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Editorial

  • Inocente Peñaloza

 

Una exposición sobre la exploración arqueológica del Cerro del Toloche se ofrece actualmente en el museo universitario “Luis Mario Schneider”, de Malinalco, pero después del 28 de agosto regresará a Toluca.

Se trata de algunos vestigios hallados en la parte alta del cerro, situado al norte de Toluca, durante una exploración que ha tenido dos etapas: 1999 y 2010.

El arqueólogo Ricardo Arturo Jaramillo Luque, delegado estatal del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) está al frente del proyecto y considera que en ese lugar está el origen de la antigua Tolocan, capital de los matlatzincas, pues se trata de un polígono en cuyo interior fue hallado el basamento del templo principal de Tolo, rodeado por una zona habitacional y por restos de murallas, lo cual podría significar que Toluca tenía las características de una ciudadela fortificada como Teotenango.

Tolocan debe su nombre a esta circunstancia, pues significa “lugar de Tolo” y fue fundada por los matlatzincas, “hombres de la red”, en el siglo XII, aunque existe la versión de que en el mismo sitio hubo un asentamiento tolteca del siglo VII. (Esta versión fue propalada por el escritor toluqueño Lázaro Manuel Muñoz, quien se apoyó en investigaciones de Lorenzo Boturini).

Los matlatzincas, grupo étnico perteneciente a la familia Otomí Mangue, partieron de Culiacán con su dios Coltzin –que no era otro que Tolo o Tolotzin, “el jorobadito− y llegaron al Altiplano antes que los aztecas, debido a lo cual pudieron elegir las tierras fértiles y templadas del valle de Toluca, cercanas al río Lerma y a la laguna de Chignahuapan, antes que las húmedas y cenagosas del valle de México.

La toponimia de la ciudad –“lugar de Tolo”− viene desde los primeros cronistas e historiadores de la Nueva España, pues ya en el siglo XVI Fray Bernardino de Sahagún −modernizada la ortografía− anota: “Su ídolo de estos tolucas, era llamado Coltzin, hacíanle muchas maneras de fiesta y honra y cuando celebraban su fiesta, ellos solamente la celebraban, sin que los ayudasen los mexicanos y tecpanecas y cuando hacían sacrificio de alguna persona: lo estrujaban, retorciéndolo con cordeles puestos a manera de red”.

Sahagún y Diego Durán escriben las palabras Tolocan y Toluca con una “l”, según las escuchaban de sus informantes, pero otros historiadores escribieron Tolocan con “ll”, es decir, Tollocan, porque en la lengua náhuatl creían escuchar el sonido de una “l” larga o doble, como se escucha al final de vocablos como teocalli, tepochcalli, cuicacalli, etc., y a falta de una letra castellana que representara ese peculiar fonema, utilizaron una doble ele, pero como la palabra primitiva era Tolo y no Tollo, ya en las derivaciones escribir Tollocan en lugar de Tolocan equivale a querer escribir: “Tolluca”, “Tollotzin”, “tolluqueño”, etc., puesto que la explicación aquella de la “l” larga simplemente no es elle, no aplica, y en la palabra Tolocan no se aprecia, así que aunque los filólogos aún discutan que puede usarse indistintamente ele o elle, por los argumentos descritos, bien vale la pena hacer la corrección en la nomenclatura de la ciudad para escribir Tolocan y evitar así que la mayoría de las personas, sobre todo recién llegadas, vivan aquí y pronuncien Tollocan, curioso hecho que da la impresión de que los toluqueños no conocemos el nombre hispánico de nuestra ciudad.

Todo esto viene a cuento, como inevitable digresión, por la idea que tienen el maestro Jaramillo Luque y demás arqueólogos que trabajan en la excavación del Cerro del Toloche de exhibir en Toluca –y algún día, probablemente, “in situ”, ¿por qué no?− las piezas encontradas en la ciudad amurallada de los crueles hombres de la red.

(Dos alcaldes toluqueños, Alejandro Osuna Rivero y Armando Garduño Pérez, iniciaron hace años la corrección de la nomenclatura, incluso en esos letreros metálicos colocados sobre el camellón del Paseo Tolocan que parecen hojas de papel picado, pero la tarea quedó inconclusa. Tal vez un día llegue un alcalde que la lleve a término).