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Editorial

  • Inocente Peñaloza

 

La Reforma Educativa puede ser radical, consistente y exitosa, pero no rápida. El secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño, calcula que los resultados podrán ser observados en unos diez años. La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) es menos optimista, pues estima que México va a necesitar de 20 a 25 años para colocar su sistema educativo al nivel de otros países, sobre todo los desarrollados.

Así las cosas debemos entender que nuestro país se encuentra en una etapa de siembra en la que es preciso trabajar con intensidad, pero a la vez con prudencia, en espera de lograr, en el mediano y el largo plazo, una generosa cosecha.

Sin embargo, lo que ya no puede postergarse es el momento de poner en práctica el nuevo modelo educativo, del cual depende en gran parte el éxito o fracaso de la reforma. Cada año que pase sin lograrlo aumentará el volumen del rezago y el número de acciones a emprender, pues es necesario elaborar los programas escolares y hacerlos llegar a los maestros en servicio, en tanto egresan de las escuelas normales los nuevos profesores que, dentro de un sistema de formación inicial convenientemente reformado, lleven ya el espíritu, la actitud y los conocimientos que el proceso reclama.

Todavía existen focos de resistencia que están activos en algunas regiones del país, principalmente en Michoacán y en el sureste, donde los profesores podrían entrar a la reforma a regañadientes, es decir, portando el germen de la autodestrucción. La manifestación del Día del Maestro en la capital del país y las protestas habidas en otras ciudades de provincia indica que no todos los docentes siguen el ritmo de los acontecimientos y están listos para hacer suya la reforma, supuesto indispensable para que tenga éxito.

El presidente Enrique Peña Nieto, también con motivo del Día del Maestro, afirmó que la Reforma Educativa es importante e inaplazable para que el país pueda alcanzar sus metas en otros órdenes.

Pero, el reloj no se detiene. El cambio de gobierno que se espera para el próximo año podría abrir un compás de espera en la secuencia de lo que ya comenzó y representa también la amenaza de que las ideas fundamentales cambien y se le dé un nuevo rumbo a lo que hasta aquí se lleva hecho, pero de hoy en adelante ya no va a ser posible, o cuando menos razonable, que cada gobierno tenga su propia reforma educativa.

El tiempo señalado para que el nuevo modelo educativo aterrice en las aulas es el mes de agosto del próximo año, así que el gobierno actual dispondrá sólo de tres meses para impulsarlo y tratar de limpiarle de obstáculos el camino, pues todo lo que venga después quedará en manos de nuevas autoridades.

Se supone que hay programas que ya están muy avanzados en este momento, como es la elaboración de los nuevos libros de texto que deberán presentar no sólo los contenidos y temas de los cursos, sino la metodología para utilizarlos en el salón de clases sin inducir a los estudiantes a la memorización, que es considerada como el pecado capital del actual proceso educativo.

También se está avanzando, según se informa, en la adecuación de los espacios educativos y su indispensable equipamiento con recursos digitales para el aprendizaje, pues podría darse el caso de que los libros de texto y otros materiales de estudio tuvieran versiones digitales para aprovechar la utilidad de las TIC (tecnologías de la información y la comunicación), máxima conquista del siglo anterior.

En fin, que se dispone de muy poco tiempo para emprender el trabajo de siembra en las escuelas –único espacio en el que la semilla de la reforma puede germinar−y seguir trabajando intensamente después para obtener resultados que no van a ser conocidos antes de una década, según la SEP, o antes de dos, según la OCDE.