/ lunes 10 de febrero de 2020

Diana, una joven asesinada en 2017 en Chimalhuacán

Lidia, su madre, lleva más de dos años buscando justicia


Cuando fue agredida, Diana Velázquez Guerrero, de 24 años, caminaba sola por la calle Francisco I. Madero en la colonia Santa Ana, rumbo al hospital 90 Camas de Chimalhuacán.

—A mi hija me la agredieron sexualmente y tiraron su cuerpo en la calle, detalla Lidia. Era de madrugada, como a las 5:30 de la mañana cuando levantaron su cuerpo, dice al recordar las imágenes del cadáver que miró en la morgue.

Se adelantó a su mamá para alcanzar una de las 50 fichas de consulta que ese día entregarían.

—Ella salió a las dos de la mañana de la casa. Íbamos a renovar el Seguro Popular, nos dijeron que nos fuéramos temprano, recuerda.

—Me dijo: yo te despierto, yo creo que vio el reloj y vio que eran las dos, y me despertó. Mamá, ya vámonos. Pero yo la vi y le dije: cómo crees que así vamos a salir?, hace mucho frío, cómo vas a subirte a la bicicleta?

Diana usaba una bici casi a diario, era su medio de transporte, pero no en las madrugadas.

—Yo no pienso cambiarme, y me metí a mi cuarto.

Esa fue la discusión que tuvieron madre e hija esa madrugada del mes de julio.

—No pensé que saliera así, pero si se fue. No oí. Me dijo Laura, mi hija más más chica: Ma, se salió. Entonces me levanté y me asomé a la puerta, luego marqué a su celular y tardó en contestar. Sólo sonaba.

Lo último que escuchó Lidia del otro lado de la bocina es: "Ya voy". En las siguientes marcaciones, el aparato sonó apagado.

—Temprano, entre siete y ocho, fuimos a la Procuraduría, a hacer una denuncia por su desaparición. Pero las autoridades lo primero que nos dicen, es que tenía muy poco tiempo, que debíamos esperar las setenta y dos horas.

Hasta las ocho de la mañana, cuando entró a la oficina y el ministerial le respondía que esperara, Lidia no sabía que el cuerpo de su hija, ya estaba en la morgue a unos metros de la oficina en la cual levantaba la denuncia.

Los peritos tenían un par de horas que habían regresado de levantar el cadáver de Diana.

—En su ineptitud nunca supieron que nosotros ya la estábamos buscando, reprocha Lidia.

Aquel 2 de julio de 2017, los primeros respondientes que levantaron el cuerpo de Diana, la confundieron con un hombre. Un absurdo, dice ahora Lidia, pues es imposible que un perito no distinga entre las facciones naturales de una mujer y un varón.

—Eso provocó que no se hiciera la investigación por muerte con violencia, no le hicieron estudios y perdieron su ropa.

La ropa de Diana, nunca la encontró.

—Hemos preguntando dónde quedó su ropa, en la funeraria nos dijeron que la pusieron en su ataúd, dice la activista.

ACTIVISMO

Lidia acudió a Toluca el miércoles para sumarse a la campaña denominada "Contra la Impunidad y el Olvido". El proyecto consiste en colocar memoriales en los lugares de hallazgo de mujeres víctimas de feminicidio.

Diana, es una de las 35 historias que ya están en la lista, comenta. A mitad de la avenida Lerdo, frente al palacio de Gobierno, la mujer sostiene solitaria una manta con la foto de su hija.

El pedazo de tela en algodón ya luce desgastado, al igual que el rostro y los ojos de Lidia, por el andar de activismo de dos años.

Allí, en la plaza, Lidia explica que la sábana de llamadas no ha dado ninguna pista.

—No hay un detenido ni un responsable, repite sollozante.

El 7 de julio del año pasado la Fiscalía giró una ficha de recompensa por 300 mil pesos a quien otorgue datos al caso. Pero ni eso ha servido.

Dianita, como le dice Lidia a su hija, a diario salía al mercado de Santa Ana a vender dulces. Siempre usaba una bici y tenía deseos de terminar su prepa.

—Primero es Jairo, luego era Dianita y después Laura, enlista.

"Vendía dulces, se metía por los locales del centro de Chimalhuacán por horas y llegaba bien contenta. Me decía: ¡mamá, voy a terminar mi preparatoria!, me está yendo bien y me voy a comprar mi computadora".

Había un ángel en el rostro de Diana que alumbraba el hogar de Lidia. Se le mira en los ojos a la joven de 24 años, que viven en el pedazo de manta desgastada que su madre lleva a todas las marchas.

—¿Qué gustos tenía? —Le gustaba mucho leer, me contesta Lidia y sonríe un poco.

—Nos íbamos al tianguis con su bicicleta y se compraba libros usados. En la casa hay algunos libros, yo los guardo.

—¿Son un recuerdo? Le digo y Lidia contesta que sí, —ahí están, vuelve a sonreír otro poco.

Lidia permanece en la plaza de Los Mártires, detrás de Lorena Gutiérrez, mamá de Fátima. Este miércoles 5 de febrero le tocó a ella para poner su placa. Diana debe aguardar aún.

"Soy mamá de Diana Velázquez Guerrero, asesinada en Chimalhuacán y en espera de justicia. Gracias", repite Lidia ante las grabadoras de reporteros antes de alejarse a un rincón.


Cuando fue agredida, Diana Velázquez Guerrero, de 24 años, caminaba sola por la calle Francisco I. Madero en la colonia Santa Ana, rumbo al hospital 90 Camas de Chimalhuacán.

—A mi hija me la agredieron sexualmente y tiraron su cuerpo en la calle, detalla Lidia. Era de madrugada, como a las 5:30 de la mañana cuando levantaron su cuerpo, dice al recordar las imágenes del cadáver que miró en la morgue.

Se adelantó a su mamá para alcanzar una de las 50 fichas de consulta que ese día entregarían.

—Ella salió a las dos de la mañana de la casa. Íbamos a renovar el Seguro Popular, nos dijeron que nos fuéramos temprano, recuerda.

—Me dijo: yo te despierto, yo creo que vio el reloj y vio que eran las dos, y me despertó. Mamá, ya vámonos. Pero yo la vi y le dije: cómo crees que así vamos a salir?, hace mucho frío, cómo vas a subirte a la bicicleta?

Diana usaba una bici casi a diario, era su medio de transporte, pero no en las madrugadas.

—Yo no pienso cambiarme, y me metí a mi cuarto.

Esa fue la discusión que tuvieron madre e hija esa madrugada del mes de julio.

—No pensé que saliera así, pero si se fue. No oí. Me dijo Laura, mi hija más más chica: Ma, se salió. Entonces me levanté y me asomé a la puerta, luego marqué a su celular y tardó en contestar. Sólo sonaba.

Lo último que escuchó Lidia del otro lado de la bocina es: "Ya voy". En las siguientes marcaciones, el aparato sonó apagado.

—Temprano, entre siete y ocho, fuimos a la Procuraduría, a hacer una denuncia por su desaparición. Pero las autoridades lo primero que nos dicen, es que tenía muy poco tiempo, que debíamos esperar las setenta y dos horas.

Hasta las ocho de la mañana, cuando entró a la oficina y el ministerial le respondía que esperara, Lidia no sabía que el cuerpo de su hija, ya estaba en la morgue a unos metros de la oficina en la cual levantaba la denuncia.

Los peritos tenían un par de horas que habían regresado de levantar el cadáver de Diana.

—En su ineptitud nunca supieron que nosotros ya la estábamos buscando, reprocha Lidia.

Aquel 2 de julio de 2017, los primeros respondientes que levantaron el cuerpo de Diana, la confundieron con un hombre. Un absurdo, dice ahora Lidia, pues es imposible que un perito no distinga entre las facciones naturales de una mujer y un varón.

—Eso provocó que no se hiciera la investigación por muerte con violencia, no le hicieron estudios y perdieron su ropa.

La ropa de Diana, nunca la encontró.

—Hemos preguntando dónde quedó su ropa, en la funeraria nos dijeron que la pusieron en su ataúd, dice la activista.

ACTIVISMO

Lidia acudió a Toluca el miércoles para sumarse a la campaña denominada "Contra la Impunidad y el Olvido". El proyecto consiste en colocar memoriales en los lugares de hallazgo de mujeres víctimas de feminicidio.

Diana, es una de las 35 historias que ya están en la lista, comenta. A mitad de la avenida Lerdo, frente al palacio de Gobierno, la mujer sostiene solitaria una manta con la foto de su hija.

El pedazo de tela en algodón ya luce desgastado, al igual que el rostro y los ojos de Lidia, por el andar de activismo de dos años.

Allí, en la plaza, Lidia explica que la sábana de llamadas no ha dado ninguna pista.

—No hay un detenido ni un responsable, repite sollozante.

El 7 de julio del año pasado la Fiscalía giró una ficha de recompensa por 300 mil pesos a quien otorgue datos al caso. Pero ni eso ha servido.

Dianita, como le dice Lidia a su hija, a diario salía al mercado de Santa Ana a vender dulces. Siempre usaba una bici y tenía deseos de terminar su prepa.

—Primero es Jairo, luego era Dianita y después Laura, enlista.

"Vendía dulces, se metía por los locales del centro de Chimalhuacán por horas y llegaba bien contenta. Me decía: ¡mamá, voy a terminar mi preparatoria!, me está yendo bien y me voy a comprar mi computadora".

Había un ángel en el rostro de Diana que alumbraba el hogar de Lidia. Se le mira en los ojos a la joven de 24 años, que viven en el pedazo de manta desgastada que su madre lleva a todas las marchas.

—¿Qué gustos tenía? —Le gustaba mucho leer, me contesta Lidia y sonríe un poco.

—Nos íbamos al tianguis con su bicicleta y se compraba libros usados. En la casa hay algunos libros, yo los guardo.

—¿Son un recuerdo? Le digo y Lidia contesta que sí, —ahí están, vuelve a sonreír otro poco.

Lidia permanece en la plaza de Los Mártires, detrás de Lorena Gutiérrez, mamá de Fátima. Este miércoles 5 de febrero le tocó a ella para poner su placa. Diana debe aguardar aún.

"Soy mamá de Diana Velázquez Guerrero, asesinada en Chimalhuacán y en espera de justicia. Gracias", repite Lidia ante las grabadoras de reporteros antes de alejarse a un rincón.

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