/ jueves 15 de agosto de 2019

Voz Millennial / Deimos y Fobos


Miedo y pánico, así se nombraron a las lunas del planeta rojo cuando fueron descubiertas. Parece que deberían de ser nombradas así las sensaciones de vida causadas entre nuestra generación en este país el día de hoy: tenemos un gobierno que no ve, no oye y no habla sobre la violencia que azota el país (14 periodistas muertos durante su mandato, 4 en una semana y sólo le interesa que haya una prensa “obediente y dispuesta”); cada vez hay un aumento mayor de desapariciones y asesinatos contra mujeres, no hay empleos dignos que aseguren un futuro en la vejez de las generaciones más jóvenes, los policías se encargan de violar sin recibir un castigo y, para rematar, el cambio climático cada vez es más notorio que empieza a cambiar los ciclos de vida.

Como profesora universitaria tengo muy presente siempre que le doy clases a chicos (algunos muy cercanos a mi edad) con tendencias depresivas. Los padres y abuelos de estos nos dicen “la generación de papel” porque nos “ofendemos por todo”, ¿no será más bien que somos más conscientes de que vivimos en un país altamente violento, en un planeta que se muere por culpa de nuestro sistema económico y los gobiernos del mundo trabajan sólo para complacer a los ricos sin generar verdaderos cambios políticos para crear condiciones de igualdad, justicia y equilibrio ambiental? No, deben ser las redes sociales y nuestra incapacidad social, como dictan los memes.

Deimos y Fobos, miedo y pánico que definen a una generación que se enfrenta a contener las barbaridades que han hecho nuestros antecesores en la política y la economía, educados desde los medios masivos de comunicación en discursos de las clases hegemónicas para conservar su estilo de vida en esa falacia aspiracionista del “todo se puede con esfuerzo” a pesar de que quienes empiezan a ocupar puestos de importancia suelen ser los hijos y recomendados del “dedazo” universal. ¿Cuántas mentiras tenemos que tragarnos sin hacer gestos?

Obsolencia programada que contamina el mundo y nuestros bolsillos; el imperativo categórico del deber ser buenos mientras se normaliza la violencia cada vez más brutal con tiroteos por ser de otras nacionalidades o por decir o hacer, incomodando a quienes tienen el poder en sus manos.

¿Y dónde queda el arte, las aspiraciones, los sueños, las recompensas en la tierra prometida del siglo XXI? Hoy no quiero hablar de algo en específico porque nuestros grandes problemas siguen siendo la inconciencia y la falta de empatía, el rompimiento con dogmas y paradigmas de vida que hagan nos escandalicemos con la corrupción, la desigualdad entre hombres y mujeres y la pérdida de identidad con la Tierra, que es nuestro hogar.

Somos una generación depresiva, con problemas entre la libertad y el desenfreno, entre las drogas y el vacío provocado por la falta de relaciones profundas. Somos los que tenemos el futuro en nuestras manos. ¿Le interesará a alguien mayor de 35 años o nos seguirán juzgando?


Miedo y pánico, así se nombraron a las lunas del planeta rojo cuando fueron descubiertas. Parece que deberían de ser nombradas así las sensaciones de vida causadas entre nuestra generación en este país el día de hoy: tenemos un gobierno que no ve, no oye y no habla sobre la violencia que azota el país (14 periodistas muertos durante su mandato, 4 en una semana y sólo le interesa que haya una prensa “obediente y dispuesta”); cada vez hay un aumento mayor de desapariciones y asesinatos contra mujeres, no hay empleos dignos que aseguren un futuro en la vejez de las generaciones más jóvenes, los policías se encargan de violar sin recibir un castigo y, para rematar, el cambio climático cada vez es más notorio que empieza a cambiar los ciclos de vida.

Como profesora universitaria tengo muy presente siempre que le doy clases a chicos (algunos muy cercanos a mi edad) con tendencias depresivas. Los padres y abuelos de estos nos dicen “la generación de papel” porque nos “ofendemos por todo”, ¿no será más bien que somos más conscientes de que vivimos en un país altamente violento, en un planeta que se muere por culpa de nuestro sistema económico y los gobiernos del mundo trabajan sólo para complacer a los ricos sin generar verdaderos cambios políticos para crear condiciones de igualdad, justicia y equilibrio ambiental? No, deben ser las redes sociales y nuestra incapacidad social, como dictan los memes.

Deimos y Fobos, miedo y pánico que definen a una generación que se enfrenta a contener las barbaridades que han hecho nuestros antecesores en la política y la economía, educados desde los medios masivos de comunicación en discursos de las clases hegemónicas para conservar su estilo de vida en esa falacia aspiracionista del “todo se puede con esfuerzo” a pesar de que quienes empiezan a ocupar puestos de importancia suelen ser los hijos y recomendados del “dedazo” universal. ¿Cuántas mentiras tenemos que tragarnos sin hacer gestos?

Obsolencia programada que contamina el mundo y nuestros bolsillos; el imperativo categórico del deber ser buenos mientras se normaliza la violencia cada vez más brutal con tiroteos por ser de otras nacionalidades o por decir o hacer, incomodando a quienes tienen el poder en sus manos.

¿Y dónde queda el arte, las aspiraciones, los sueños, las recompensas en la tierra prometida del siglo XXI? Hoy no quiero hablar de algo en específico porque nuestros grandes problemas siguen siendo la inconciencia y la falta de empatía, el rompimiento con dogmas y paradigmas de vida que hagan nos escandalicemos con la corrupción, la desigualdad entre hombres y mujeres y la pérdida de identidad con la Tierra, que es nuestro hogar.

Somos una generación depresiva, con problemas entre la libertad y el desenfreno, entre las drogas y el vacío provocado por la falta de relaciones profundas. Somos los que tenemos el futuro en nuestras manos. ¿Le interesará a alguien mayor de 35 años o nos seguirán juzgando?