/ sábado 4 de enero de 2020

La magia del cine: de nuevos gustos y viejas formas

Puede mostrarnos la realidad desde una óptica diferente para enseñarnos o concientizarnos sobre el mundo que hay allá afuera

El 2019 fue un año récords en recaudación para la industria del cine. De hecho al menos este año se rompieron seis marcas históricas, incluyendo el mejor año para el cine mexicano, con más de $1,600 millones de pesos (mdp) recaudados por películas nacionales estrenadas.

Hablemos de fantasías. El ser humano no puede vivir sin ellas, es como un mecanismo de defensa frente a la crudeza de la realidad y la incorporación de sueños y memorias que no hemos vivido en carne propia pero que nuestra imaginación requiere para comprender el mundo que nos rodea.

Desde sus inicios en la última década del siglo XIX en su natal Francia, ha fascinado a los seres humanos por las múltiples posibilidades que puede mostrar: no es solo ir a grabar la realidad, todo material audiovisual es una historia y un encuadre, un pizca de mundo desde una óptica específica.

Con el paso del tiempo y gracias a los avances tecnológicos y a la incorporación de nuestros discursos y formas de ver y entender el mundo, el arte cinematográfico se ha diversificado pero también ha caído en diversas crisis, provocadas por el sistema de consumo y mercantilismo. Hay que recordar que el cine, en las épocas oscuras de la Humanidad, ha servido como propaganda tanto de guerras como de ideologías, estimulando el reforzamiento de estereotipos o formas de pensar que han ejercido una influencia negativa al progreso humano. Pero también es una herramienta muy eficaz en otros sentidos.

El hombre primero pisó la luna en una película para luego volverlo realidad. Visibilizar una idea en formato audiovisual puede generar impensadas posibilidades para el futuro. Por lo tanto, el cine lo podemos entender como el instrumento perfecto para lograr animar a los seres humanos a soñar y convertir sus sueños en realidad (lema de “La Cenicienta” de Disney).


¿Que nos apasiona del cine?

Lo más importante del cine es que funciona como tres cosas: un escape de la realidad, un impulsor de ideas y un sistema de pensamiento. Hay cine para todos los gustos.

El primer punto, como escape de la realidad, es algo que se ha visto desde lo positivo y como crítica. Desde el entretenimiento, significa relajarnos y emocionarnos con lo que vemos en la pantalla para poder pasar un buen rato. Desde la crítica, podemos encontrar que las corrientes de izquierda afirman que el cine es un instrumento reproductor de la ideología capitalista, misma que mantiene pasivos a los consumidores para no cambiar las condiciones de vida precarias. Lo cierto es que el cine, más allá de las tecnologías y el internet, sigue siendo de acceso limitado.

Pero el cine también es un impulsor de ideas. Como mencione antes, desde que a George Melière se le ocurrió crear efectos especiales en la pantalla, el cine ha servido, como un medio de comunicación masivo, a inspirar a niños y adolescentes de todos los rincones del mundo a crear nuevas posibilidades. Por ejemplo: si se habla de superhéroes, muchos niños se han centrado en crear asociaciones o proyectos para mejorar el mundo.

Y así, podemos entender porque el implica un complejo sistema de pensamiento, lo que el crítico de cine Gilbert Cohen-Séat llamaría Iconosfera. Este término hace referencia a todo el universo imagístico que nace en el cine, es decir, la relación entre el sujeto y las imágenes, pero también de todo el ecosistema cultural que rodean a esas imágenes. Por consiguiente, el cine nos enseña cómo entender el mundo pero también como actuar frente a ciertas cuestiones como el amor, la guerra, la política y hasta las decisiones de vida.

¿Qué queremos los jóvenes?

No es noticia que las salas de cine cada vez están menos llenas y que las personas entre los 14 y los 28 años deciden cada vez más dejar de consumir cine tradicional. Pero, ¿qué es lo que ha orillado a los jóvenes a no acudir al cine? Son varias las respuestas y tienen que ver en gran medida con el contenido: la industria se ha estancado en un solo modelo de hacer cine y los discursos ya no apasionan a los consumidores.

Estudios de cadenas de cine comerciales han encontrado que los millennials somos la generación que más va al cine en comparación con otras, sin embargo, las llamadas películas “blockbuster” ya no funcionan, es decir, mega producciones suelen generar recaudación en las salas de cine pero por la expectativa de la propia película que por la calidad del contenido. Hay mucha repetición y poca originalidad (podemos encontrar fracasos con los remakes o live action como en el caso de Aladino, cinta que no recaudó lo esperado y no se colocó entre el gusto de los seguidores a pesar de contar con figuras como Will Smith).

Los jóvenes buscan ahora calidad en los contenidos. Esto significa que más allá de la espectacularidad de los efectos especiales sino hay incorporación de nuestras ideas como las nuevas tendencias de vida (comunidad LGBT+, entender al éxito como felicidad más que capacidad de consumo) o la incorporación de problemas mundiales (inclusión y xenofobia, cambio climático), es complejo que se pueda llamar la atención de un Millennial o Centennial como un consumidor corriente.

También es cierto que contenidos de baja calidad venden pero no por las razones que creemos. Comedias mexicanas de baja calidad no venden porque sean buenas sino porque refuerzan estilos de vida clasistas que culturalmente tenemos. Los superhéroes venden porque apelan a la nostalgia de las caricaturas de niños y las fantasías de que el mal se puede combatir con súper poderes. Las historias románticas siguen teniendo la misma base de Cenicienta y Blancanieves pero ahora no con princesas sino con ricos y pobres. Lo cierto es que estos contenidos aburren a un gran porcentaje.


La llamada cultura pop de la generación anterior no es la misma que ahora, los jóvenes buscamos que los contenidos sean diversificados, buscamos algo innovador, nuevas historias que nos reflejen para podernos identificar. Queremos nuevas formas de entender el mundo, el amor, los conflictos sociales. Las películas más exitosas como Joker o Frozen 2 nos dan un buen mensaje: el cine debe adaptarse pero esa adaptación solo se da incorporando elementos de todos orígenes y realidades diversas. Los jóvenes queremos experiencias de vida no mero entretenimiento.


Nuevas plataformas vs las salas tradicionales

Si bien es cierto que la industria de Hollywood está en crisis por su falta de originalidad en los contenidos, los millennials no han dejado de consumir material audiovisual sino que se han ido por plataformas como Netflix o Youtube. Estos dos sistemas de entretenimiento tienen características comunes: saben que su público es el joven, por lo que tienen producciones originales que responden a los gustos y tendencias de estas generaciones y han roto con las tradicionales formas de ver cine, incluyendo interacción con los usuarios o incorporando valores propios.

Y es que estas plataformas, así como otras tantas menos conocidas, no sólo han apostado por películas o documentales sino por un formato revolucionario: las miniseries. Estas, si bien pueden considerarse como un producto televisivo, en su producción tienen el formato cinematográfico y sirven no solo para alargar las historias sino para darles un sentido más amplio. El formato de miniserie también ha logrado incorporar nuevas historias que suelen ser tabú (una de mis favoritas es una miniserie documental que habla sobre el sexo en diferentes países) o personajes que son tan reales que son perfectos para identificarse.

Pero lo que también es cierto es que estas plataformas hacen más barato el consumo del cine: por una mensualidad que puedes compartir con amigos y familia, puedes tener acceso a cientos de contenidos diferentes, algunos exclusivos y otros populares pero siempre con la expectativa de nuevas incorporaciones.

Asimismo el acceso libre a internet es de suma importancia en esta ecuación pues hay muchas plataformas que suben cine independiente o producciones locales, como suelen ser las latinoamericanas, que no encuentran cabida en el mundo de la distribución del cine frente a las grandes multinacionales pero que funcionan para llegar más allá de las cinetecas locales. Para los amantes del cine, el poder acceder a contenidos de diversas partes del mundo con nuevos formatos es una gran posibilidad que el cine comercial y las salas tradicionales no nos permiten.


En conclusión, el cine enfrenta un gran reto ya que las tecnologías y los cambios de pensamiento generacional implican una transformación total en la producción y distribución del séptimo arte, mismo que merece incorporar no sólo nuevas ideas o tecnologías sino estilo impensados desde la industria para volver a encantar desde las fantasías más surreales o las realidades más fantasiosas.

El 2019 fue un año récords en recaudación para la industria del cine. De hecho al menos este año se rompieron seis marcas históricas, incluyendo el mejor año para el cine mexicano, con más de $1,600 millones de pesos (mdp) recaudados por películas nacionales estrenadas.

Hablemos de fantasías. El ser humano no puede vivir sin ellas, es como un mecanismo de defensa frente a la crudeza de la realidad y la incorporación de sueños y memorias que no hemos vivido en carne propia pero que nuestra imaginación requiere para comprender el mundo que nos rodea.

Desde sus inicios en la última década del siglo XIX en su natal Francia, ha fascinado a los seres humanos por las múltiples posibilidades que puede mostrar: no es solo ir a grabar la realidad, todo material audiovisual es una historia y un encuadre, un pizca de mundo desde una óptica específica.

Con el paso del tiempo y gracias a los avances tecnológicos y a la incorporación de nuestros discursos y formas de ver y entender el mundo, el arte cinematográfico se ha diversificado pero también ha caído en diversas crisis, provocadas por el sistema de consumo y mercantilismo. Hay que recordar que el cine, en las épocas oscuras de la Humanidad, ha servido como propaganda tanto de guerras como de ideologías, estimulando el reforzamiento de estereotipos o formas de pensar que han ejercido una influencia negativa al progreso humano. Pero también es una herramienta muy eficaz en otros sentidos.

El hombre primero pisó la luna en una película para luego volverlo realidad. Visibilizar una idea en formato audiovisual puede generar impensadas posibilidades para el futuro. Por lo tanto, el cine lo podemos entender como el instrumento perfecto para lograr animar a los seres humanos a soñar y convertir sus sueños en realidad (lema de “La Cenicienta” de Disney).


¿Que nos apasiona del cine?

Lo más importante del cine es que funciona como tres cosas: un escape de la realidad, un impulsor de ideas y un sistema de pensamiento. Hay cine para todos los gustos.

El primer punto, como escape de la realidad, es algo que se ha visto desde lo positivo y como crítica. Desde el entretenimiento, significa relajarnos y emocionarnos con lo que vemos en la pantalla para poder pasar un buen rato. Desde la crítica, podemos encontrar que las corrientes de izquierda afirman que el cine es un instrumento reproductor de la ideología capitalista, misma que mantiene pasivos a los consumidores para no cambiar las condiciones de vida precarias. Lo cierto es que el cine, más allá de las tecnologías y el internet, sigue siendo de acceso limitado.

Pero el cine también es un impulsor de ideas. Como mencione antes, desde que a George Melière se le ocurrió crear efectos especiales en la pantalla, el cine ha servido, como un medio de comunicación masivo, a inspirar a niños y adolescentes de todos los rincones del mundo a crear nuevas posibilidades. Por ejemplo: si se habla de superhéroes, muchos niños se han centrado en crear asociaciones o proyectos para mejorar el mundo.

Y así, podemos entender porque el implica un complejo sistema de pensamiento, lo que el crítico de cine Gilbert Cohen-Séat llamaría Iconosfera. Este término hace referencia a todo el universo imagístico que nace en el cine, es decir, la relación entre el sujeto y las imágenes, pero también de todo el ecosistema cultural que rodean a esas imágenes. Por consiguiente, el cine nos enseña cómo entender el mundo pero también como actuar frente a ciertas cuestiones como el amor, la guerra, la política y hasta las decisiones de vida.

¿Qué queremos los jóvenes?

No es noticia que las salas de cine cada vez están menos llenas y que las personas entre los 14 y los 28 años deciden cada vez más dejar de consumir cine tradicional. Pero, ¿qué es lo que ha orillado a los jóvenes a no acudir al cine? Son varias las respuestas y tienen que ver en gran medida con el contenido: la industria se ha estancado en un solo modelo de hacer cine y los discursos ya no apasionan a los consumidores.

Estudios de cadenas de cine comerciales han encontrado que los millennials somos la generación que más va al cine en comparación con otras, sin embargo, las llamadas películas “blockbuster” ya no funcionan, es decir, mega producciones suelen generar recaudación en las salas de cine pero por la expectativa de la propia película que por la calidad del contenido. Hay mucha repetición y poca originalidad (podemos encontrar fracasos con los remakes o live action como en el caso de Aladino, cinta que no recaudó lo esperado y no se colocó entre el gusto de los seguidores a pesar de contar con figuras como Will Smith).

Los jóvenes buscan ahora calidad en los contenidos. Esto significa que más allá de la espectacularidad de los efectos especiales sino hay incorporación de nuestras ideas como las nuevas tendencias de vida (comunidad LGBT+, entender al éxito como felicidad más que capacidad de consumo) o la incorporación de problemas mundiales (inclusión y xenofobia, cambio climático), es complejo que se pueda llamar la atención de un Millennial o Centennial como un consumidor corriente.

También es cierto que contenidos de baja calidad venden pero no por las razones que creemos. Comedias mexicanas de baja calidad no venden porque sean buenas sino porque refuerzan estilos de vida clasistas que culturalmente tenemos. Los superhéroes venden porque apelan a la nostalgia de las caricaturas de niños y las fantasías de que el mal se puede combatir con súper poderes. Las historias románticas siguen teniendo la misma base de Cenicienta y Blancanieves pero ahora no con princesas sino con ricos y pobres. Lo cierto es que estos contenidos aburren a un gran porcentaje.


La llamada cultura pop de la generación anterior no es la misma que ahora, los jóvenes buscamos que los contenidos sean diversificados, buscamos algo innovador, nuevas historias que nos reflejen para podernos identificar. Queremos nuevas formas de entender el mundo, el amor, los conflictos sociales. Las películas más exitosas como Joker o Frozen 2 nos dan un buen mensaje: el cine debe adaptarse pero esa adaptación solo se da incorporando elementos de todos orígenes y realidades diversas. Los jóvenes queremos experiencias de vida no mero entretenimiento.


Nuevas plataformas vs las salas tradicionales

Si bien es cierto que la industria de Hollywood está en crisis por su falta de originalidad en los contenidos, los millennials no han dejado de consumir material audiovisual sino que se han ido por plataformas como Netflix o Youtube. Estos dos sistemas de entretenimiento tienen características comunes: saben que su público es el joven, por lo que tienen producciones originales que responden a los gustos y tendencias de estas generaciones y han roto con las tradicionales formas de ver cine, incluyendo interacción con los usuarios o incorporando valores propios.

Y es que estas plataformas, así como otras tantas menos conocidas, no sólo han apostado por películas o documentales sino por un formato revolucionario: las miniseries. Estas, si bien pueden considerarse como un producto televisivo, en su producción tienen el formato cinematográfico y sirven no solo para alargar las historias sino para darles un sentido más amplio. El formato de miniserie también ha logrado incorporar nuevas historias que suelen ser tabú (una de mis favoritas es una miniserie documental que habla sobre el sexo en diferentes países) o personajes que son tan reales que son perfectos para identificarse.

Pero lo que también es cierto es que estas plataformas hacen más barato el consumo del cine: por una mensualidad que puedes compartir con amigos y familia, puedes tener acceso a cientos de contenidos diferentes, algunos exclusivos y otros populares pero siempre con la expectativa de nuevas incorporaciones.

Asimismo el acceso libre a internet es de suma importancia en esta ecuación pues hay muchas plataformas que suben cine independiente o producciones locales, como suelen ser las latinoamericanas, que no encuentran cabida en el mundo de la distribución del cine frente a las grandes multinacionales pero que funcionan para llegar más allá de las cinetecas locales. Para los amantes del cine, el poder acceder a contenidos de diversas partes del mundo con nuevos formatos es una gran posibilidad que el cine comercial y las salas tradicionales no nos permiten.


En conclusión, el cine enfrenta un gran reto ya que las tecnologías y los cambios de pensamiento generacional implican una transformación total en la producción y distribución del séptimo arte, mismo que merece incorporar no sólo nuevas ideas o tecnologías sino estilo impensados desde la industria para volver a encantar desde las fantasías más surreales o las realidades más fantasiosas.

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