/ viernes 26 de enero de 2018

Pensamiento Universitario

Hace unos días, en este diario se abordó un tema verdaderamente preocupante, relacionado con una más de las graves afectaciones al majestuoso Nevado de Toluca, o volcán Xinantécatl.

El hecho es que, derivado de la conducta desaseada e irresponsable de un buen número de visitantes, en el emblemático sitio a diario se acumulan los desechos, sobre todo en esta temporada de nevadas y caída de aguanieve, hasta saturar los escasos y reducidos contenedores, o bien permanecen abandonados en el piso, en espera del infrecuente servicio de limpia. A pesar de ser una zona protegida por las leyes ambientales las malas prácticas continúan, y el respeto a la normatividad es casi nulo, sin importar la magnitud de los daños causados.

El problema de la basura es algo cotidiano, y una carga terrible para barrancas, ríos, bosques, caminos, parques y lugares públicos de recreación. Tomados como basureros clandestinos a cielo abierto, pronto se convierten en fuente de contaminación de suelo, agua y aire, generadores de fauna nociva y con frecuencia receptores de sustancias peligrosas.

Con esta clase de acciones la gente modifica de manera drástica el medio ambiente, y si a esto se le agrega la irracional tala de árboles y las descargas a lagos y mares de líquidos de alto riesgo, resulta obvio el enorme perjuicio impuesto a la naturaleza. Respetar el entorno es un deber de los seres humanos, de cualquier edad y condición, pues el deterioro de los ecosistemas no sólo repercute en la defectuosa calidad de la vida actual, sino también en los cambios climáticos de un mundo cada vez más devastado, que en extremo habrán de padecer las generaciones futuras.

En el caso de las concentraciones urbanas los individuos encuentran allí diversos incentivos, y entre ellos destacan las oportunidades de trabajo, el desarrollo personal y familiar, el bienestar económico y el acceso a servicios públicos. Sin embargo, surge en paralelo una serie de molestias, como son el deficiente ordenamiento territorial, el tránsito vehicular caótico, la ausencia o desaparición de espacios verdes, inseguridad y contaminación, hacinamiento y, por supuesto, la acumulación de grandes cantidades de desechos, cuya recolección y manejo integral es por lo común ineficaz y retardado, según puede verse en ciudades con las características de la sufrida Toluca, y en otras gobernadas por burocracias de igual o mayor nivel de ineptitud.

La situación empeora en los lugares subdesarrollados, donde los valores y la buena educación de sus habitantes quedan en entredicho, cuando, junto con otros vicios, se arraiga la costumbre de tirar basura en las calles y en cualquier parte, sin la menor reflexión en cuanto a la trascendencia de actos tan detestables. Expresiones así son el reflejo de poblaciones incultas, dominadas por el atraso y la ignorancia, de presencia mínima cuando se trata de contribuir a la modernidad y al progreso de las cosas públicas.

Una sociedad consciente necesita de ciudadanos responsables, comprometidos en buscar la mejor solución a las necesidades de la comunidad, capaces abandonar la desidia, de modificar una realidad ambiental catastrófica y entender el tipo de mundo que debemos dejar. Ciertamente, el asunto debe abordarse desde la racionalidad del costo beneficio, pero es, ante todo, una cuestión de principios, de un cambio de actitud, a partir del saneamiento de ese conjunto de rasgos materiales, espirituales, intelectuales y afectivos, tendientes a devolverle la dimensión humana a nuestra relación con la naturaleza.

Hace unos días, en este diario se abordó un tema verdaderamente preocupante, relacionado con una más de las graves afectaciones al majestuoso Nevado de Toluca, o volcán Xinantécatl.

El hecho es que, derivado de la conducta desaseada e irresponsable de un buen número de visitantes, en el emblemático sitio a diario se acumulan los desechos, sobre todo en esta temporada de nevadas y caída de aguanieve, hasta saturar los escasos y reducidos contenedores, o bien permanecen abandonados en el piso, en espera del infrecuente servicio de limpia. A pesar de ser una zona protegida por las leyes ambientales las malas prácticas continúan, y el respeto a la normatividad es casi nulo, sin importar la magnitud de los daños causados.

El problema de la basura es algo cotidiano, y una carga terrible para barrancas, ríos, bosques, caminos, parques y lugares públicos de recreación. Tomados como basureros clandestinos a cielo abierto, pronto se convierten en fuente de contaminación de suelo, agua y aire, generadores de fauna nociva y con frecuencia receptores de sustancias peligrosas.

Con esta clase de acciones la gente modifica de manera drástica el medio ambiente, y si a esto se le agrega la irracional tala de árboles y las descargas a lagos y mares de líquidos de alto riesgo, resulta obvio el enorme perjuicio impuesto a la naturaleza. Respetar el entorno es un deber de los seres humanos, de cualquier edad y condición, pues el deterioro de los ecosistemas no sólo repercute en la defectuosa calidad de la vida actual, sino también en los cambios climáticos de un mundo cada vez más devastado, que en extremo habrán de padecer las generaciones futuras.

En el caso de las concentraciones urbanas los individuos encuentran allí diversos incentivos, y entre ellos destacan las oportunidades de trabajo, el desarrollo personal y familiar, el bienestar económico y el acceso a servicios públicos. Sin embargo, surge en paralelo una serie de molestias, como son el deficiente ordenamiento territorial, el tránsito vehicular caótico, la ausencia o desaparición de espacios verdes, inseguridad y contaminación, hacinamiento y, por supuesto, la acumulación de grandes cantidades de desechos, cuya recolección y manejo integral es por lo común ineficaz y retardado, según puede verse en ciudades con las características de la sufrida Toluca, y en otras gobernadas por burocracias de igual o mayor nivel de ineptitud.

La situación empeora en los lugares subdesarrollados, donde los valores y la buena educación de sus habitantes quedan en entredicho, cuando, junto con otros vicios, se arraiga la costumbre de tirar basura en las calles y en cualquier parte, sin la menor reflexión en cuanto a la trascendencia de actos tan detestables. Expresiones así son el reflejo de poblaciones incultas, dominadas por el atraso y la ignorancia, de presencia mínima cuando se trata de contribuir a la modernidad y al progreso de las cosas públicas.

Una sociedad consciente necesita de ciudadanos responsables, comprometidos en buscar la mejor solución a las necesidades de la comunidad, capaces abandonar la desidia, de modificar una realidad ambiental catastrófica y entender el tipo de mundo que debemos dejar. Ciertamente, el asunto debe abordarse desde la racionalidad del costo beneficio, pero es, ante todo, una cuestión de principios, de un cambio de actitud, a partir del saneamiento de ese conjunto de rasgos materiales, espirituales, intelectuales y afectivos, tendientes a devolverle la dimensión humana a nuestra relación con la naturaleza.

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