/ miércoles 16 de octubre de 2019

Repique Inocente | Es una verdadera tristeza lo que sucede con la vialidad en Toluca

Tenemos años en los que las vialidades chicas, medianas y grandes se han convertido en la mayor expresión de anarquía de la capital del estado de México —en esta parte, el arriba firmante y mis cuatro fieles lectores hacemos un lamento en el que recordamos la importancia de esta entidad federativa—: aquí, allá o acullá todo el mundo hace lo que se le pega su regalada gana, al fin que o hay nadie que mueva un dedo para ordenar y regular el tránsito de automóviles y personas.

Pondré el dedo en una llaga: ¿alguno de mis cuatro lectores, por azares del destino, ha transitado por la zona del Paseo Tollocan y avenida Urawa? Si han estado en esos menesteres, no me dejarán mentir: es un verdadero desgarriate.

Los alrededores de la Clínica 220 del Seguro Social y el Centro de Servicios Administrativos de gobierno estatal son una mezcla de estacionamiento y mercado. Los señalamientos de no estacionarse lucen inermes e inútiles, porque nadie los respeta y nadie los hace respetar. En las banquetas se han instalado, con la complicidad, tolerancia, permisividad o complacencia de las autoridades, algunas docenas de comerciantes ambulantes y semifijos.

Por si eso fuera poco, el estacionamiento en doble fila es la constante. Así que vialidades amplias se vuelven el camote místico. Los cuatro carriles en Urawa, por ejemplo, hay momentos en que son dos; a veces uno y medio.

Las banquetas, ni hablar: un ser humano promedio tiene dificultades para avanzar porque están los que ofrecen comida, accesorios electrónicos, ropa y otras cosas indispensables, como las copias fotostáticas.

Seguro estoy que automovilistas y comerciantes no se proponen estorbar. Pero lo hacen. Y si es el caso de que se levantan todas las mañanas con la única meta de fastidiar al prójimo, lo logran. A fe mía que sí.

Para nuestra mayor desgracia, todo ocurre en los alrededores de una instalación gubernamental.

Pero el fenómeno no es exclusivo de las inmediaciones de las oficinas del gobierno. Ahí está la calle Laguna del Volcán, en la zona popular de Toluca, donde el anterior gobierno municipal decidió delimitar un carril con vialetas —que se pensó que serían para una ciclo pista o para el transporte urbano— que para lo único que han servido ha sido para delimitar un carril de estacionamiento y comercio de fruta, calzado, comida, ropa, pan y lo que permita la imaginación del comerciante permanente y de temporada. Así, de los cuatro anchos carriles de esa vialidad, por eliminación quedan dos, a veces medio carril más se utiliza para estacionamiento y de los dos que nos quedaban, de los dos que yo tenía, hay tramos en los que quienes aparentan ser seres humanos racionales, ejercen su derecho a comportarse como trogloditas y se estacionan para ir por las tortillas o medio kilo de aguacate, las teleras o dos kilos de tunas por 30 pesos.

Y ahí está, sin ir más lejos, la Glorieta del Centenario —popularmente conocida como Glorieta del Águila—, donde los anuncios de no estacionarse son un magnífico adorno para los automovilistas que con el fin de ahorrar tiempo y dinero han hecho de la rotonda un vistoso estacionamiento, mientras van al banco, a la tienda de los tecolotes, a la farmacia o a la panadería.

Si le sigo, no hay rumbo de Toluca en donde sea distinto: las banquetas de Paseo Matlazincas que son estacionamiento, los retornos de Las Torres como extensión de los talleres mecánicos; Alfredo del Mazo habilitada como terminal de autobuses; Adolfo López Mateos es patio de maniobras y así, por el estilo.

La combinación de autoridades omisas y pura gente bonita y civilizada.

Mail: felgonre@gmail.com. Twitter: @FelipeGlz.

Tenemos años en los que las vialidades chicas, medianas y grandes se han convertido en la mayor expresión de anarquía de la capital del estado de México —en esta parte, el arriba firmante y mis cuatro fieles lectores hacemos un lamento en el que recordamos la importancia de esta entidad federativa—: aquí, allá o acullá todo el mundo hace lo que se le pega su regalada gana, al fin que o hay nadie que mueva un dedo para ordenar y regular el tránsito de automóviles y personas.

Pondré el dedo en una llaga: ¿alguno de mis cuatro lectores, por azares del destino, ha transitado por la zona del Paseo Tollocan y avenida Urawa? Si han estado en esos menesteres, no me dejarán mentir: es un verdadero desgarriate.

Los alrededores de la Clínica 220 del Seguro Social y el Centro de Servicios Administrativos de gobierno estatal son una mezcla de estacionamiento y mercado. Los señalamientos de no estacionarse lucen inermes e inútiles, porque nadie los respeta y nadie los hace respetar. En las banquetas se han instalado, con la complicidad, tolerancia, permisividad o complacencia de las autoridades, algunas docenas de comerciantes ambulantes y semifijos.

Por si eso fuera poco, el estacionamiento en doble fila es la constante. Así que vialidades amplias se vuelven el camote místico. Los cuatro carriles en Urawa, por ejemplo, hay momentos en que son dos; a veces uno y medio.

Las banquetas, ni hablar: un ser humano promedio tiene dificultades para avanzar porque están los que ofrecen comida, accesorios electrónicos, ropa y otras cosas indispensables, como las copias fotostáticas.

Seguro estoy que automovilistas y comerciantes no se proponen estorbar. Pero lo hacen. Y si es el caso de que se levantan todas las mañanas con la única meta de fastidiar al prójimo, lo logran. A fe mía que sí.

Para nuestra mayor desgracia, todo ocurre en los alrededores de una instalación gubernamental.

Pero el fenómeno no es exclusivo de las inmediaciones de las oficinas del gobierno. Ahí está la calle Laguna del Volcán, en la zona popular de Toluca, donde el anterior gobierno municipal decidió delimitar un carril con vialetas —que se pensó que serían para una ciclo pista o para el transporte urbano— que para lo único que han servido ha sido para delimitar un carril de estacionamiento y comercio de fruta, calzado, comida, ropa, pan y lo que permita la imaginación del comerciante permanente y de temporada. Así, de los cuatro anchos carriles de esa vialidad, por eliminación quedan dos, a veces medio carril más se utiliza para estacionamiento y de los dos que nos quedaban, de los dos que yo tenía, hay tramos en los que quienes aparentan ser seres humanos racionales, ejercen su derecho a comportarse como trogloditas y se estacionan para ir por las tortillas o medio kilo de aguacate, las teleras o dos kilos de tunas por 30 pesos.

Y ahí está, sin ir más lejos, la Glorieta del Centenario —popularmente conocida como Glorieta del Águila—, donde los anuncios de no estacionarse son un magnífico adorno para los automovilistas que con el fin de ahorrar tiempo y dinero han hecho de la rotonda un vistoso estacionamiento, mientras van al banco, a la tienda de los tecolotes, a la farmacia o a la panadería.

Si le sigo, no hay rumbo de Toluca en donde sea distinto: las banquetas de Paseo Matlazincas que son estacionamiento, los retornos de Las Torres como extensión de los talleres mecánicos; Alfredo del Mazo habilitada como terminal de autobuses; Adolfo López Mateos es patio de maniobras y así, por el estilo.

La combinación de autoridades omisas y pura gente bonita y civilizada.

Mail: felgonre@gmail.com. Twitter: @FelipeGlz.

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