/ sábado 14 de agosto de 2021

Reflexiones en textos cortos | Lo incomodo de los cuerpos


Recientemente pensaba sobre el prójimo como concepto de alguien ajeno, un término utilizado ampliamente en la religión, el prójimo es otro que no es uno mismo; la frase: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” supone una carta de presentación en la religión cristiana. Pero qué difícil resulta amar al prójimo cuando este no es, no hace y no piensa como uno mismo. Parece que, si vas a amar al prójimo como a ti mismo, tienes que asegurarte que el prójimo sea lo más parecido a ti; tengan más en común entre sí que discrepancias notorias.

La incomodidad por lo diferente siempre ha sido una forma de apartar y rechazar socialmente; sin siquiera cuestionar si la diferencia es perjudicial o constituye un castigo a los sentidos como diría el filósofo alemán Peter Sloterdijk. Es tanto la fijación cognitiva por el proceso civilizatorio que insiste en separarnos de los animales y de las cosas que cualquier cosa que esté fuera del “hombre civilizado” causa desprecio.

Por ejemplo, la figura del pobre incomoda por la pérdida de lo humano en la suciedad, en estar descalzo, deambular sucio; en que no haga otra cosa más que buscar qué debe comer.

Hace poco les preguntaba a mis alumnos cuál era el problema con la pobreza, me respondían cosas como: la mediocridad, la poca superación de las personas; entre muchas otras cosas que sólo tenían que ver con el proceso civilizatorio. No por los problemas subsecuentes que acarrea la pobreza; la violencia, el maltrato hacia otros seres humanos, los crímenes. Lo que tiene que ver con los otros que se ven perjudicados no interesa.

Lo mismo ocurre con la obesidad. ¿Cuál es el problema con la obesidad? ¿Los cuerpos? Seguramente eso incomoda, por eso algunos instructores de gimnasio indican a sus consumidores qué ejercicios deben realizar en función de lo que para ellos debe ser un cuerpo. Cuerpo de hombre, cuerpo de mujer marcados por estándares muy acentuados independientes a la felicidad de alguien que decide practicar una disciplina deportiva y que su cuerpo se transforma. Hacer lo que nos gusta muchas veces deforma nuestros cuerpos, cuerpos que incomodan a la sociedad.

La obesidad como problema de salud está vinculado a las enfermedades, muchos lo saben, pero las repercusiones parecen estar justificadas porque sencillamente a las personas les incomoda mirar una persona obesa.

La salud es el estandarte de los médicos, sin el concepto de salud la profesión no se constituye como tal. Pero cuáles son las repercusiones de la salud más allá de juzgar los cuerpos, la consecuencia no sólo se dirige a las personas en sí mismas y la incomodidad de los que las observan, también en lo perjudicial que resulta para un sistema de salud que gasta en algo que pudo prevenirse. Pues de acuerdo con la OCDE México gasta 200 millones de dólares en tratamientos médicos contra la obesidad. Y en este país el dinero no sobra, falta. Toda diferencia debe juzgarse desde las repercusiones en otros, no desde lo que ocasiona incomodidad.


Recientemente pensaba sobre el prójimo como concepto de alguien ajeno, un término utilizado ampliamente en la religión, el prójimo es otro que no es uno mismo; la frase: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” supone una carta de presentación en la religión cristiana. Pero qué difícil resulta amar al prójimo cuando este no es, no hace y no piensa como uno mismo. Parece que, si vas a amar al prójimo como a ti mismo, tienes que asegurarte que el prójimo sea lo más parecido a ti; tengan más en común entre sí que discrepancias notorias.

La incomodidad por lo diferente siempre ha sido una forma de apartar y rechazar socialmente; sin siquiera cuestionar si la diferencia es perjudicial o constituye un castigo a los sentidos como diría el filósofo alemán Peter Sloterdijk. Es tanto la fijación cognitiva por el proceso civilizatorio que insiste en separarnos de los animales y de las cosas que cualquier cosa que esté fuera del “hombre civilizado” causa desprecio.

Por ejemplo, la figura del pobre incomoda por la pérdida de lo humano en la suciedad, en estar descalzo, deambular sucio; en que no haga otra cosa más que buscar qué debe comer.

Hace poco les preguntaba a mis alumnos cuál era el problema con la pobreza, me respondían cosas como: la mediocridad, la poca superación de las personas; entre muchas otras cosas que sólo tenían que ver con el proceso civilizatorio. No por los problemas subsecuentes que acarrea la pobreza; la violencia, el maltrato hacia otros seres humanos, los crímenes. Lo que tiene que ver con los otros que se ven perjudicados no interesa.

Lo mismo ocurre con la obesidad. ¿Cuál es el problema con la obesidad? ¿Los cuerpos? Seguramente eso incomoda, por eso algunos instructores de gimnasio indican a sus consumidores qué ejercicios deben realizar en función de lo que para ellos debe ser un cuerpo. Cuerpo de hombre, cuerpo de mujer marcados por estándares muy acentuados independientes a la felicidad de alguien que decide practicar una disciplina deportiva y que su cuerpo se transforma. Hacer lo que nos gusta muchas veces deforma nuestros cuerpos, cuerpos que incomodan a la sociedad.

La obesidad como problema de salud está vinculado a las enfermedades, muchos lo saben, pero las repercusiones parecen estar justificadas porque sencillamente a las personas les incomoda mirar una persona obesa.

La salud es el estandarte de los médicos, sin el concepto de salud la profesión no se constituye como tal. Pero cuáles son las repercusiones de la salud más allá de juzgar los cuerpos, la consecuencia no sólo se dirige a las personas en sí mismas y la incomodidad de los que las observan, también en lo perjudicial que resulta para un sistema de salud que gasta en algo que pudo prevenirse. Pues de acuerdo con la OCDE México gasta 200 millones de dólares en tratamientos médicos contra la obesidad. Y en este país el dinero no sobra, falta. Toda diferencia debe juzgarse desde las repercusiones en otros, no desde lo que ocasiona incomodidad.

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