coraje…”si nos hubieran protegido, si nos hubieran dado lo necesario…si…”

Temía ser un número más, un paciente sin identidad, sin historia…una estadística más del recuento oficial.

Mientras recordaba su lucha por los otros que contrastaba con la soledad que hoy sentía, sin una mano que le diera calor, confort para saber que era amado en lo que podría ser un último adiós o una posibilidad de vida.

Ahí estaba respirando asistido por lo que pudiera ser una última esperanza de existencia, de vida.

Correo: contextotoluca@gmail.com

Hoy solo piensa y recuerda.

Su rostro muestra la fatiga, el cansancio, la frustración.

En el contorno de sus ojos se ven sus ojeras tatuadas y las marcas que le dejó la mascarilla y en su boca las del cubrebocas, sus manos están llagadas por el sudor que se ha guardado dentro de esos guantes que ya parecían su primera piel.

Día tras día, hora tras hora, sin tener derecho a sentir la fatiga, trataba de sanar, de aliviar la pena y el dolor de todos los pacientes que le llegaban con covid.

No tenía reposo ni ayuda.

“Yo no soy Dios”, se repetía en silencio, cuando le sugirieron que decidiera a quién darle asistencia y a quién no.

Sudaba encerrado en esas mismas prendas que llevaba desde hacía más de cuarenta y ocho horas sin posibilidad de renovarlas por falta de reemplazos.

Se desesperaba, sabía que el uso frecuente de las mismas prendas le ponía en riesgo de contagio, de muerte.

Parecía a nadie importarle.

Muchos muertos, médicos como él, le habían precedido. Muertos que a nadie parecen importarle, muertos que solo parecen en las estadísticas como un número que ni siquiera los identifica, muertos sin nombre, sin dolor, sin llanto.

Muertos anónimos como los más de setenta mil que al día de hoy se han acumulado por la epidemia en México.

Le indignaban esos homenajes hipócritas de un minuto de silencio, de banderas a media asta, de ser parte de discursos que solo retrataban la vileza de quienes los pronunciaban.

“Mejor que nos den los medios y nos protejan”, decía y se daba tiempo, en esa fatiga que parecía infinita, de protestar, de pedir materiales de protección porque simplemente, como miles, tenía el simple deseo de vivir.

Cansado se indignaba pero seguía corriendo y atendiendo en las salas de emergencia, en las zonas habilitadas, en los cuartos individuales, en terapia intensiva, en…la calle cuando los enfermos llegaban con el último suspiro de vida.

Siempre con la misma ropa, las mismas prendas.

Solo, como muchos, como miles, que formaban, como en la guerra, el frente, la primera línea. Ahí estaba solo con sus manos, sus ganas y unos pocos instrumentos para estar en esa guerra que los había sorprendido.

Fue testigo de la desesperación de las familias de los contagiados y buscaba como darles esperanza o aliento que mitigara, al menos un poco, esa angustia y desesperación a lo que parecían muertes inevitables o recuperaciones posibles.

Empezó a sudar, a tratar de comprender que le pasaba, tosía y le dolían los huesos, pero seguía.

Fue muy tarde cuando se dio cuenta. La ayuda llego tarde: se había contagiado. El virus lo tomo descuidado, el cansancio lo debilito para luchar.

Sus colegas le atendieron tratando de hacer un diagnóstico posible. Empezó con dificultad a respirar. Lo intubaron. Y esperaron.

Mientras su mirada ausente no dejaba de tener un dejo de angustia, de coraje…”si nos hubieran protegido, si nos hubieran dado lo necesario…si…”

Temía ser un número más, un paciente sin identidad, sin historia…una estadística más del recuento oficial.

Mientras recordaba su lucha por los otros que contrastaba con la soledad que hoy sentía, sin una mano que le diera calor, confort para saber que era amado en lo que podría ser un último adiós o una posibilidad de vida.

Ahí estaba respirando asistido por lo que pudiera ser una última esperanza de existencia, de vida.

Correo: contextotoluca@gmail.com

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