/ viernes 29 de julio de 2022

Pensamiento universitario | Formación ciudadana

Si se tiene consciencia de la desastrosa situación actual del país, es obligado reflexionar acerca de la importancia que tiene la formación de la ciudadanía en los aspectos cívico y ético, cuando se trata de impulsar la democracia y fortalecer la presencia de valores compartidos. Sin embargo, esto difícilmente se logrará mientras no se mejoren los niveles educativos y se construya una estructura de futuros votantes críticos y bien enterados, inmunes a fanatismos, seducciones populistas e ideologías fracasadas.

La cultura cívica se refiere al cuidado de las instituciones y de los intereses de la patria, así como al respeto de las normas en el trato hacia los demás. Aunque la familia, la comunidad y los medios informativos pueden contribuir al desarrollo y consolidación de estos atributos, sin duda un complemento indispensable es la buena educación, el conocimiento significativo y las competencias intelectuales necesarias, con las cuales moldear personas útiles y comprometidas con el progreso y la justicia.

Adquirir la calidad de ciudadano va más allá del simple hecho de alcanzar la mayoría de edad, de tener una credencial y poder emitir un sufragio en favor de un determinado candidato. También, es formar parte de una estructura social, de asumir responsabilidades e involucrarse en la toma de decisiones de beneficio colectivo, y de ejercer sus derechos de realizar actividades políticas con plena autonomía.

En consecuencia, el objetivo es imponer la voluntad de un pueblo preparado, debidamente instruido, capaz de organizarse de manera solidaria y propositiva; de exponer con argumentos sus justas demandas y, sobre todo, de oponerse al vacío cerebral, a la corrupción e impunidad de los falsos liderazgos. Ante la imposibilidad de ejercer el poder directamente, la delegación de autoridad implica ser analíticos y objetivos al momento de seleccionar a los representantes; reconocer y apoyar las historias de vida basadas en la honestidad, la aptitud y los desempeños de calidad, rechazando a los verdaderos traidores a la función pública, causantes de propiciar la tragedia al tratar de llevar a México al cuarto mundo.

Los efectos de la ignorancia son altamente dañinos, pues, entre otras cosas, dan lugar a la sumisión y el conformismo; al desinterés por colaborar en los aspectos trascendentales de una entidad o de la nación y, por supuesto, al perverso clientelismo y la compra de voluntades. En su cabal interpretación, la democracia es un quehacer orientado al bienestar, y eso implica buscar la prosperidad, crear contrapesos institucionales efectivos, erradicar la discriminación y hacer respetar la dignidad humana; en suma, es el modo de sanear la política, de establecer pactos de honradez y cumplimiento de obligaciones de los funcionarios, además de darnos la posibilidad de exigir sanciones a esa élite burocrática de demagogos, incompetentes y manos sucias.

Obviamente, si un Estado da malos resultados es porque la sociedad no cumple correctamente su encomienda. Se consienten los malos gobiernos, se aceptan las prácticas fraudulentas y no se tiene la disposición ni la capacidad de poner correctivos eficaces para evitar los abusos. Luego entonces, la participación ciudadana en los asuntos públicos es la verdadera esperanza de un cambio pacífico.

La invaluable libertad del individuo debe ser ejercida de manera responsable, no resignarse a continuar con ese derecho atrofiado e ir en contra de la aparente condena de vivir en una condición de infantilismo perpetuo.

Ingeniero civil, con posgrados de maestría y doctorado.

Profesor de tiempo completo en la UAEM.

juancuencadiaz@hotmail.com


Si se tiene consciencia de la desastrosa situación actual del país, es obligado reflexionar acerca de la importancia que tiene la formación de la ciudadanía en los aspectos cívico y ético, cuando se trata de impulsar la democracia y fortalecer la presencia de valores compartidos. Sin embargo, esto difícilmente se logrará mientras no se mejoren los niveles educativos y se construya una estructura de futuros votantes críticos y bien enterados, inmunes a fanatismos, seducciones populistas e ideologías fracasadas.

La cultura cívica se refiere al cuidado de las instituciones y de los intereses de la patria, así como al respeto de las normas en el trato hacia los demás. Aunque la familia, la comunidad y los medios informativos pueden contribuir al desarrollo y consolidación de estos atributos, sin duda un complemento indispensable es la buena educación, el conocimiento significativo y las competencias intelectuales necesarias, con las cuales moldear personas útiles y comprometidas con el progreso y la justicia.

Adquirir la calidad de ciudadano va más allá del simple hecho de alcanzar la mayoría de edad, de tener una credencial y poder emitir un sufragio en favor de un determinado candidato. También, es formar parte de una estructura social, de asumir responsabilidades e involucrarse en la toma de decisiones de beneficio colectivo, y de ejercer sus derechos de realizar actividades políticas con plena autonomía.

En consecuencia, el objetivo es imponer la voluntad de un pueblo preparado, debidamente instruido, capaz de organizarse de manera solidaria y propositiva; de exponer con argumentos sus justas demandas y, sobre todo, de oponerse al vacío cerebral, a la corrupción e impunidad de los falsos liderazgos. Ante la imposibilidad de ejercer el poder directamente, la delegación de autoridad implica ser analíticos y objetivos al momento de seleccionar a los representantes; reconocer y apoyar las historias de vida basadas en la honestidad, la aptitud y los desempeños de calidad, rechazando a los verdaderos traidores a la función pública, causantes de propiciar la tragedia al tratar de llevar a México al cuarto mundo.

Los efectos de la ignorancia son altamente dañinos, pues, entre otras cosas, dan lugar a la sumisión y el conformismo; al desinterés por colaborar en los aspectos trascendentales de una entidad o de la nación y, por supuesto, al perverso clientelismo y la compra de voluntades. En su cabal interpretación, la democracia es un quehacer orientado al bienestar, y eso implica buscar la prosperidad, crear contrapesos institucionales efectivos, erradicar la discriminación y hacer respetar la dignidad humana; en suma, es el modo de sanear la política, de establecer pactos de honradez y cumplimiento de obligaciones de los funcionarios, además de darnos la posibilidad de exigir sanciones a esa élite burocrática de demagogos, incompetentes y manos sucias.

Obviamente, si un Estado da malos resultados es porque la sociedad no cumple correctamente su encomienda. Se consienten los malos gobiernos, se aceptan las prácticas fraudulentas y no se tiene la disposición ni la capacidad de poner correctivos eficaces para evitar los abusos. Luego entonces, la participación ciudadana en los asuntos públicos es la verdadera esperanza de un cambio pacífico.

La invaluable libertad del individuo debe ser ejercida de manera responsable, no resignarse a continuar con ese derecho atrofiado e ir en contra de la aparente condena de vivir en una condición de infantilismo perpetuo.

Ingeniero civil, con posgrados de maestría y doctorado.

Profesor de tiempo completo en la UAEM.

juancuencadiaz@hotmail.com


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