/ jueves 8 de agosto de 2019

Hablemos de Paz y No Violencia/ As many mexicans as possible


Tales fueron las palabras del tirador de Texas este domingo, Patrick Crusius, supremacista blanco de 21 años. “Mi objetivo era matar tantos mexicanos como fuera posible”, dijo luego de ser aprehendido tras asesinar a 22 personas y herir a otras 26, incluidos niños, en el Cielo Vista Mall de El Paso, Texas, ciudad hermana de la mexicana Ciudad Juárez. Sus motivos los dejó escritos en un manifiesto publicado en internet en el que refleja vínculos con grupos de odio y que el ataque fue en respuesta a la “invasión hispana de Texas”.

Se ha vuelto lugar común decir que no será el primero ni el último tiroteo que se registre en los Estados Unidos, pero es cierto. En 218 días transcurridos de este 2019 se han realizado 254 balaceras. Más aún, en una década se han registrado más de 2 mil ataques. La matanza de El Paso es la séptima más mortal en la historia de aquel país. Sólo por recordar las mayores están las del concierto de Las Vegas (58 muertos), el Nightclub Pulse, Florida (49), Virginia Tech (32), Sandy Hook, Connecticut (27), Sutherland, Texas (26), Luby’s Café, Texas (23), San Ysidro, California (21), Parkland, Florida (17) y San Bernardino, California (14). Y en el colmo, el mismo día del ataque en Texas se registró otro en Ohio y al día siguiente otro en Chicago.

Todos los actores políticos de Estados Unidos han condenado la matanza. Trump también lo ha hecho, pero al seguir culpando a “las enfermedades mentales y el odio que aprietan el gatillo” evidencia que no entiende absolutamente nada acerca del fenómeno. No le cabe en la cabeza que el problema es que, en su país, es más fácil conseguir armas que un café.

Las constantes críticas que Trump lanza a los migrantes hispanos y la culpa que les endilga por los males de su país, aunado al hecho de que el tirador reconoció que iba directo a matar mexicanos, son factores que hacen de la matanza de El Paso la primera atribuible directamente al clima de odio que ha provocado el presidente Trump. La filósofa española Adela Cortina ofrece una definición de discurso del odio: “cualquier forma de expresión cuya finalidad consiste en propagar, incitar, promover o justificar el odio, desprecio o aversión hacia determinados grupos sociales, desde una posición de intolerancia. Quien recurre a ese tipo de discursos pretende estigmatizar a determinados grupos y abrir la veda para que puedan ser tratados con hostilidad”.

Eso es precisamente lo que ha hecho Trump, pero no sólo él: los gobernantes que provocan deliberadamente divisiones y descalifican a sus opositores también fomentan el discurso de odio. Por ello los gobernantes tienen la gran responsabilidad de cuidar sus palabras y evitar decir estupideces que puedan provocar violencia.


Tales fueron las palabras del tirador de Texas este domingo, Patrick Crusius, supremacista blanco de 21 años. “Mi objetivo era matar tantos mexicanos como fuera posible”, dijo luego de ser aprehendido tras asesinar a 22 personas y herir a otras 26, incluidos niños, en el Cielo Vista Mall de El Paso, Texas, ciudad hermana de la mexicana Ciudad Juárez. Sus motivos los dejó escritos en un manifiesto publicado en internet en el que refleja vínculos con grupos de odio y que el ataque fue en respuesta a la “invasión hispana de Texas”.

Se ha vuelto lugar común decir que no será el primero ni el último tiroteo que se registre en los Estados Unidos, pero es cierto. En 218 días transcurridos de este 2019 se han realizado 254 balaceras. Más aún, en una década se han registrado más de 2 mil ataques. La matanza de El Paso es la séptima más mortal en la historia de aquel país. Sólo por recordar las mayores están las del concierto de Las Vegas (58 muertos), el Nightclub Pulse, Florida (49), Virginia Tech (32), Sandy Hook, Connecticut (27), Sutherland, Texas (26), Luby’s Café, Texas (23), San Ysidro, California (21), Parkland, Florida (17) y San Bernardino, California (14). Y en el colmo, el mismo día del ataque en Texas se registró otro en Ohio y al día siguiente otro en Chicago.

Todos los actores políticos de Estados Unidos han condenado la matanza. Trump también lo ha hecho, pero al seguir culpando a “las enfermedades mentales y el odio que aprietan el gatillo” evidencia que no entiende absolutamente nada acerca del fenómeno. No le cabe en la cabeza que el problema es que, en su país, es más fácil conseguir armas que un café.

Las constantes críticas que Trump lanza a los migrantes hispanos y la culpa que les endilga por los males de su país, aunado al hecho de que el tirador reconoció que iba directo a matar mexicanos, son factores que hacen de la matanza de El Paso la primera atribuible directamente al clima de odio que ha provocado el presidente Trump. La filósofa española Adela Cortina ofrece una definición de discurso del odio: “cualquier forma de expresión cuya finalidad consiste en propagar, incitar, promover o justificar el odio, desprecio o aversión hacia determinados grupos sociales, desde una posición de intolerancia. Quien recurre a ese tipo de discursos pretende estigmatizar a determinados grupos y abrir la veda para que puedan ser tratados con hostilidad”.

Eso es precisamente lo que ha hecho Trump, pero no sólo él: los gobernantes que provocan deliberadamente divisiones y descalifican a sus opositores también fomentan el discurso de odio. Por ello los gobernantes tienen la gran responsabilidad de cuidar sus palabras y evitar decir estupideces que puedan provocar violencia.