/ jueves 28 de marzo de 2019

Hablemos de Paz y No Violencia


¿Cuál política exterior?

El tema de las cartas que el presidente AMLO envió al Rey Felipe VI de España y al Papa Francisco, en las que les pide disculparse con los pueblos originarios por los atropellos cometidos en la Conquista hace 500 años como única vía posible de lograr una reconciliación plena entre México y España, con miras a la conmemoración del año 2021, más allá de las airadas reacciones que suscitó, de la cantidad de memes y descalificaciones en redes sociales y que los comentarios sensatos fueron escasos, me llevó a pensar en qué tipo de política exterior está configurando la Cuarta Transformación.

Mi respuesta tajante es que el gobierno de México no tiene una política exterior. O por decirlo de manera decente, no tiene una idea estructurada de las relaciones exteriores que quiere mantener. Dicho llanamente: la política exterior de México no tiene pies ni cabeza. No obstante, es notorio que los pocos actos en materia internacional si han servido a los fines del presidente.

AMLO insiste en que quiere mantener una relación de amistad con todos los pueblos y gobiernos del mundo; que en política exterior se apega a los principios constitucionales de no intervención, autodeterminación de los pueblos, solución pacífica de controversias, proscripción de la amenaza o del uso de la fuerza en las relaciones internacionales, igualdad jurídica de los Estados, cooperación internacional para el desarrollo, respeto, protección y promoción de los derechos humanos y lucha por la paz y la seguridad internacionales; y que la relación con Estados Unidos es cordial, que no usa lenguaje ríspido o acusatorio sino la diplomacia y comunicación permanente.

Pero en la práctica al presidente no le importa mucho el mundo, a menos que se trate de los Estados Unidos pues, en su opinión, Trump es “el único que podría descarrilar su proyecto”. Por lo demás, en poco más de 100 días no ha planeado ninguna gira internacional y ha roto todos los protocolos y formas diplomáticas convencionales. Incluso ha cancelado reuniones de carácter internacional que se realizarían en México en temas como el energético.

Le interesa el desarrollo de Centroamérica para que no crezca la migración. De ahí en fuera no toca con el pétalo de una rosa a Trump a pesar de sus desplantes a nuestro país, pero falta a sus promesas al no condenar a Venezuela por violar los derechos humanos de su población y no le importa dinamitar una buena relación de más de cuatro décadas con España y de un cuarto de siglo con el Vaticano, si ello representa mantener los bonos y el apoyo que le dan sus simpatizantes, especialmente en tiempos difíciles luego del abucheo que recibió en el estadio de beisbol.

El problema es cómo nos ven en el mundo. Otro día hablaré de ello.

@RodrigoSanArce


¿Cuál política exterior?

El tema de las cartas que el presidente AMLO envió al Rey Felipe VI de España y al Papa Francisco, en las que les pide disculparse con los pueblos originarios por los atropellos cometidos en la Conquista hace 500 años como única vía posible de lograr una reconciliación plena entre México y España, con miras a la conmemoración del año 2021, más allá de las airadas reacciones que suscitó, de la cantidad de memes y descalificaciones en redes sociales y que los comentarios sensatos fueron escasos, me llevó a pensar en qué tipo de política exterior está configurando la Cuarta Transformación.

Mi respuesta tajante es que el gobierno de México no tiene una política exterior. O por decirlo de manera decente, no tiene una idea estructurada de las relaciones exteriores que quiere mantener. Dicho llanamente: la política exterior de México no tiene pies ni cabeza. No obstante, es notorio que los pocos actos en materia internacional si han servido a los fines del presidente.

AMLO insiste en que quiere mantener una relación de amistad con todos los pueblos y gobiernos del mundo; que en política exterior se apega a los principios constitucionales de no intervención, autodeterminación de los pueblos, solución pacífica de controversias, proscripción de la amenaza o del uso de la fuerza en las relaciones internacionales, igualdad jurídica de los Estados, cooperación internacional para el desarrollo, respeto, protección y promoción de los derechos humanos y lucha por la paz y la seguridad internacionales; y que la relación con Estados Unidos es cordial, que no usa lenguaje ríspido o acusatorio sino la diplomacia y comunicación permanente.

Pero en la práctica al presidente no le importa mucho el mundo, a menos que se trate de los Estados Unidos pues, en su opinión, Trump es “el único que podría descarrilar su proyecto”. Por lo demás, en poco más de 100 días no ha planeado ninguna gira internacional y ha roto todos los protocolos y formas diplomáticas convencionales. Incluso ha cancelado reuniones de carácter internacional que se realizarían en México en temas como el energético.

Le interesa el desarrollo de Centroamérica para que no crezca la migración. De ahí en fuera no toca con el pétalo de una rosa a Trump a pesar de sus desplantes a nuestro país, pero falta a sus promesas al no condenar a Venezuela por violar los derechos humanos de su población y no le importa dinamitar una buena relación de más de cuatro décadas con España y de un cuarto de siglo con el Vaticano, si ello representa mantener los bonos y el apoyo que le dan sus simpatizantes, especialmente en tiempos difíciles luego del abucheo que recibió en el estadio de beisbol.

El problema es cómo nos ven en el mundo. Otro día hablaré de ello.

@RodrigoSanArce