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Vida Pública

  • Arturo Huicochea Alanís

Suponiendo sin conceder que, después de haber hecho caso omiso a una advertencia documentada y pública acerca de los problemas que presentaba el funcionamiento de la obra apenas inaugurada unas semanas antes, haya sido imposible anticiparse e impedir que se hundiera la tierra en la autopista Acapulco – México, parece inexplicable la cadena de errores que siguió a la tragedia y que no cesará de causar perjuicio político a la legitimidad del gobierno federal, mientras el evento no traiga consigo consecuencias, más allá de los muy lamentables decesos, los perjuicios a las finanzas públicas, las múltiples pérdidas de toda naturaleza causadas a miles de personas, las incontables molestias para quienes tenían que circular por ahí o se vieron obligados a modificar sus planes, y la indignación de millones a quienes el suceso nos agravia, aunque a la distancia pareciera que no padecimos afectación personal y directa alguna.

Es preciso insistir; el socavón no debió ocurrir y, habiéndose presentado, nadie debería haber fallecido. Lo lógico y deseable sobre ambos hechos es que, primero, se identifique clara y públicamente a los responsables y, tras una investigación eficaz, pronta, exhaustiva y esclarecedora, se determinen culpabilidades y, en su caso, las sanciones más severas a las que haya lugar conforme a la Ley.

Y sin embargo, después de lo ocurrido, persisten dudas, ¿era tan difícil que las autoridades mostraran sensibilidad y se condolieran con las familias de las infortunadas víctimas, ponerse de su lado, acompañarlas, ofrecer la mayor ayuda que las clausulas de las aseguradoras prevean para este tipo de situaciones, incluso buscar algún otro mecanismo legal que permitiera entregarles alguna ayuda adicional? ¿A nadie en el entorno del Ejecutivo federal se le ocurrió que el requisito mínimo para dar credibilidad a la investigación y facilitar su desarrollo resultaba indispensable que el titular del ramo y quienes de él dependen, responsables directos e indirectos de la obra se retiraran de sus cargos y se pusieran a disposición de las instancias de investigación para favorecer el rápido esclarecimiento de las cosas? ¿No está claro que el servidor público es un agente jurídica y moralmente obligado a servir a la gente y, por tanto, nada está antes que cumplir con esa obligación, mucho menos su continuidad en el cargo?

Existe algo superior a la estabilidad y permanencia de los funcionarios de gobierno, que es más importante, incluso, que un grupo o partido político gobernante, cualquiera que este sea; eso se le conoce en la ciencia política como: la razón de Estado. Nicolás Maquiavelo precisó que “es algo que merece ser notado e imitado por todo ciudadano, pues en las deliberaciones en que está en juego la salvación de la patria, no se debe guardar ninguna consideración a lo justo o lo injusto, lo piadoso o lo cruel, lo laudable o lo vergonzoso, sino que, dejando de lado cualquier otro respeto, se ha de seguir aquel camino que salve la vida de la patria y mantenga su libertad”.

Habrá a quien le parezca exagerado, pero debería entenderse que es preciso apelar a la razón, a la razón de estado, para superar este y otros episodios pues, dado que el actual régimen padece la más seria crisis de legitimidad que se recuerde, esos yerros ponen en riesgo la salud de la República, y que nada, ni siquiera la continuidad del régimen, puede estar por encima de eso.

La oquedad que se produjo en Cuernavaca es, desafortunadamente, episodio emblemático de buena parte de los males de los años recientes; errores que ocurren como siempre, se desatienden como nunca, y crecen hasta generar crisis que pone, en el centro de atención, la figura presidencial que, sin barreras de contención, ni medidas que permitan protegerlo, se desgasta cada día, para perjuicio de él y de sus seres queridos pero, más lamentablemente, de la institución que encarna y que millones de personas que votaron por él, le depositaron en confianza.

Siendo enorme el daño que ya se ha causado, cada minuto que pasa crece, y el desasosiego no pasa, se adhiere y se condensa con el de episodios anteriores y; sin embargo, todavía es mucho lo que se puede hacer por el bien de México si, se apelara y comprendiera, la razón de Estado.

@HuicocheaAlanis