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Hablemos de Paz y No Violencia

  • Rodrigo Sánchez Arce

 

Antes de que el extinto Alonso Lujambio se metiera de político, fue un excelente académico y escribió varios libros sobre la democracia en México. Recuerdo en especial uno del año 2000, que tituló “El poder compartido”, en el que planteó que en el antiguo régimen autoritario mexicano se tenía certeza del partido que ganaría las elecciones (el PRI), pero no de cómo ganaría, ni de la limpieza del proceso electoral; y que en el régimen actual más democrático se tiene mayor certeza del proceso electoral, pero no sobre qué partido ganará las elecciones. Sigo estando de acuerdo con estas tesis, con todo y que el sistema electoral aún tiene cosas que corregir como el financiamiento a los partidos. Lo malo es que la incertidumbre se ha extendido a todos los ámbitos de la vida política, es decir, que la democracia en vez de construir un sistema con mayor certidumbre y estabilidad, creó un régimen en el que la desconfianza se ha convertido en la base para el desempeño de todos los actores políticos.

Muchos autores coinciden en que, para funcionar bien, la democracia requiere altos niveles de confianza de la ciudadanía que faciliten la socialización, la cooperación y la interiorización de los principios (soberanía popular, mayoría, defensa de derechos de las minorías) y valores (libertad, igualdad, solidaridad, pluralidad, tolerancia, equidad) democráticos, a fin de facilitar la construcción de un futuro compartido en el que los conflictos se resuelvan por vías pacíficas e impere la paz social. Por otra parte, hay quien piensa que en una democracia debe prevalecer también cierta desconfianza, pues si bien elegimos a quienes creemos los mejores, no se les puede extender un cheque en blanco para que hagan lo que quieran y deben ser vigilados. En los últimos años, los mexicanos hemos aprendido a ser más desconfiados con los gobiernos y a exigirles mayores cuentas, y no es para menos dada la proliferación de los corruptos. El problema es ¿qué tanta desconfianza debe prevalecer en una democracia?

El caso de Javier Duarte es paradigmático. Cuando desapareció al saber que sería perseguido, la gente pensó que el gobierno lo estaba encubriendo. Ahora su captura se atribuye a un pacto con el mismo gobierno a fin de favorecer las campañas del PRI y a una cortina de humo para desviar la atención de otros temas. Total que la captura no satisfizo a nadie y tampoco he escuchado que se felicite a las instituciones por hacer su trabajo. No se me malentienda: no defiendo ni al gobierno y mucho menos a Duarte, el problema es que ya nada de lo que hacen en general las policías, los políticos y gobernantes es confiable para la ciudadanía y ahí radica el problema: en la desconfianza hacia las instituciones. No se puede negar que existen razones de sobra para desconfiar de éstas, lo malo es que es que muchas veces la desconfianza es originada por los propios políticos de todos colores y tendencias que sólo piensan en las próximas elecciones, aunado a la desconfianza generada desde las redes sociales, donde gente sin valor civil ni sentido de responsabilidad lanza la piedra y esconde la mano, mientras que la opinión crítica, participativa e informada queda en segundo plano. Así es que sean bienvenidos a la era de la desconfianza irracional, que definitivamente no es buena para la democracia.

[La democracia en vez de construir un sistema con mayor certidumbre y estabilidad, creó un régimen en el que la desconfianza se ha convertido en la base para el desempeño de todos los actores políticos].

rodrigo.pynv@hotmail.com