/ miércoles 22 de abril de 2020

Repique inocente | Ya éramos muchos

Y parió la abuela.

No contentos con estar viviendo la epidemia de COVID-19, de la que ya estamos en fase tres, básicamente gracias a los que se sienten inmunes, listos y bien sácale punta de la comarca y sus alrededores, ahora enfrentamos la caída de los precios del petróleo a niveles que nunca nos habíamos imaginado.

Los más mayorcitos de la comarca —población en riesgo en esta era del COVID-19— se acordarán de aquel discurso que le gustaba repetir al entonces presidente José López Portillo que a la letra decía que “los países del mundo se dividen en dos tipos: los que tienen petróleo y los que no lo tienen, y México tiene petróleo”. Y, como un añadido después de los hallazgos de campos petroleros allá por 1978, aquello de “preparémonos para administrar la abundancia”. El sueño del país en Jauja y opulencia, que nunca llegaron para la inmensa mayoría de los mexicanos.

Hoy la empresa productiva de estado denominada Petróleos Mexicanos, anda arrastrando la cobija, cerca la inopia después de años de sufragar al Estado mexicano, tantas veces faraónico. Con una deuda que las firmas de análisis internacionales no dudan en colocar en la clasificación de “bonos basura” y sin recursos para invertir.

Si los costos reportados por Pemex y el presidente de la república son correctos, producir un barril de petróleo mexicano cuesta entre 4 y 14 dólares. El precio del barril de petróleo crudo mexicano rondaba la semana pasada los 14 dólares, pero los más recientes acontecimientos en el mercado petrolero del mundo mundial indican que está en un precio de menos 2 dólares y centavos, al momento de redactar esta media plana. Para producir petróleo, como dicen en mi pueblo, sale más caro el caldo que las albóndigas.

Por fortuna, existen las coberturas petroleras, una especie de seguro que permite que México obtenga un precio de 49 dólares por barril, tal y como se estableció en el presupuesto federal para 2020. Mucho más que el valor actual, pero muy lejos de los 104 dólares por barril del 2011. Aunque no nos durará mucho el gusto, porque las coberturas petroleras están contratadas para terminar el noviembre o diciembre de este año. Es decir, por ahora el impacto de la brutal caída del precio del petróleo tendrá un impacto reducido en las finanzas públicas de nuestro México. Pero de diciembre en adelante, que Dios nos coja confesados.

Si México todavía fuera un país cuyas finanzas públicas dependieran del petróleo, a estas alturas estaríamos al borde del colapso. Todavía en 2010 los ingresos públicos dependientes del petróleo significaban 34 por ciento del presupuesto total; es decir, uno de cada tres pesos. Según las cifras de noviembre de 2019, esa proporción bajó al 17 por ciento del total, lo que significa el petróleo contribuye con uno de cada seis pesos de los ingresos del gobierno.

Pero prescindir de los recursos petroleros es impensable. Aunque el mercado internacional esté por los suelos, el tiempo de las energías alternativas no está cerca. Sí, el mundo que conocíamos ya cambió —aunque algunos alcornoques no lo entiendan—. Pero algunas prácticas, usos y tecnologías perdurarán. Los combustibles fósiles, entre ellas.

Y parió la abuela.

No contentos con estar viviendo la epidemia de COVID-19, de la que ya estamos en fase tres, básicamente gracias a los que se sienten inmunes, listos y bien sácale punta de la comarca y sus alrededores, ahora enfrentamos la caída de los precios del petróleo a niveles que nunca nos habíamos imaginado.

Los más mayorcitos de la comarca —población en riesgo en esta era del COVID-19— se acordarán de aquel discurso que le gustaba repetir al entonces presidente José López Portillo que a la letra decía que “los países del mundo se dividen en dos tipos: los que tienen petróleo y los que no lo tienen, y México tiene petróleo”. Y, como un añadido después de los hallazgos de campos petroleros allá por 1978, aquello de “preparémonos para administrar la abundancia”. El sueño del país en Jauja y opulencia, que nunca llegaron para la inmensa mayoría de los mexicanos.

Hoy la empresa productiva de estado denominada Petróleos Mexicanos, anda arrastrando la cobija, cerca la inopia después de años de sufragar al Estado mexicano, tantas veces faraónico. Con una deuda que las firmas de análisis internacionales no dudan en colocar en la clasificación de “bonos basura” y sin recursos para invertir.

Si los costos reportados por Pemex y el presidente de la república son correctos, producir un barril de petróleo mexicano cuesta entre 4 y 14 dólares. El precio del barril de petróleo crudo mexicano rondaba la semana pasada los 14 dólares, pero los más recientes acontecimientos en el mercado petrolero del mundo mundial indican que está en un precio de menos 2 dólares y centavos, al momento de redactar esta media plana. Para producir petróleo, como dicen en mi pueblo, sale más caro el caldo que las albóndigas.

Por fortuna, existen las coberturas petroleras, una especie de seguro que permite que México obtenga un precio de 49 dólares por barril, tal y como se estableció en el presupuesto federal para 2020. Mucho más que el valor actual, pero muy lejos de los 104 dólares por barril del 2011. Aunque no nos durará mucho el gusto, porque las coberturas petroleras están contratadas para terminar el noviembre o diciembre de este año. Es decir, por ahora el impacto de la brutal caída del precio del petróleo tendrá un impacto reducido en las finanzas públicas de nuestro México. Pero de diciembre en adelante, que Dios nos coja confesados.

Si México todavía fuera un país cuyas finanzas públicas dependieran del petróleo, a estas alturas estaríamos al borde del colapso. Todavía en 2010 los ingresos públicos dependientes del petróleo significaban 34 por ciento del presupuesto total; es decir, uno de cada tres pesos. Según las cifras de noviembre de 2019, esa proporción bajó al 17 por ciento del total, lo que significa el petróleo contribuye con uno de cada seis pesos de los ingresos del gobierno.

Pero prescindir de los recursos petroleros es impensable. Aunque el mercado internacional esté por los suelos, el tiempo de las energías alternativas no está cerca. Sí, el mundo que conocíamos ya cambió —aunque algunos alcornoques no lo entiendan—. Pero algunas prácticas, usos y tecnologías perdurarán. Los combustibles fósiles, entre ellas.

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