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  • Atanasio Serrano López

A René Sánchez Vértiz.

Afición toluqueña”. Se leía en una lona exhibida por mi vástago “Paco” y yo, en las Plazas de Toros, de León, Morelia, Pachuca, Querétaro, San Luis Potosí; San Miguel Allende, Tlaxcala, Zacatecas. Con esas palabras, en cada corrida de despedida, agradecíamos su toreo.

La gente, entre sorprendida y admirada, elogiaba nuestra presencia; algunas nos decían: “Zotoluquistas”. En esas plazas el maestro de Azcapotzalco tenía seguidores.

La campaña de despedida terminaría con la corrida del 4 de febrero, en la Monumental Plaza México. Con esa, Eulalio López “Zotoluco”, podría fin a su digna profesión.

Sería la de la última cita con el público que “da y quita”; la de la postrera ocasión de vestir el traje de luces; la del postrero paseíllo, que sería el número 74; la del último brindis. La del último toro que daría muerte; la de la última vuelta al ruedo; la del momento oportuno, para que se cortara la coleta. La única vez, en que al recorrer el albero de la Plaza México, escucharía “Las Golondrinas”, canción del sentimiento mexicano, con que dice Adiós.

Culminaría una historia de treinta años. La escribió a base de constancia, de voluntad. Tenaz fue para vencer la adversidad. Muchas veces, ya siendo matador, escuchó: “Tráeme dos orejas, y te contrato”. “Están completos los carteles”. “Date una vuelta el año próximo”. Condiciones y respuestas de los empresarios.

Los sinsabores, las congojas, las penas, el derrame de lágrimas, por el rechazo, templaron su alma. Las palabras de aliento de Don Eulalio, le darían brío, energía, valor, para seguir en la brega. Sus anhelos, ilusiones, juveniles de ser torero, lo impulsarían a vencer obstáculos, los más insalvables.

Llegó el día de la alternativa. En la plaza de San Buena Ventura, Coahuila, el 20 de julio de 1986, la concedería Fermín Espinoza “Armillita”. El sueño se había realizado: ya era matador. Tres años después se la confirmaría Manolo Mejía, el 26 de noviembre de 1989. “Bombón” de Rancho Seco, sería el primer toro lidiado en la plaza de Insurgentes. Empezaría otra lucha, la búsqueda de oportunidades. Con perseverancia las encontró. Los empresarios se fijaron en él. Su personal estilo convenció y le dieron corridas. Estaba en el camino de alcanzar triunfos.

Para muchos fue un torero “corriente”, por carecer de finura. Fue en cambio para otros más un torero “poderoso”, a la manera de Joselito Huerta y de Mariano Ramos. Como estos, enfrentó lo que le echaran. Nunca escogió los toros. Con el poder de su muleta sujetó hasta los más peligrosos. De ahí que haya sido un torero, dueño de un supremo poder.

Sabiéndola, o no, adoptó la sentencia Belmontiana, que dice: “se torea como se es”. Con o sin el refrán se definió como él consideraba ser.

A los toros nobles, bravos, inspirado los lidio con mando, con temple; no los desaprovecho. Uno, “Venadito”, de doña Vicky de la Mora, en 1998, en la Plaza México le cortaría las orejas y el rabo.

Por su perseverancia, alcanzaría el rango de figura. La figura más sobresaliente del toreo patrio, sería en los últimos veinticinco años. En esos, fue base de cartel para las anuales temporadas de la Plaza México. En esa jerarquía, alternaría con los españoles, Pedro Gutiérrez Moya, “El Niño de la Capea”; José Miguel Arroyo, “Joselito”; Manuel Caballero, Miguel Báez, “Litri”, Raúl Gracia, “El Tato”. Toreó también con el colombiano, César Rincón figura en España durante muchos años, y el venezolano, Leonardo Benítez. No fue mandón de la fiesta; fue solo el torero indispensable del momento, para enfrentarlo a los acreditados toreros de la península.

Eulalio, convertido en consumado maestro, habría logrado el rango de figura internacional. La confirmación de alternativa en la Plaza de las Ventas de Madrid, de manos de Manolo Sánchez, en 1997, le abriría las puertas para ingresar a ese anhelado nivel taurino.

Disputó el triunfo a Julián López, “El Juli”, y Enrique Ponce. De todos se ganó el respeto. Con ellos, fue atento, cortes, caballero. Con el valenciano tendría un mano a mano, en su última corrida.

En tres décadas actúo en 1128 corridas; mató 2 mil y tantos bureles. En esas, se incluyen las de Nimes, Francia; Madrid, y Pamplona, España. En una de San Fermín desorejó a un Miura. En 445 ocasiones salió por la puerta grande de diferentes plazas; cortó 1423 orejas y 99 rabos; otorgó 21 alternativas; 25 fueron los toros indultados por su maestría. Solo 4 cornadas recibidas. Este, es el record del maestro “Zotoluco”. “Chintololo”, le llaman por ser nativo de Azcapotzalco.

Fue un torero con valores y virtudes. Honesto, respetuoso, pundonoroso, en la arena. Agradecido, humilde, modesto, sencillo, en su trato cotidiano. Humano, además como ningún otro torero.

En plena cumbre taurina, crearía una Asociación Civil para brindar atención a niños invidentes. La sostiene. La impulsa, la proyecta, como un centro de auxilio, de ayuda, a esos pequeños seres. Eso habla de su inmensa calidad humana. Ese, es el otro rostro de Eulalio López “Zotoluco”.

Después de matar a “Toda una Historia”, burel de Don Fernando de la Mora, sus hijos le cortarían la coleta. Concluido el acto, de la puerta de cuadrillas, saldrían los infantes portando una lona en que se leía: “Fundación Eulalio López “Zotoluco”, A.C”. Se acercó, les acaricio la cabeza, beso la mejilla de las niñas. Una le toco la cara, para saber cómo es su benefactor. Le acompañaron en la última vuelta al ruedo. La ovación unánime se dio en los tendidos. Emocionado, lloraba. Devolvía prendas a los tendidos. Agradecía la admiración y la cascada de aplausos. En los medio besó la arena. Miró hacia el cielo estrellado y dio gracias a Dios. Al entrar al burladero, su cuadrilla y Enrique Ponce, tirando a sus pies, sus monteras, le manifestaron su homenaje.

Entrada la noche, en hombros, junto con el maestro Enrique Ponce, dejó la arena. Salió por “La Puerta Grande” por última vez. La primera, fue diecisiete años antes, por cortar a “Velador” las orejas y el rabo. Volvió a vivir la alegría, la dicha. Había cumplido. Se sentía un hombre feliz. Adentro, en el ruedo del enorme coso, quedaba en la soledad, envuelto con el ropaje del misterio: el toreo.