/ viernes 28 de junio de 2019

Pensamiento Universitario

Honores inmerecidos

Interesante propuesta la del cuarto regidor de Toluca en el sentido de retirar de Paseo Tollocan el monumento al exgobernador Carlos Hank González, como parte de una estrategia dirigida a reordenar esa vialidad. Con ello, dijo el funcionario, se daría primacía a estatuas de personajes de la talla de Emiliano Zapata, y no a las de quienes nada hicieron por la patria; “al contrario, la saquearon”, expresó.

Las reacciones a esta iniciativa han sido diversas, unas manifestando el apoyo, otras no la consideran una prioridad, hasta las de algunos estudiosos que la califican de un atentado al patrimonio histórico y cultural de nuestra entidad. Incluso un legislador local del PRI recomendó conocer la historia mexiquense y lo bueno que por ella hizo el homenajeado. A la pregunta de la reportera de este diario de si eso ameritaba un monumento, la respuesta fue tajante: “por supuesto”.

Para una nación civilizada y bien informada, es una prioridad reflexionar acerca de su historia, de su utilidad ideológico–política, con la cual no sólo se responda a las preguntas del presente, sino se explique el pasado y se construya una identidad, tendiente, entre otras cosas, a enjuiciar con rigor el ejercicio del poder y a negar o validar las versiones surgidas desde la posición de vencedores. Por eso es importante analizar con objetividad propuestas como la aquí comentada, pues en infinidad de casos la posibilidad de remover estatuas o cambiar los nombres de los políticos en calles y espacios oficiales representa la oportunidad de recuperar la memoria y buscar la verdad, además de ser actos de desagravio a una sociedad tantas veces ofendida por sus pésimos gobernantes.

Nada justifica dar esta clase de tratamiento a los servidores públicos, precisamente por la cualidad de serlos. Todas las obras las realizan con el dinero del pueblo, es su obligación cumplir con la encomienda y no por eso se les va a venerar. Además, reciben muy buena paga y se asignan beneficios realmente extraordinarios, al disponer libremente del presupuesto. Para colmo, en no pocas ocasiones incurren en el cinismo de hacer negocios al amparo del cargo.

En cuanto a la trayectoria del señor Hank, considerado en su momento uno de los hombres más influyentes y ricos de México, ésta es ampliamente conocida, a partir de sus tiempos de humilde estudiante. Formador de distintas generaciones de políticos, fue líder del mítico grupo Atlacomulco, del cual han surgido los gobernadores de esta entidad.

Gracias a sus puestos en la administración pública acumuló una enorme fortuna y estructuró complejas redes de variados intereses. Entre su vasto legado destaca la famosa frase: “un político pobre es un pobre político”, si bien motivo de estigma, pronto fue el modelo a seguir de los nuevos plutócratas. También dio lugar a numerosas denuncias, y una de ellas se encuentra en la investigación del periodista José Martínez, publicada en el libro titulado “Las enseñanzas del profesor: Indagación de Carlos Hank González. Lecciones de poder, impunidad y corrupción”.

En resumen, es un deber moral terminar con los honores inmerecidos y evitar que los grandes depredadores del erario sean recordados como héroes, cuando sobra decir cuál debe ser su lugar correcto en la historia.

Honores inmerecidos

Interesante propuesta la del cuarto regidor de Toluca en el sentido de retirar de Paseo Tollocan el monumento al exgobernador Carlos Hank González, como parte de una estrategia dirigida a reordenar esa vialidad. Con ello, dijo el funcionario, se daría primacía a estatuas de personajes de la talla de Emiliano Zapata, y no a las de quienes nada hicieron por la patria; “al contrario, la saquearon”, expresó.

Las reacciones a esta iniciativa han sido diversas, unas manifestando el apoyo, otras no la consideran una prioridad, hasta las de algunos estudiosos que la califican de un atentado al patrimonio histórico y cultural de nuestra entidad. Incluso un legislador local del PRI recomendó conocer la historia mexiquense y lo bueno que por ella hizo el homenajeado. A la pregunta de la reportera de este diario de si eso ameritaba un monumento, la respuesta fue tajante: “por supuesto”.

Para una nación civilizada y bien informada, es una prioridad reflexionar acerca de su historia, de su utilidad ideológico–política, con la cual no sólo se responda a las preguntas del presente, sino se explique el pasado y se construya una identidad, tendiente, entre otras cosas, a enjuiciar con rigor el ejercicio del poder y a negar o validar las versiones surgidas desde la posición de vencedores. Por eso es importante analizar con objetividad propuestas como la aquí comentada, pues en infinidad de casos la posibilidad de remover estatuas o cambiar los nombres de los políticos en calles y espacios oficiales representa la oportunidad de recuperar la memoria y buscar la verdad, además de ser actos de desagravio a una sociedad tantas veces ofendida por sus pésimos gobernantes.

Nada justifica dar esta clase de tratamiento a los servidores públicos, precisamente por la cualidad de serlos. Todas las obras las realizan con el dinero del pueblo, es su obligación cumplir con la encomienda y no por eso se les va a venerar. Además, reciben muy buena paga y se asignan beneficios realmente extraordinarios, al disponer libremente del presupuesto. Para colmo, en no pocas ocasiones incurren en el cinismo de hacer negocios al amparo del cargo.

En cuanto a la trayectoria del señor Hank, considerado en su momento uno de los hombres más influyentes y ricos de México, ésta es ampliamente conocida, a partir de sus tiempos de humilde estudiante. Formador de distintas generaciones de políticos, fue líder del mítico grupo Atlacomulco, del cual han surgido los gobernadores de esta entidad.

Gracias a sus puestos en la administración pública acumuló una enorme fortuna y estructuró complejas redes de variados intereses. Entre su vasto legado destaca la famosa frase: “un político pobre es un pobre político”, si bien motivo de estigma, pronto fue el modelo a seguir de los nuevos plutócratas. También dio lugar a numerosas denuncias, y una de ellas se encuentra en la investigación del periodista José Martínez, publicada en el libro titulado “Las enseñanzas del profesor: Indagación de Carlos Hank González. Lecciones de poder, impunidad y corrupción”.

En resumen, es un deber moral terminar con los honores inmerecidos y evitar que los grandes depredadores del erario sean recordados como héroes, cuando sobra decir cuál debe ser su lugar correcto en la historia.

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