/ sábado 9 de febrero de 2019

Voz Millennial


Una historia de miedo

De niña, fui una de esas afortunadas que tuvo una infancia sin contratiempos de violencia. Sin embargo, a partir de qué empecé a desarrollarme las experiencias fueron indicándome que el mundo en el que vivía se estaba tornando cada vez más peligroso y más difícil de sobrellevar por el simple hecho de ser mujer. La primera experiencia en contra de mi género la tengo cuando iba en secundaria. Unos compañeros "jugaban" entre risas a tocarme los glúteos. En tercer año, enfrenté a un compañero que me hacía la vida imposible y me respondió a la queja que no podía soportar que una mujer "tuviera más atención que él" delante de los profesores.

Al entrar a la preparatoria la situación se tornó peor. Desde el segundo semestre hasta el último, tuve un compañero acosador que no dudo de convertir todas las bancas de su salón en un recordatorio de nuestros nombres juntos, me siguió una vez por tres kilómetros para hablar conmigo y no me dejó en paz cuando mis amigas me defendieron de él. Solo se calmó hasta que un amigo hombre le dijo que era mi novio: nunca más me molestó.

Cómo vivía bastante lejos de la escuela, tomaba autobuses que pasaban por zonas muy inseguras, por lo que en el trayecto hubo muchas veces en las que tipos de restregaron en mí, me tocaron las piernas o, increíblemente, uno hasta se atrevió a masturbarse a la vista de todos.

Pero esa no fue la peor situación. Un día, a mis 16 años, unos tipos de una camioneta blanca se pararon a unos metros de mi, uno salió desnudo con su miembro parado y empezó a hacerme señas obscenas. Mi reacción fue correr a casa y gritarle a mi mamá que saliera. Los hombres, de entre 18 y 25 años, se subieron y justo cuando me iban a alcanzar una vecina salió de la privada. Estuve a muy poco de ser violada.

La segunda vez que una camioneta me siguió por varias cuadras fue cuando había regresado de vivir en el extranjero. Yo tenía la confianza de sentirme segura e iba con vestido. El conductor simplemente ya me tenía ubicada. Estaba a una cuadra de la parada de autobús y caminé rápido esperando que pasara. En esa ocasión pude salvarme gracias a mi actuar rápido.

Cuándo conseguí mis primeras prácticas profesionales en una radio local de gran importancia, tuve que salirme de ahí debido a la incomodidad que me causaban los comentarios de un compañero. Al contarlo a una amiga, me indicó que era acoso laboral. Decidí dejar ese ambiente.

Al tener mi primer empleo, pude sentir el sexismo. ¿Cómo una mujer se iba dedicar a la política ruda, a hacer estudios de opinión y encuestas? ¡Seguro obtuvo ese empleo acostándose con alguien! Fueron las dos frases que marcaron ese momento, pues existe el paradigma de lo que aún es apto para una "señorita" y de que el éxito lo obtienes no por méritos o inteligencia si eres como yo, sino que debes dar 'algo más'.

Y así podría continuar relatando la infinidad de veces que me han chiflado o acosado sexualmente en las calles, en fiestas, en la escuela, en el trabajo. Mi historia es el reflejo de lo que vivimos las mexicanas. Tenemos que aguantarlo. Debemos seguir luchando por el respeto que merecemos, por ser consideradas seres humanos. Es nuestra obligación contarlo.


Una historia de miedo

De niña, fui una de esas afortunadas que tuvo una infancia sin contratiempos de violencia. Sin embargo, a partir de qué empecé a desarrollarme las experiencias fueron indicándome que el mundo en el que vivía se estaba tornando cada vez más peligroso y más difícil de sobrellevar por el simple hecho de ser mujer. La primera experiencia en contra de mi género la tengo cuando iba en secundaria. Unos compañeros "jugaban" entre risas a tocarme los glúteos. En tercer año, enfrenté a un compañero que me hacía la vida imposible y me respondió a la queja que no podía soportar que una mujer "tuviera más atención que él" delante de los profesores.

Al entrar a la preparatoria la situación se tornó peor. Desde el segundo semestre hasta el último, tuve un compañero acosador que no dudo de convertir todas las bancas de su salón en un recordatorio de nuestros nombres juntos, me siguió una vez por tres kilómetros para hablar conmigo y no me dejó en paz cuando mis amigas me defendieron de él. Solo se calmó hasta que un amigo hombre le dijo que era mi novio: nunca más me molestó.

Cómo vivía bastante lejos de la escuela, tomaba autobuses que pasaban por zonas muy inseguras, por lo que en el trayecto hubo muchas veces en las que tipos de restregaron en mí, me tocaron las piernas o, increíblemente, uno hasta se atrevió a masturbarse a la vista de todos.

Pero esa no fue la peor situación. Un día, a mis 16 años, unos tipos de una camioneta blanca se pararon a unos metros de mi, uno salió desnudo con su miembro parado y empezó a hacerme señas obscenas. Mi reacción fue correr a casa y gritarle a mi mamá que saliera. Los hombres, de entre 18 y 25 años, se subieron y justo cuando me iban a alcanzar una vecina salió de la privada. Estuve a muy poco de ser violada.

La segunda vez que una camioneta me siguió por varias cuadras fue cuando había regresado de vivir en el extranjero. Yo tenía la confianza de sentirme segura e iba con vestido. El conductor simplemente ya me tenía ubicada. Estaba a una cuadra de la parada de autobús y caminé rápido esperando que pasara. En esa ocasión pude salvarme gracias a mi actuar rápido.

Cuándo conseguí mis primeras prácticas profesionales en una radio local de gran importancia, tuve que salirme de ahí debido a la incomodidad que me causaban los comentarios de un compañero. Al contarlo a una amiga, me indicó que era acoso laboral. Decidí dejar ese ambiente.

Al tener mi primer empleo, pude sentir el sexismo. ¿Cómo una mujer se iba dedicar a la política ruda, a hacer estudios de opinión y encuestas? ¡Seguro obtuvo ese empleo acostándose con alguien! Fueron las dos frases que marcaron ese momento, pues existe el paradigma de lo que aún es apto para una "señorita" y de que el éxito lo obtienes no por méritos o inteligencia si eres como yo, sino que debes dar 'algo más'.

Y así podría continuar relatando la infinidad de veces que me han chiflado o acosado sexualmente en las calles, en fiestas, en la escuela, en el trabajo. Mi historia es el reflejo de lo que vivimos las mexicanas. Tenemos que aguantarlo. Debemos seguir luchando por el respeto que merecemos, por ser consideradas seres humanos. Es nuestra obligación contarlo.