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Pensamiento Universitario

  • Juan Cuenca Díaz

 

Circula en estos días, en las llamadas redes sociales, la versión de una serie de preguntas hechas por una periodista a diez diputados federales, con relación a nuestra Constitución Política, que van desde pedirle a los entrevistados identificar los artículos referidos a temas como la educación, el trabajo y la reforma energética, hasta la fecha en la cual se promulgó en el país la última Carta Magna. El resultado fue desastroso, pues ocho de estos individuos exhibieron una ignorancia terrible, al desconocer o confundir aspectos elementales del documento base de un supuesto trabajo legislativo, y todavía justificarse con un cinismo realmente indignante.

Obviamente, ridículos de esta naturaleza abonan al desprestigio de un gremio cuyos integrantes, en abrumadora mayoría, se muestran bastante limitados en lo intelectual, pero sobradamente abusivos cuando se trata de meterle mano al dinero de los mexicanos. La barbarie de estos personajes es preocupante y su desempeño genera desconfianza, tomando en cuenta la enorme importancia de sus atribuciones. El hecho de no tener los conocimientos mínimos en lo esencial de su función, y tampoco esmerarse por adquirirlos, ayuda a entender el por qué de la situación decadente de una especie ostentosa y frívola, incapaz de combatir la ineptitud y el derroche, y mucho menos de elaborar leyes encaminadas a defender al pueblo de las tantas arbitrariedades del poder.

Por otra parte, si hemos de atender a lo establecido en el famoso principio de Pareto, según el cual sólo el 20 por ciento de las personas en una empresa de poco mérito reportan el 80 por ciento de los beneficios, el simple ejercicio de solicitarle a diez congresistas responder un examen de nivel primaria y tener a ocho reprobados, demuestra que es perfectamente factible, y además obligado, el prescindir de un buen número de estos vividores, a quienes se les debería mandar a un empleo donde el salario devengado fuera de acuerdo a sus aportes y aptitudes. La realidad, sin embargo, es otra, desagradable y muy ofensiva, con una clase política acostumbrada a darse vida de reyes, frente a un México cada vez más injusto y desigual, con carencias de todo tipo y millones de seres sin oportunidad de progreso o sobreviviendo en pobreza extrema.

Tratándose de cualquier cargo oficial, sin exceptuar a ninguno de los tres poderes ni a sus instancias dependientes, abunda en ellos la gente sin escrúpulos, iletrados y sin el interés por realizar un servicio a la ciudadanía de la mayor calidad posible, pero, eso sí, siempre dispuesta a asignarse salarios y prestaciones extraordinarias, y a gastar millones de pesos en ejércitos de asesores y sirvientes, secretarias, choferes, guaruras y edecanes, aunado al absurdo dispendio en el que incurren cuando pretenden dizque mejorar su lamentable imagen. Las consecuencias, para decirlo pronto, se traducen en una nación altamente vulnerable, con un futuro nada alentador, víctima de corrupción e impunidad en alturas máximas y, para colmo, atada a una deuda pública verdaderamente catastrófica.

En el desempeño de estos ejemplares el conocimiento y la sabiduría brillan por su ausencia, sobre todo cuando se trata de identificar la aplicación de tales atributos en decisiones inteligentes y en sus vínculos con la moral y el buen juicio. Más bien, vemos a un elevado número refugiado en la estupidez y en el imperativo de darle rienda suelta a una voracidad incontrolable, tendiente a fortalecer un sistema de gobierno descompuesto, generador de riquezas insultantes y enemigo de la transparencia y de la puntual rendición de cuentas.

El país que queremos no puede seguir dependiendo de la improvisación y el abuso de sus gobernantes. Es necesario decir ya basta y entrar en un proceso de renovación, prácticamente de supervivencia, donde se replantee el significado del servicio público, se ponga un alto al saqueo y se castiguen con rigor las conductas deshonestas de la burocracia de élite.

Hoy en día los retos son enormes, y por ello es necesario contar con liderazgos preparados y confiables. Ninguna justificación es válida para seguir aguantando a políticos ignorantes, faltos de ideas y sin una visión clara de lo que implica la creación de instituciones de relevancia. Es indispensable identificar en el desempeño del funcionario un trabajo basado en la productividad y en la ética, en ser íntegro, respetuoso y respetable, con el fin de darle un valor agregado a una noble actividad, hoy excesivamente devaluada y sometida a la burla y el desprecio.