/ martes 15 de septiembre de 2020

El Grito presidencial, leyenda y polémica

A lo largo de la historia los presidentes han cambiado el discurso de acuerdo al momento histórico

Banderas, rehiletes, matracas, huevos de harina y caras pintadas. El relajo como la liturgia nacional por excelencia. Así festejan los mexicanos su Independencia desde hace más de 200 años, aunque fue después de la dictadura de Porfirio Díaz que el Grito de Independencia se consolidó como la gran fiesta nacional que sucede entre ríos de tequila y mariachis.

Ningún presidente ha querido quedarse fuera de la celebración popular más arraigada del país, incluso por encima de la Virgen de Guadalupe. Sólo una vez se canceló el Grito y fue en 1847 a causa de la invasión estadounidense, con Antonio López de Santa Anna en la silla presidencial. La bandera norteamericana ondeaba en Palacio Nacional y las tropas mexicanas —ya bastante disminuidas— dieron una arenga simbólica a las afueras de Toluca. Meses después, México perdería la mitad de su territorio y Guillermo Prieto aseguraría que fue el 15 de septiembre más triste de la historia nacional.

Toda esta carga histórica ha hecho que el Grito de Independencia sea tomado, también, como un acto político de parte de quien viste la banda presidencial.

“Es una ceremonia de gran simbolismo. Cada presidente le ha dado un toque especial según sus intereses políticos. De algún modo, refleja las preocupaciones y circunstancias del momento en que sucede”, asegura en entrevista, Héctor Zagal, filósofo y divulgador de la historia de la Universidad Panamericana.

Es 1976. El presidente Luis Echeverría habla por doquier de la necesidad de ayudar a los países más pobres. No es un secreto para nadie que el mandatario quiere quedar bien con la ONU. Entonces, el 15 de septiembre de ese año, grita: “¡Vivan los pueblos del tercer mundo!”. Casualmente, recuerda Zagal, entre los asistentes a la ceremonia están Kurt Waldheim, secretario general de la ONU, y los presidentes de Gabón, de Gambia y el vicepresidente de Irak.

En 1979, Daniel Cosío Villegas describió a Echeverría como un caso irremediable de locuacidad, egolatría y monomanía: “Cree que su voz será escuchada y atendida por todos los mexicanos, desde luego, pero también por los grandes monarcas y los poderosos jefes del universo”. Sus sueños eran un poco más que guajiros. Quería solucionar el conflicto entre árabes e israelíes, liderar a los países del tercer mundo, dictar una Carta de Deberes y Derechos Económicos de los Estados y, por qué no, ganar el Premio Nobel de la Paz compitiendo ni más ni menos que con la Madre Teresa de Calcuta.

Echeverría, claramente, no logró ninguno de esos objetivos, aunque no se quedó con las ganas de dar un Grito diferente.

Para 1980, cuando la Segunda Ola del Feminismo estaba a tope en Estados Unidos y 22 países enmendaban sus constituciones para concretar la igualdad de género, al presidente José López Portillo se le ocurrió algo: reconocer por primera vez a una mujer en el Grito de Independencia. Y tal cual como venía en los libros de texto de los niños mexicanos, extrajo el nombre de Josefa Ortiz de Domínguez y lo gritó al unísono.

Meses después, los precios del petróleo caerían drásticamente y una crisis afectaría la economía familiar de los mismos mexicanos que lo escucharon decir, entre lágrimas y frente a un Congreso lleno de priistas, que defendería al peso como un perro.

Pero ese no fue el único cambio que hizo López Portillo al Grito, asegura Zagal. El 15 de septiembre de 1981, en Dolores, hace otra variación y exclama: “¡Viva nuestra soberanía que nos da autodeterminación!”.

“Y si nos vamos más atrás veremos que el 15 de septiembre de 1942 con México en guerra contra los países del Eje en la Segunda Guerra Mundial, el presidente Ávila Camacho da el Grito de seis expresidentes de la República: Portes Gil, Ortiz Rubio, Abelardo Rodríguez, Elías Calles, Adolfo de la Huerta y Lázaro Cárdenas. Ávila Camacho añade, además, ‘¡Viva la Revolución’!”, asegura.

Ahora vamos a 1968. Gustavo Díaz Ordaz quiere dar el mejor Grito de su sexenio porque México está a punto de organizar sus primeros Juegos Olímpicos, la primera gran ventana al resto del mundo. Sin embargo, la sociedad está más enfocada en las protestas estudiantiles que, semanas después, el gobierno reprimiría con tanques y grupos paramilitares.

Un año después de la Masacre de Tlatelolco, Díaz Ordaz ya no da el Grito en el Zócalo, sino en Dolores. Allá, en Guanajuato, muy lejos de la sangre derramada sobre las ruinas prehispánicas, grita: “¡Viva la concordia entre los mexicanos!”.

“El Grito, como podemos ver, ha evolucionado de acuerdo a las circunstancias políticas del país. Por ejemplo, en el último grito que dio Salinas de Gortari, ya con la rebelión del EZLN, exclamó ¡Viva Zapata!", observa el investigador.

También ha habido actos arbitrarios en la ceremonia. Dedazos, como se conocería después en el argot priista. Tradicionalmente, antes del Porfiriato, el Grito se celebraba el 16 de septiembre, pero como Porfirio Díaz cumplía años el 15, se le ocurrió que era buena idea adelantar unas horas la gran fiesta nacional.

“Porfirio Díaz cumplía años el 15 de septiembre, y por ese motivo dio en esa fecha, durante su larga presidencia, una gran recepción nocturna en el Palacio Nacional a la aristocracia y gente bien (a la que todavía no le daba por ser de izquierda), cuerpo diplomático, alto clero y ministros. Abajo, en el Zócalo, se organizaba una verbena popular con muchos cohetes y tacos para que también el pueblo bueno celebrara el cumpleaños de su presidente vitalicio”, señala Luis González de Alba en su ensayo “Mentiras de la Independencia” (2010), publicado en la revista Nexos.

Las dudas sobre la autenticidad del Grito de Independencia han sido expuestas por muchos historiadores, desde Daniel Cosío Villegas hasta el mismo Luis González de Alba, quien es incisivo en su versión de los hechos: “Casi todos sabemos que el sábado 15 de septiembre de 1810, a las 11 de la noche, no ocurrió nada, absolutamente nada. El virreinato durmió tranquilamente y en su mayor parte tuvo un plácido domingo 16. Los únicos nerviosos fueron los conjurados de Querétaro. Pero el cura de Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla, no tañó la campana ni llamó ‘a coger gachupines’ a las estrafalarias 11 de la noche. Don Miguel, sensatamente, llamó a misa de siete o de ocho porque era domingo y muchos rancheros llegaban de las cercanías para cumplir el mandamiento de oír misa, y de paso ir al mercado, comprar y vender. Una vez con el atrio lleno, el cura les pidió que fueran por palos, machetes y lo que hallaren. Así comenzó una revuelta que duró apenas 10 meses y que no se extendió más allá del pequeño triángulo que forman Querétaro, Guadalajara y las cercanías de la Ciudad de México. Mal, muy mal comienza un país que falsea su acta de nacimiento misma. ¿De dónde sacamos, entonces, esa fiesta nacional, la más importante de México?”.

Hoy, el presidente Andrés Manuel López Obrador dará su segundo Grito de Independencia. ¿Gritará de nuevo “¡Vivan los héroes anónimos!” en medio de una pandemia que se ha cobrado la vida de más de 70 mil mexicanos ante un sistema de salud que no ha podido proteger a su personal médico? ¿Gritará otra vez “¡Viva Leona Vicario!” luego de que Beatriz Gutiérrez Müller utilizara la figura de la dama independentista para justificar el videoescándalo del hermano de AMLO?





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Ningún presidente ha querido quedarse fuera de la celebración popular más arraigada del país, incluso por encima de la Virgen de Guadalupe. Sólo una vez se canceló el Grito y fue en 1847 a causa de la invasión estadounidense, con Antonio López de Santa Anna en la silla presidencial. La bandera norteamericana ondeaba en Palacio Nacional y las tropas mexicanas —ya bastante disminuidas— dieron una arenga simbólica a las afueras de Toluca. Meses después, México perdería la mitad de su territorio y Guillermo Prieto aseguraría que fue el 15 de septiembre más triste de la historia nacional.

Toda esta carga histórica ha hecho que el Grito de Independencia sea tomado, también, como un acto político de parte de quien viste la banda presidencial.

“Es una ceremonia de gran simbolismo. Cada presidente le ha dado un toque especial según sus intereses políticos. De algún modo, refleja las preocupaciones y circunstancias del momento en que sucede”, asegura en entrevista, Héctor Zagal, filósofo y divulgador de la historia de la Universidad Panamericana.

Es 1976. El presidente Luis Echeverría habla por doquier de la necesidad de ayudar a los países más pobres. No es un secreto para nadie que el mandatario quiere quedar bien con la ONU. Entonces, el 15 de septiembre de ese año, grita: “¡Vivan los pueblos del tercer mundo!”. Casualmente, recuerda Zagal, entre los asistentes a la ceremonia están Kurt Waldheim, secretario general de la ONU, y los presidentes de Gabón, de Gambia y el vicepresidente de Irak.

En 1979, Daniel Cosío Villegas describió a Echeverría como un caso irremediable de locuacidad, egolatría y monomanía: “Cree que su voz será escuchada y atendida por todos los mexicanos, desde luego, pero también por los grandes monarcas y los poderosos jefes del universo”. Sus sueños eran un poco más que guajiros. Quería solucionar el conflicto entre árabes e israelíes, liderar a los países del tercer mundo, dictar una Carta de Deberes y Derechos Económicos de los Estados y, por qué no, ganar el Premio Nobel de la Paz compitiendo ni más ni menos que con la Madre Teresa de Calcuta.

Echeverría, claramente, no logró ninguno de esos objetivos, aunque no se quedó con las ganas de dar un Grito diferente.

Para 1980, cuando la Segunda Ola del Feminismo estaba a tope en Estados Unidos y 22 países enmendaban sus constituciones para concretar la igualdad de género, al presidente José López Portillo se le ocurrió algo: reconocer por primera vez a una mujer en el Grito de Independencia. Y tal cual como venía en los libros de texto de los niños mexicanos, extrajo el nombre de Josefa Ortiz de Domínguez y lo gritó al unísono.

Meses después, los precios del petróleo caerían drásticamente y una crisis afectaría la economía familiar de los mismos mexicanos que lo escucharon decir, entre lágrimas y frente a un Congreso lleno de priistas, que defendería al peso como un perro.

Pero ese no fue el único cambio que hizo López Portillo al Grito, asegura Zagal. El 15 de septiembre de 1981, en Dolores, hace otra variación y exclama: “¡Viva nuestra soberanía que nos da autodeterminación!”.

“Y si nos vamos más atrás veremos que el 15 de septiembre de 1942 con México en guerra contra los países del Eje en la Segunda Guerra Mundial, el presidente Ávila Camacho da el Grito de seis expresidentes de la República: Portes Gil, Ortiz Rubio, Abelardo Rodríguez, Elías Calles, Adolfo de la Huerta y Lázaro Cárdenas. Ávila Camacho añade, además, ‘¡Viva la Revolución’!”, asegura.

Ahora vamos a 1968. Gustavo Díaz Ordaz quiere dar el mejor Grito de su sexenio porque México está a punto de organizar sus primeros Juegos Olímpicos, la primera gran ventana al resto del mundo. Sin embargo, la sociedad está más enfocada en las protestas estudiantiles que, semanas después, el gobierno reprimiría con tanques y grupos paramilitares.

Un año después de la Masacre de Tlatelolco, Díaz Ordaz ya no da el Grito en el Zócalo, sino en Dolores. Allá, en Guanajuato, muy lejos de la sangre derramada sobre las ruinas prehispánicas, grita: “¡Viva la concordia entre los mexicanos!”.

“El Grito, como podemos ver, ha evolucionado de acuerdo a las circunstancias políticas del país. Por ejemplo, en el último grito que dio Salinas de Gortari, ya con la rebelión del EZLN, exclamó ¡Viva Zapata!", observa el investigador.

También ha habido actos arbitrarios en la ceremonia. Dedazos, como se conocería después en el argot priista. Tradicionalmente, antes del Porfiriato, el Grito se celebraba el 16 de septiembre, pero como Porfirio Díaz cumplía años el 15, se le ocurrió que era buena idea adelantar unas horas la gran fiesta nacional.

“Porfirio Díaz cumplía años el 15 de septiembre, y por ese motivo dio en esa fecha, durante su larga presidencia, una gran recepción nocturna en el Palacio Nacional a la aristocracia y gente bien (a la que todavía no le daba por ser de izquierda), cuerpo diplomático, alto clero y ministros. Abajo, en el Zócalo, se organizaba una verbena popular con muchos cohetes y tacos para que también el pueblo bueno celebrara el cumpleaños de su presidente vitalicio”, señala Luis González de Alba en su ensayo “Mentiras de la Independencia” (2010), publicado en la revista Nexos.

Las dudas sobre la autenticidad del Grito de Independencia han sido expuestas por muchos historiadores, desde Daniel Cosío Villegas hasta el mismo Luis González de Alba, quien es incisivo en su versión de los hechos: “Casi todos sabemos que el sábado 15 de septiembre de 1810, a las 11 de la noche, no ocurrió nada, absolutamente nada. El virreinato durmió tranquilamente y en su mayor parte tuvo un plácido domingo 16. Los únicos nerviosos fueron los conjurados de Querétaro. Pero el cura de Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla, no tañó la campana ni llamó ‘a coger gachupines’ a las estrafalarias 11 de la noche. Don Miguel, sensatamente, llamó a misa de siete o de ocho porque era domingo y muchos rancheros llegaban de las cercanías para cumplir el mandamiento de oír misa, y de paso ir al mercado, comprar y vender. Una vez con el atrio lleno, el cura les pidió que fueran por palos, machetes y lo que hallaren. Así comenzó una revuelta que duró apenas 10 meses y que no se extendió más allá del pequeño triángulo que forman Querétaro, Guadalajara y las cercanías de la Ciudad de México. Mal, muy mal comienza un país que falsea su acta de nacimiento misma. ¿De dónde sacamos, entonces, esa fiesta nacional, la más importante de México?”.

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