/ miércoles 16 de diciembre de 2020

Repique inocente | Rete solidarios

El pueblo de México hace alarde de su solidaridad en cada tragedia y catástrofe. En medio del drama cotidiano de la pandemia de COVID-19 la respuesta es pobre y el contagio crece.

Los mexicanos somos rete bien solidarios cuando de tragedias se trata.

Si hay un sismo, nos volcamos en ayudar a los que necesitan casa, vestido y sustento. Lo mismo sucede si hay una inundación. Una tormenta. Un deslave. Actividad volcánica. Una explosión monumental. Un huracán. Alguna de esas desgracias de las que hemos tenido por montones en nuestra historia.

Pero necesitamos ver y palpar el desastre para que la ayuda fluya de todos los rincones de la república mexicana.

Hacemos colectas. Formamos cadenas humanas. Lloramos al unísono. Rezamos en el mismo tono y ritmo.

Para poner un ejemplo: en los sismos de 1985 se destruyó buena parte de la ciudad de México y pasaron “al otro barrio” como 40 mil mexicanos. En el terremoto de septiembre de 2019 murieron 3 mil personas. En ambos casos, quienes se quedaron sin hogar o sin familia, recibieron la ayuda solidaria y desinteresada de miles de mexicanos. El dechado de fraternidad y unión del que alardeamos ante el mundo se volvió a mostrar en medio de la catástrofe.

¿A poco no se vuelve chinita la piel al recordar las latas de atún, las botellas de agua o las cobijas que fuimos a dejar a los centros de acopio? Todavía nos da pesar la muerte de los niños de Colegio Rébsamen, en la Ciudad de México.

Pues la tragedia de estos días ha dejado 114 mil muertes confirmadas. Muchas más que los sismos. Muy por encima de cualquier huracán, explosión o inundación.

Y la solidaridad brilla por su ausencia. Especialmente en estos días en los que vivimos la segunda ola del drama denominado pandemia de COVID-19. El infortunio sigue apareciendo día tras día en centenares de familias. Y ese apoyo no se ve. La camaradería suscitada por otras desgracias está ausente.

Será que no vemos las casas destruidas o las carreteras destrozadas. Pero los hospitales están a reventar y la desdicha se prolonga ya por 10 meses. Además, millones de niños no han podido ir a la escuela y su instrucción deja mucho que desear.

Los 17 mil muertos que acumula el estado de México mueven a los deudos y sus cercanos, pero no inquietan al resto de los mexiquenses. Aunque se trate de la quinta parte del total de las personas que fallecieron el año pasado, no escarban ni remueven los sentimientos de solidaridad de que tanto presumimos. En estos días, hasta andamos en el tingo li lingo de las reuniones decembrinas.

La catástrofe también es económica. 300 mil empresas de todos tamaños que proporcionaban empleo han cerrado. El desempleo es el más grave en los últimos 50 años. Siete de cada 10 familias registró una disminución en sus ingresos.

Contener los efectos personales, sanitarios y económico depende de la solidaridad de los mexicanos de a pie. Esta vez no se trata de acopiar comida, ropa o medicinas. Esta vez se trata de usar el cubrebocas, respetar la sana distancia, lavarse constantemente las manos con agua y jabón, desinfectar los espacios de uso común, toser o estornudar sobre el antebrazo y quedarse en casa la mayor cantidad de tiempo posible.

Para algunos parece mucho pedir. Es más sencillo que volcarse a una reconstrucción o al rescate de una persona atrapada. Y aún así, hay quien con sus actitudes y acciones parece despreciar el drama cotidiano de la pandemia.

***

Director del noticiario Así Sucede de Grupo Acir Toluca.

Mail: felgonre@gmail.com. Twitter: @FelipeGlz

El pueblo de México hace alarde de su solidaridad en cada tragedia y catástrofe. En medio del drama cotidiano de la pandemia de COVID-19 la respuesta es pobre y el contagio crece.

Los mexicanos somos rete bien solidarios cuando de tragedias se trata.

Si hay un sismo, nos volcamos en ayudar a los que necesitan casa, vestido y sustento. Lo mismo sucede si hay una inundación. Una tormenta. Un deslave. Actividad volcánica. Una explosión monumental. Un huracán. Alguna de esas desgracias de las que hemos tenido por montones en nuestra historia.

Pero necesitamos ver y palpar el desastre para que la ayuda fluya de todos los rincones de la república mexicana.

Hacemos colectas. Formamos cadenas humanas. Lloramos al unísono. Rezamos en el mismo tono y ritmo.

Para poner un ejemplo: en los sismos de 1985 se destruyó buena parte de la ciudad de México y pasaron “al otro barrio” como 40 mil mexicanos. En el terremoto de septiembre de 2019 murieron 3 mil personas. En ambos casos, quienes se quedaron sin hogar o sin familia, recibieron la ayuda solidaria y desinteresada de miles de mexicanos. El dechado de fraternidad y unión del que alardeamos ante el mundo se volvió a mostrar en medio de la catástrofe.

¿A poco no se vuelve chinita la piel al recordar las latas de atún, las botellas de agua o las cobijas que fuimos a dejar a los centros de acopio? Todavía nos da pesar la muerte de los niños de Colegio Rébsamen, en la Ciudad de México.

Pues la tragedia de estos días ha dejado 114 mil muertes confirmadas. Muchas más que los sismos. Muy por encima de cualquier huracán, explosión o inundación.

Y la solidaridad brilla por su ausencia. Especialmente en estos días en los que vivimos la segunda ola del drama denominado pandemia de COVID-19. El infortunio sigue apareciendo día tras día en centenares de familias. Y ese apoyo no se ve. La camaradería suscitada por otras desgracias está ausente.

Será que no vemos las casas destruidas o las carreteras destrozadas. Pero los hospitales están a reventar y la desdicha se prolonga ya por 10 meses. Además, millones de niños no han podido ir a la escuela y su instrucción deja mucho que desear.

Los 17 mil muertos que acumula el estado de México mueven a los deudos y sus cercanos, pero no inquietan al resto de los mexiquenses. Aunque se trate de la quinta parte del total de las personas que fallecieron el año pasado, no escarban ni remueven los sentimientos de solidaridad de que tanto presumimos. En estos días, hasta andamos en el tingo li lingo de las reuniones decembrinas.

La catástrofe también es económica. 300 mil empresas de todos tamaños que proporcionaban empleo han cerrado. El desempleo es el más grave en los últimos 50 años. Siete de cada 10 familias registró una disminución en sus ingresos.

Contener los efectos personales, sanitarios y económico depende de la solidaridad de los mexicanos de a pie. Esta vez no se trata de acopiar comida, ropa o medicinas. Esta vez se trata de usar el cubrebocas, respetar la sana distancia, lavarse constantemente las manos con agua y jabón, desinfectar los espacios de uso común, toser o estornudar sobre el antebrazo y quedarse en casa la mayor cantidad de tiempo posible.

Para algunos parece mucho pedir. Es más sencillo que volcarse a una reconstrucción o al rescate de una persona atrapada. Y aún así, hay quien con sus actitudes y acciones parece despreciar el drama cotidiano de la pandemia.

***

Director del noticiario Así Sucede de Grupo Acir Toluca.

Mail: felgonre@gmail.com. Twitter: @FelipeGlz

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