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  • Atanasio Serrano López

 

Gritó el joven doctor Ernesto Guevara de la Serna, desde el andén, antes de abordar el vagón del tren que lo llevaría a Bolivia. Una mañana de julio de 1953, familiares y amigos lo despidieron en la estación de Buenos Aires, Argentina. 

¿A dónde iba en ese viaje internacional? A encontrar su destino.

Quienes escucharon la exclamación, no imaginaron que al dejar la medicina se convertiría en contumaz luchador, para liberar a los pueblos de América sometidos por imperialismo.

No imaginó él en el país andino que, catorce años después en sus montañas, el 7 de noviembre de 1966, emprendería ya como Che una guerra para redimir a los pobres de la explotación. Menos pasó por su mente que el 8 de octubre, de un lejanísimo año, libraría un combate en las selvas de Ñancahuazú.

El 7 de octubre de 1967 escribiría al principio de la última página de su Diario: “Se cumplieron los 11 meses de nuestra inauguración guerrillera sin complicaciones, bucólicamente”. Las dificultades llegarían al día siguiente. El diezmado grupo combatiente quedó cercado. En la resistencia fue herido. Horas más tarde sería capturado.

Por acuerdo del alto mando militar, sin ser juzgado, el 9 de octubre, un soldado boliviano lo asesinó en el interior de una pobrísima escuela, de la Higuera; ranchería o cuadrilla, como llamamos en México a pequeñísimo caseríos.

El día de la captura, hasta ese miserable plantel, llegó el capitán Gary Prado, al verlo preguntó:

-¿Usted quién es?

– ¡Soy el Che Guevara!

Inmediatamente comunicó el hallazgo a sus superiores. El presidente René Barrientos, obedeciendo mandatos de la CIA, ordenó su muerte.

El soldado Mario Terán Salazar se encargó de matar al excepcional prisionero. Cuando vio el cuerpo maltrecho de quien iba a ser su víctima, el miedo se apoderó de él.

-¡Dispara cobarde; vas a matar a un hombre!- exclamó el guerrillero.

Obnubilado por la emoción, mecánicamente acribilló al hombre que segundos antes le había desafiado. Nunca olvidó la mirada, de quien tendido en una rústica plancha de cemento, su cuerpo adquiría la imagen de un Cristo: un Cristo crucificado en el siglo XX.

El ejército boliviano, la CIA, el presidente Lyndon B. Johnson, estaban de plácemes. El dolor de cabeza había cesado. El Che les había ocasionado la jaqueca.

Su presencia en Angola, en Sudáfrica; su proclama de crear uno, dos, tres, o muchos Vietnam, puso en alerta al policía del mundo. Su semilla germinó; donde hubo injusticia triunfo la equidad; dónde había tiranía regresó la democracia. Vietnam en 1975, con la derrota al ejército de los Estados Unidos humillaría la soberbia de la Casa Blanca.

Su cuerpo cercenado fue sepultado en lugar secreto. Sólo el ejército boliviano conocía el lugar. Desde ese ignoto lugar, el Che empezó a caminar.

En mayo de 1968, en la Revolución de Mayo, los jóvenes franceses adoptarían su imagen, aquella, tomada en La Habana por Alberto Díaz “Korda” en 1961, como símbolo de rebeldía. La juventud de México haría lo mismo que la francesa; el 2 de octubre del mismo año enarbolaría el rostro señero del Che, como emblema de protesta.

La escuelita de la Higuera se convirtió en santuario. Los bolivianos rinden culto al héroe argentino- cubano. El pasado 9, al evocar en Valle Grande el 50 Aniversario de su sacrificio, las naciones indígenas de Bolivia con sus cantos y sus bailes evocaron su memoria. Como héroe vive en la conciencia boliviana y en la los pueblos del mundo que aún luchan por su libertad.

De los criminales asesinos nadie se acuerda. Fueron ultimados. Unos primero; otros, después; pero, todos pagaron la muerte del “Soldado de América”.

Dice la leyenda que su inmolación se debió a una misteriosa condena, conocida como “La maldición del Che”.