/ lunes 25 de mayo de 2020

Reflexiones y alucinaciones | Cuando Coronavirus nos alcance (VIII)

Al decir de muchos de los expertos, nuestro país, derivado de la contingencia del coronavirus y la forma de enfrentarlo por parte del gobierno federal, se encuentra al borde de una catástrofe, nunca antes vista.

Cuando me entero de lo que sucede y de lo que nos podría suceder, me recuerda aquella película americana que causó gran impacto en 1973, “Cuando el Destino nos Alcance”, protagonizada por Charlton Heston. El largometraje alcanza su culminación, cuando se descubre que ante la escasez total de alimentos –no así para la clase dirigente-, derivado del hacinamiento, la contaminación y el calentamiento global, los 40 millones de habitantes de New York, escenario de la película, son alimentados con carne humana.

Guardando toda proporción con aquella representación Hollywoodesca cuyo director, Richard Fleischer, la ubicaba en el año 2022, parece que a nuestro país con más de 129 millones de habitantes, en medio del hacinamiento, la inseguridad, la criminalidad, la corrupción, el desempleo, la pobreza y las morbilidades propias, el destino lo alcanzó y que podría afrontar, después de la pandemia, un estado de cosas impredecibles.

Los datos que a continuación refiero, pronostican lo anterior:

El desempleo, base de nuestra estabilidad social, podría crecer hasta el 5.5% cuando en 2019 era de 3.6%, lo que significa que, al término de la pandemia, más de un millón de personas se agregarán al desempleo, con todas sus consecuencias.

La deuda externa que a la fecha significa 12 billones 125 mil millones de pesos y que López Obrador no ha querido tocar, porque así lo hacían los neoliberales, se ha incrementado en 9.9%, por la sola depreciación de la moneda.

La Asociación Latinoamericana de micros, pequeños y medianos empresarios asegura que más de 100 mil microempresas podrían cerrar definitivamente a consecuencia de la crisis sanitaria.

Según el CONEVAL, el coronavirus podría dejar entre 6.1 y 10.7 millones de pobres, que aunados a los que actualmente existen, sumarían un poco más de 70 millones de personas viviendo en la pobreza.

Dentro de este contexto, algunas calificadoras estiman que México caerá el 7.4% del PIB en 2020 y otras pronostican que la caída podría ser superior. Las perspectivas, no podrían ser más desalentadoras.

Sin embargo, y a pesar de lo apremiante de la situación, me parece que la solución sería menos difícil, si quien dirige este país y su equipo de expertos que lo rodea, tuvieran el ánimo y la disposición para compartir su solución con quienes tienen los instrumentos para hacerlo, como son los empresarios.

Después de más de 60 días de cumplir religiosamente el “quédate en casa” y desde la lejana distancia en que me encuentro con respecto a él, me parece que López Obrador está empeñado, como un quijote soñador moderno, en enfrentar él solo en singular batalla, al monstruo del coronavirus que ha destruido naciones y humillado a los poderosos del dinero.

Así veo al presidente todas las mañanas: con el pecho erguido y la lanza en ristre, listo para dar la batalla. No quiere a las calificadoras ni al Banco Mundial ni a los empresarios, emblemas de un pasado neoliberal corrupto; prefiere el consejo sencillo pero sabio de Sancho pueblo, que lo acompaña todos los días.


Al decir de muchos de los expertos, nuestro país, derivado de la contingencia del coronavirus y la forma de enfrentarlo por parte del gobierno federal, se encuentra al borde de una catástrofe, nunca antes vista.

Cuando me entero de lo que sucede y de lo que nos podría suceder, me recuerda aquella película americana que causó gran impacto en 1973, “Cuando el Destino nos Alcance”, protagonizada por Charlton Heston. El largometraje alcanza su culminación, cuando se descubre que ante la escasez total de alimentos –no así para la clase dirigente-, derivado del hacinamiento, la contaminación y el calentamiento global, los 40 millones de habitantes de New York, escenario de la película, son alimentados con carne humana.

Guardando toda proporción con aquella representación Hollywoodesca cuyo director, Richard Fleischer, la ubicaba en el año 2022, parece que a nuestro país con más de 129 millones de habitantes, en medio del hacinamiento, la inseguridad, la criminalidad, la corrupción, el desempleo, la pobreza y las morbilidades propias, el destino lo alcanzó y que podría afrontar, después de la pandemia, un estado de cosas impredecibles.

Los datos que a continuación refiero, pronostican lo anterior:

El desempleo, base de nuestra estabilidad social, podría crecer hasta el 5.5% cuando en 2019 era de 3.6%, lo que significa que, al término de la pandemia, más de un millón de personas se agregarán al desempleo, con todas sus consecuencias.

La deuda externa que a la fecha significa 12 billones 125 mil millones de pesos y que López Obrador no ha querido tocar, porque así lo hacían los neoliberales, se ha incrementado en 9.9%, por la sola depreciación de la moneda.

La Asociación Latinoamericana de micros, pequeños y medianos empresarios asegura que más de 100 mil microempresas podrían cerrar definitivamente a consecuencia de la crisis sanitaria.

Según el CONEVAL, el coronavirus podría dejar entre 6.1 y 10.7 millones de pobres, que aunados a los que actualmente existen, sumarían un poco más de 70 millones de personas viviendo en la pobreza.

Dentro de este contexto, algunas calificadoras estiman que México caerá el 7.4% del PIB en 2020 y otras pronostican que la caída podría ser superior. Las perspectivas, no podrían ser más desalentadoras.

Sin embargo, y a pesar de lo apremiante de la situación, me parece que la solución sería menos difícil, si quien dirige este país y su equipo de expertos que lo rodea, tuvieran el ánimo y la disposición para compartir su solución con quienes tienen los instrumentos para hacerlo, como son los empresarios.

Después de más de 60 días de cumplir religiosamente el “quédate en casa” y desde la lejana distancia en que me encuentro con respecto a él, me parece que López Obrador está empeñado, como un quijote soñador moderno, en enfrentar él solo en singular batalla, al monstruo del coronavirus que ha destruido naciones y humillado a los poderosos del dinero.

Así veo al presidente todas las mañanas: con el pecho erguido y la lanza en ristre, listo para dar la batalla. No quiere a las calificadoras ni al Banco Mundial ni a los empresarios, emblemas de un pasado neoliberal corrupto; prefiere el consejo sencillo pero sabio de Sancho pueblo, que lo acompaña todos los días.