/ miércoles 11 de noviembre de 2020

Subrayando | Guadalupe

Escuchar la palabra para los mexicanos tiene un significado especial, y viene a la mente inconscientemente una imagen conocida desde los primeros años de nuestra vida, ricos y pobres sin distingos, no solamente para los que son católicos, porque hay hasta ateos Guadalupanos.

La necesidad de consuelo, de protección, de apoyo. El desamparo, la impotencia, la debilidad ante cualquier enemigo visible o invisible, la falta de fuerza para luchar, el cansancio de un trabajo sin resultado, todo eso y más envolvió de sombras a los mexicanos en 1531, y cíclicamente se vuelve a obscurecer tanto vidas en particular como colectivas.

Se supone que todo eso lo resuelve una madre, nuestra madre, y aunque en esa época ,1531, se tenía a la” diosa Tonantzin,” surgió la duda de su protección, cuando (como lo describen los códices), se sufría” la, peor desgracia jamás vista.”

Y así ,cada 2 de diciembre, llorando llegan los mexicanos a ver a Guadalupe, con lágrimas de dolor, ante cosas irremediables, lágrimas de agradecimiento por problemas resueltos, lágrimas de tristeza, o de alegría. Llegan no uno sino cada uno de los miembros de la familia, desde el recién nacido que vienen a presentárselo, hasta el abuelo o la abuela que vienen a encomendar sus últimos días.

Llegan hasta la casa grande, hasta la Basílica, de rodillas, unos ayudados por algún pariente o amigo, otros solos moviendo el sarape o el tapete para cubrirse las rodillas en cada movimiento que dan, cumpliendo la manda, otros con una veladora, van hasta el lugar destinado y la dejan con una oración, y la promesa de dejar algún vicio.

La esperanza, la confianza, la fe, el agradecimiento, la necesidad, la costumbre familiar, la petición especial, el cumplimiento de una “manda”, o simplemente la felicitación personal el día de su santo, en su casa, para verla y recibir la bendición personal.

En este próximo diciembre, los Guadalupanos tienen la seguridad de que ahora, Ella vendrá hasta sus altares, unos, adornados e iluminados con muchas flores y veladoras, (los que están en sitios de taxis, en las fábricas, en los talleres, en los mercados, en las calles, y en millones de casas), otros escondidos en el corazón, pero vendrá, a todos y cada uno de ellos

Porque este año de 2020, los que irán a la casa grande de Guadalupe van a librar la batalla contra un ser microscópico, (el del Covid) ellos, y sus familias, correrán más riesgo, que los que, portando la imagen de Guadalupe, en un estandarte, libraron la batalla por la independencia de los mexicanos, o, los que, con su estampa en el sombrero, lucharon como cristeros.

Escuchar la palabra para los mexicanos tiene un significado especial, y viene a la mente inconscientemente una imagen conocida desde los primeros años de nuestra vida, ricos y pobres sin distingos, no solamente para los que son católicos, porque hay hasta ateos Guadalupanos.

La necesidad de consuelo, de protección, de apoyo. El desamparo, la impotencia, la debilidad ante cualquier enemigo visible o invisible, la falta de fuerza para luchar, el cansancio de un trabajo sin resultado, todo eso y más envolvió de sombras a los mexicanos en 1531, y cíclicamente se vuelve a obscurecer tanto vidas en particular como colectivas.

Se supone que todo eso lo resuelve una madre, nuestra madre, y aunque en esa época ,1531, se tenía a la” diosa Tonantzin,” surgió la duda de su protección, cuando (como lo describen los códices), se sufría” la, peor desgracia jamás vista.”

Y así ,cada 2 de diciembre, llorando llegan los mexicanos a ver a Guadalupe, con lágrimas de dolor, ante cosas irremediables, lágrimas de agradecimiento por problemas resueltos, lágrimas de tristeza, o de alegría. Llegan no uno sino cada uno de los miembros de la familia, desde el recién nacido que vienen a presentárselo, hasta el abuelo o la abuela que vienen a encomendar sus últimos días.

Llegan hasta la casa grande, hasta la Basílica, de rodillas, unos ayudados por algún pariente o amigo, otros solos moviendo el sarape o el tapete para cubrirse las rodillas en cada movimiento que dan, cumpliendo la manda, otros con una veladora, van hasta el lugar destinado y la dejan con una oración, y la promesa de dejar algún vicio.

La esperanza, la confianza, la fe, el agradecimiento, la necesidad, la costumbre familiar, la petición especial, el cumplimiento de una “manda”, o simplemente la felicitación personal el día de su santo, en su casa, para verla y recibir la bendición personal.

En este próximo diciembre, los Guadalupanos tienen la seguridad de que ahora, Ella vendrá hasta sus altares, unos, adornados e iluminados con muchas flores y veladoras, (los que están en sitios de taxis, en las fábricas, en los talleres, en los mercados, en las calles, y en millones de casas), otros escondidos en el corazón, pero vendrá, a todos y cada uno de ellos

Porque este año de 2020, los que irán a la casa grande de Guadalupe van a librar la batalla contra un ser microscópico, (el del Covid) ellos, y sus familias, correrán más riesgo, que los que, portando la imagen de Guadalupe, en un estandarte, libraron la batalla por la independencia de los mexicanos, o, los que, con su estampa en el sombrero, lucharon como cristeros.

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