/ jueves 30 de noviembre de 2017

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Casi todos los días, en los medios de comunicación aparece un número de mujeres asesinadas, dicen que siete mujeres diariamente son víctimas de feminicidio. Las cifras van y vienen, pero aumentan, como aumenta la tortura, la saña y la costumbre de vivir con el problema social de los asesinatos a mujeres.

La responsabilidad no es solo del gobierno, pero que exista la impunidad. Sí, leyes hay más que suficientes, muy claras para castigar al delincuente. En donde se atora es en la aplicación de las mismas.

Ya no bastan tampoco cursos y cursos para sensibilizar a los funcionarios, a la burocracia pública. Si para cumplir con los requisitos, hay que esperar que la persona encargada de la atención sea honesta.

Tampoco basta la cantidad de publicidad para invitar a que se denuncie, si de antemano se sabe que en la mayoría de los casos de nada sirve la denuncia, y si por casualidad le hacen caso, la fianza, la corrupción y la terrible situación de los centros penitenciarios hacen que el homicida salga libre.

Situación que genera una cadena de inseguridad, de miedo, de intranquilidad y desde luego de mayor número de asesinatos.

Por entendido se da que solo una queja no se va a tomar en cuenta, como dicen: “es ponerse con Sansón a las patadas”, tampoco a las manifestaciones, que las ignoran los intereses perversos y corruptos.

Entonces surge la pregunta ¿Qué hacer?, y vienen los discursos y las lamentaciones públicas, los pretextos y las acusaciones a las mujeres son los favoritos, y surge una respuesta: ¡Que la sociedad participe! Si, ¿pero cómo?

Unos dicen: “que la mujer se quede en su casa”, “que vista decentemente”, “que no sea provocativa”, “ni libertina”, son los que están por el retroceso social, no comprenden, ni entienden qué son los derechos humanos, ni que los tienen mujeres y hombres por igual, porque las mismas consideraciones se pueden hacer a los hombres.

Una cosa es atender a las recomendaciones públicas, como ciudadano, tener precaución, no confundir libertad con libertinaje y otra es manifestar ese menosprecio hacia la mujer, ese afán enfermizo de sentirse superior y confundir el valor con la violencia.

Cobardía y complejo de inferioridad por parte del agresor es lo que se presenta en cada feminicidio. Así hay que leerlo, así hay que interpretarlo y, que lástima que fueron criados así en su mayoría por padres agresores.

A la sociedad sin esperanza, ni confianza, sólo le queda cuidar la unión familiar, defender los valores humanos, vigilar que se cumplan por mujeres y hombres miembros de la familia.

A la sociedad seguir exigiendo sus derechos, una y otra vez, participando con los elementos legales, de todas formas para que se escuche su voz, el S.O.S. de las generaciones que pertenecemos, con diferentes edades a este siglo, cumpliendo con lo que nos corresponde.

Hasta que algo que cambie, hasta que las cifras de feminicidios ya no existan, sin conformismo, sin hacer caso a promesas, que ahora se pueden multiplicar en época electoral, por algunos que han vivido o viven con esos complejos de inferioridad y menosprecio para con las mujeres.

Casi todos los días, en los medios de comunicación aparece un número de mujeres asesinadas, dicen que siete mujeres diariamente son víctimas de feminicidio. Las cifras van y vienen, pero aumentan, como aumenta la tortura, la saña y la costumbre de vivir con el problema social de los asesinatos a mujeres.

La responsabilidad no es solo del gobierno, pero que exista la impunidad. Sí, leyes hay más que suficientes, muy claras para castigar al delincuente. En donde se atora es en la aplicación de las mismas.

Ya no bastan tampoco cursos y cursos para sensibilizar a los funcionarios, a la burocracia pública. Si para cumplir con los requisitos, hay que esperar que la persona encargada de la atención sea honesta.

Tampoco basta la cantidad de publicidad para invitar a que se denuncie, si de antemano se sabe que en la mayoría de los casos de nada sirve la denuncia, y si por casualidad le hacen caso, la fianza, la corrupción y la terrible situación de los centros penitenciarios hacen que el homicida salga libre.

Situación que genera una cadena de inseguridad, de miedo, de intranquilidad y desde luego de mayor número de asesinatos.

Por entendido se da que solo una queja no se va a tomar en cuenta, como dicen: “es ponerse con Sansón a las patadas”, tampoco a las manifestaciones, que las ignoran los intereses perversos y corruptos.

Entonces surge la pregunta ¿Qué hacer?, y vienen los discursos y las lamentaciones públicas, los pretextos y las acusaciones a las mujeres son los favoritos, y surge una respuesta: ¡Que la sociedad participe! Si, ¿pero cómo?

Unos dicen: “que la mujer se quede en su casa”, “que vista decentemente”, “que no sea provocativa”, “ni libertina”, son los que están por el retroceso social, no comprenden, ni entienden qué son los derechos humanos, ni que los tienen mujeres y hombres por igual, porque las mismas consideraciones se pueden hacer a los hombres.

Una cosa es atender a las recomendaciones públicas, como ciudadano, tener precaución, no confundir libertad con libertinaje y otra es manifestar ese menosprecio hacia la mujer, ese afán enfermizo de sentirse superior y confundir el valor con la violencia.

Cobardía y complejo de inferioridad por parte del agresor es lo que se presenta en cada feminicidio. Así hay que leerlo, así hay que interpretarlo y, que lástima que fueron criados así en su mayoría por padres agresores.

A la sociedad sin esperanza, ni confianza, sólo le queda cuidar la unión familiar, defender los valores humanos, vigilar que se cumplan por mujeres y hombres miembros de la familia.

A la sociedad seguir exigiendo sus derechos, una y otra vez, participando con los elementos legales, de todas formas para que se escuche su voz, el S.O.S. de las generaciones que pertenecemos, con diferentes edades a este siglo, cumpliendo con lo que nos corresponde.

Hasta que algo que cambie, hasta que las cifras de feminicidios ya no existan, sin conformismo, sin hacer caso a promesas, que ahora se pueden multiplicar en época electoral, por algunos que han vivido o viven con esos complejos de inferioridad y menosprecio para con las mujeres.

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