/ viernes 15 de mayo de 2020

Maricruz: la profesora del monte

Desde una escuela del Conafe, Mari encontró su instinto por la vocación de docente


Cuando Maricruz se hizo docente voluntaria sus herramientas eran un par de rotafolios, crayones y un cuartito de madera. El primer saloncito lo levantaron los padres de sus alumnos después de 15 días de iniciar el ciclo en 2018.

Pese a esta situación Maricruz no cayó en desanimo, quizás porque sabe que las figuras educativas del Conafe, trabajan bajo circunstancias de ese tipo y, algunos de sus compañeros, en peores.

Actualmente tiene 28 años y hace seis se tituló como licenciada en Administración de Empresas, pero ahora ejerce la docencia y no su profesión pues, cuando habla de lo que le llevó a ese camino, dice que desde niña hubo un instinto por las aulas.

Mis hermanos me decían la maestra sin papeles.

CASA DEL MONTE

Jarillas es una comunidad marginada del municipio de Calimaya en el Estado de México, entre el poblado de Zaragoza y montes rasurados por la acción agrícola.

Es un pedazo de tierra que se parte a la mitad por una barranca honda y que se llena con el agua de lluvia. Hay excavaciones que van dejando isletas por encima de la superficie a causa de la sustracción de tepojal en las antiguas minas cercanas.

Mari creció allí. Y caminó a diario las terracerías para bajar a la escuela de Zaragoza desde que tenía los seis de edad. Después de unos 23 años, los niños de Jarillas ya no caminan tanto, porque Maricruz y otros dos voluntarios dirigen el preescolar y secundaria de esa comunidad.


Antes de eso hubo una casa más allá del monte que le llega a la memoria. Es la propiedad de su madre, donde pasó la infancia y donde incluso el agua se debía subir con garrafas montadas en caballo, tal y como lo hacía la madre de Maricruz. El recorrido diario para la docente, era de una hora para asistir a la primaria

Era bajar y subir todos los días, hasta hoy se debe caminar.

CUARTITO DE MADERA

Desde 2018 a la fecha, la escuela en la que atiende Maricruz Estrada Piña no ha cambiado en mucho, solo pasó de un cuartito de madera a otro levantado con tabique sobrepuesto.

Su escuelita del Conafe es hogareña. Describirla como pequeña o estrecha, sería fallar en las medidas. Dice Mari que el espacio de dos salones y una biblioteca, no se le hacía tan diminuto cuando se mudaron, pero claro, no había mesabancos, sillas y los guacales que forman ahora la biblioteca del preescolar.

"La escuela se llama Miguel Hidalgo, tiene su registro como todas", comenta Mari en una visita que hacemos al plantel ubicado a la orilla de un zocavon enorme que dejó una antigua mina de tepojal.

En los 67 municipios mexiquenses donde atiende el Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), las condiciones son similares al preescolar de Jarillas. Los jóvenes como Mari prestan servicio educativo en planteles ingeniados por los padres de familia y ellos, en todos sin acceso a internet, ni otra tecnología.

Mari lleva dos ciclos escolares como figura educativa en su propia comunidad, y es que el Conafe, en su metodología de trabajo, trata de canalizar a los jóvenes a regiones a las que sean más adaptables por su cultura y conocimiento de ubicación geográfica. Eso ha funcionado en más de 40 años con becarios como Maricruz.

Aquí yo soy la que gestiono para construir la escuela, que nos donen sillas, hasta platos he conseguido.

Para llegar a su escuela se debe cruzar el patio de una casa y un camino de terracería. Los cuartos prestados por un vecino de Jarillas están enmallados y se amarran a una reja de madera que Maricruz y sus compañeros pintaron. Por el momento su plantel luce vacío debido al Covid-19 el cual ocasionó el cierre de todas las escuelas del país.

Sobre el patio han quedado algunos mesabancos de madera que se tuestan con el sol. "Esos fueron los primeros que nos donaron", indica María. "Y con aquellos hicimos mesas", señala al referirse a otros mesabancos arrumbados en la azotea de los cuartos en obra negra.

En México se le dice obra negra a las viviendas que aún tienen habitaciones desvestidas de los repellados de cemento, como la escuela de Jarillas. Aún así, con sus puertas de tablas y paredes con tabiques sobrepuestos, el preescolar le quedó hogareño a Maricruz y los padres.

Ella presume su obra como si se tratara del palacio más reluciente. "Este es el pase de lista, le digo de autocontrol", explica. De forma ingeniosa Maricruz usa las figuras en papel de una abeja para indicar puntualidad, un reloj, para los retrasos y una casa, para definir que el alumno no asistió.

"Lo que hago es que ellos escogen su figura y de forma honesta deben decir cuál le corresponde", define la instructora. Como esa técnica pedagógica, en su aula tiene otras más, con ello sustituye la carencia de tecnología.

Todo lo que está pegado en el pizarrón y las paredes, lo hicimos a mano.

Son dos cuartos que funcionan como aulas, uno para el preescolar para atender a 12 alumnos y otro para el servicio de secundaria comunitaria, con cuatro alumnos. Mari revela que el siguiente ciclo escolar buscará inscribirse en ese programa, por razones que más adelante explica.

DE VISITA

Una vez por semana cada alumno tiene una hora para las asesorías personales que les otorga Maricruz. En tiempos de Covid-19 la Secretaría de Educación instruyó que el aprendizaje sea a distancia, pero no en Jarillas. Mari realiza visitas a los hogares de sus pequeños escolapios para que no se resaguen.

"Sabemos que estamos en contingencia por lo del virus, pero aquí es distinto", argumenta la docente del Conafe. En Jarillas el virus solo se mira por la televisión, porque en un pueblo de menos de 700 habitantes, están acostumbrados a la vida colectiva, a darse los buenos días al abrir la puerta para barrer, a saludarse de mano, juntarse para la misa de jueves y el rosario de las tardes, a olfatearse y respirarse.

Por eso en Jarillas no es cuestionable el no portar cubrebocas, porque otros factores aún más fuertes que el Covid-19, como el hambre y la poca esperanza de vivir más allá de los caminos de terracería, se han prolongado como sequías.

Llegamos a la casa de Yolanda Salas, madre de Alizée, una de las alumnas de María. Su domicilio está en un bordo, donde se levantó aún más la casita de una habitación, un baño y una cocina hecha con cartón y tablas de pino. Frente a la casa, Mari y su alumna se acomodaron sobre un montículo de piedra para revisar libretas y repasar los campos formativos.

En la identificación de cantidades Ali cuenta con los dedos de sus manos. Sorprendente identifica la mayoría de las cantidades que Mari le señala: "son tres, cuatro, menos cero, no vale el cero", contesta la pequeña de seis años.

En la metodología de aprendizaje del Conafe (lecto-escritura), los alumnos de preescolar llegan al grado de primaria con pensamiento reflexivo y sabiendo leer y escribir números y palabras.

En la parte posterior del cuaderno Mari le anota los números del 1 al 10 a sus alumnos para guiarlos. También usa técnicas como relacionar formas de animales con figuras geométricas para desarrollar el pensamiento matemático o, hacerlos reflexionar sobre su entorno con un refrán, y que tiene que ver con el campo del Lenguaje y la Comunicación.

La atención personalizada funciona. Alizée y otros pequeños han podido avanzar más que en otros sistemas educativos, dice Maricruz.

SALARIO

"Estoy viendo si hago la maestría", susurra más tarde María para asimilar su futuro en los siguientes años. Aunque la experiencia del Conafe ha sido bondadosa, quiere otras oportunidades.

Una figura educativa como ella, egresada de la UAEM, se sostiene con 3 mil 700 pesos mensuales que le otorga Conafe por sus servicios, y después de dos años, en actividades, se gana una beca por 60 meses. Para aprovecharla quiere estudiar una especialidad en pedagogía y continuar como docente. Por el momento solo es un plan.

"No quiero dejar a mis niños, deja que crezcan más", reflexiona. Mari dejó un empleo con buen sueldo en una empresa de transporte de carga para atender a sus dos pequeños.

El DON DE DAR

Le pregunto a Mari por qué cambiar de carrera, y dice de forma clara, que es por la intención de ayudar. Sí, ayudar a Ali y otros pequeños en comunidades empolvadas por terracerías como Jarillas.

Todos los niños son especiales, solo que hay unos con situaciones especiales en sus casas.

Cuando los tiempos de Covid-19 lleguen a su fin pretende pedir el cambio a secundaria, para evitar que el programa cierre. "Quiero que los niños tengan opciones", dice María con cierto anhelo. Se mira en sus ojos un tono distinto al de otros docentes.

Pareciera que hay un don en ella. Sí, de esos que son escasos en comunidades como Jarillas. "Si Conafe me lo permite, me quiero quedar más tiempo", sonríe otra vez Maricruz.


Cuando Maricruz se hizo docente voluntaria sus herramientas eran un par de rotafolios, crayones y un cuartito de madera. El primer saloncito lo levantaron los padres de sus alumnos después de 15 días de iniciar el ciclo en 2018.

Pese a esta situación Maricruz no cayó en desanimo, quizás porque sabe que las figuras educativas del Conafe, trabajan bajo circunstancias de ese tipo y, algunos de sus compañeros, en peores.

Actualmente tiene 28 años y hace seis se tituló como licenciada en Administración de Empresas, pero ahora ejerce la docencia y no su profesión pues, cuando habla de lo que le llevó a ese camino, dice que desde niña hubo un instinto por las aulas.

Mis hermanos me decían la maestra sin papeles.

CASA DEL MONTE

Jarillas es una comunidad marginada del municipio de Calimaya en el Estado de México, entre el poblado de Zaragoza y montes rasurados por la acción agrícola.

Es un pedazo de tierra que se parte a la mitad por una barranca honda y que se llena con el agua de lluvia. Hay excavaciones que van dejando isletas por encima de la superficie a causa de la sustracción de tepojal en las antiguas minas cercanas.

Mari creció allí. Y caminó a diario las terracerías para bajar a la escuela de Zaragoza desde que tenía los seis de edad. Después de unos 23 años, los niños de Jarillas ya no caminan tanto, porque Maricruz y otros dos voluntarios dirigen el preescolar y secundaria de esa comunidad.


Antes de eso hubo una casa más allá del monte que le llega a la memoria. Es la propiedad de su madre, donde pasó la infancia y donde incluso el agua se debía subir con garrafas montadas en caballo, tal y como lo hacía la madre de Maricruz. El recorrido diario para la docente, era de una hora para asistir a la primaria

Era bajar y subir todos los días, hasta hoy se debe caminar.

CUARTITO DE MADERA

Desde 2018 a la fecha, la escuela en la que atiende Maricruz Estrada Piña no ha cambiado en mucho, solo pasó de un cuartito de madera a otro levantado con tabique sobrepuesto.

Su escuelita del Conafe es hogareña. Describirla como pequeña o estrecha, sería fallar en las medidas. Dice Mari que el espacio de dos salones y una biblioteca, no se le hacía tan diminuto cuando se mudaron, pero claro, no había mesabancos, sillas y los guacales que forman ahora la biblioteca del preescolar.

"La escuela se llama Miguel Hidalgo, tiene su registro como todas", comenta Mari en una visita que hacemos al plantel ubicado a la orilla de un zocavon enorme que dejó una antigua mina de tepojal.

En los 67 municipios mexiquenses donde atiende el Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), las condiciones son similares al preescolar de Jarillas. Los jóvenes como Mari prestan servicio educativo en planteles ingeniados por los padres de familia y ellos, en todos sin acceso a internet, ni otra tecnología.

Mari lleva dos ciclos escolares como figura educativa en su propia comunidad, y es que el Conafe, en su metodología de trabajo, trata de canalizar a los jóvenes a regiones a las que sean más adaptables por su cultura y conocimiento de ubicación geográfica. Eso ha funcionado en más de 40 años con becarios como Maricruz.

Aquí yo soy la que gestiono para construir la escuela, que nos donen sillas, hasta platos he conseguido.

Para llegar a su escuela se debe cruzar el patio de una casa y un camino de terracería. Los cuartos prestados por un vecino de Jarillas están enmallados y se amarran a una reja de madera que Maricruz y sus compañeros pintaron. Por el momento su plantel luce vacío debido al Covid-19 el cual ocasionó el cierre de todas las escuelas del país.

Sobre el patio han quedado algunos mesabancos de madera que se tuestan con el sol. "Esos fueron los primeros que nos donaron", indica María. "Y con aquellos hicimos mesas", señala al referirse a otros mesabancos arrumbados en la azotea de los cuartos en obra negra.

En México se le dice obra negra a las viviendas que aún tienen habitaciones desvestidas de los repellados de cemento, como la escuela de Jarillas. Aún así, con sus puertas de tablas y paredes con tabiques sobrepuestos, el preescolar le quedó hogareño a Maricruz y los padres.

Ella presume su obra como si se tratara del palacio más reluciente. "Este es el pase de lista, le digo de autocontrol", explica. De forma ingeniosa Maricruz usa las figuras en papel de una abeja para indicar puntualidad, un reloj, para los retrasos y una casa, para definir que el alumno no asistió.

"Lo que hago es que ellos escogen su figura y de forma honesta deben decir cuál le corresponde", define la instructora. Como esa técnica pedagógica, en su aula tiene otras más, con ello sustituye la carencia de tecnología.

Todo lo que está pegado en el pizarrón y las paredes, lo hicimos a mano.

Son dos cuartos que funcionan como aulas, uno para el preescolar para atender a 12 alumnos y otro para el servicio de secundaria comunitaria, con cuatro alumnos. Mari revela que el siguiente ciclo escolar buscará inscribirse en ese programa, por razones que más adelante explica.

DE VISITA

Una vez por semana cada alumno tiene una hora para las asesorías personales que les otorga Maricruz. En tiempos de Covid-19 la Secretaría de Educación instruyó que el aprendizaje sea a distancia, pero no en Jarillas. Mari realiza visitas a los hogares de sus pequeños escolapios para que no se resaguen.

"Sabemos que estamos en contingencia por lo del virus, pero aquí es distinto", argumenta la docente del Conafe. En Jarillas el virus solo se mira por la televisión, porque en un pueblo de menos de 700 habitantes, están acostumbrados a la vida colectiva, a darse los buenos días al abrir la puerta para barrer, a saludarse de mano, juntarse para la misa de jueves y el rosario de las tardes, a olfatearse y respirarse.

Por eso en Jarillas no es cuestionable el no portar cubrebocas, porque otros factores aún más fuertes que el Covid-19, como el hambre y la poca esperanza de vivir más allá de los caminos de terracería, se han prolongado como sequías.

Llegamos a la casa de Yolanda Salas, madre de Alizée, una de las alumnas de María. Su domicilio está en un bordo, donde se levantó aún más la casita de una habitación, un baño y una cocina hecha con cartón y tablas de pino. Frente a la casa, Mari y su alumna se acomodaron sobre un montículo de piedra para revisar libretas y repasar los campos formativos.

En la identificación de cantidades Ali cuenta con los dedos de sus manos. Sorprendente identifica la mayoría de las cantidades que Mari le señala: "son tres, cuatro, menos cero, no vale el cero", contesta la pequeña de seis años.

En la metodología de aprendizaje del Conafe (lecto-escritura), los alumnos de preescolar llegan al grado de primaria con pensamiento reflexivo y sabiendo leer y escribir números y palabras.

En la parte posterior del cuaderno Mari le anota los números del 1 al 10 a sus alumnos para guiarlos. También usa técnicas como relacionar formas de animales con figuras geométricas para desarrollar el pensamiento matemático o, hacerlos reflexionar sobre su entorno con un refrán, y que tiene que ver con el campo del Lenguaje y la Comunicación.

La atención personalizada funciona. Alizée y otros pequeños han podido avanzar más que en otros sistemas educativos, dice Maricruz.

SALARIO

"Estoy viendo si hago la maestría", susurra más tarde María para asimilar su futuro en los siguientes años. Aunque la experiencia del Conafe ha sido bondadosa, quiere otras oportunidades.

Una figura educativa como ella, egresada de la UAEM, se sostiene con 3 mil 700 pesos mensuales que le otorga Conafe por sus servicios, y después de dos años, en actividades, se gana una beca por 60 meses. Para aprovecharla quiere estudiar una especialidad en pedagogía y continuar como docente. Por el momento solo es un plan.

"No quiero dejar a mis niños, deja que crezcan más", reflexiona. Mari dejó un empleo con buen sueldo en una empresa de transporte de carga para atender a sus dos pequeños.

El DON DE DAR

Le pregunto a Mari por qué cambiar de carrera, y dice de forma clara, que es por la intención de ayudar. Sí, ayudar a Ali y otros pequeños en comunidades empolvadas por terracerías como Jarillas.

Todos los niños son especiales, solo que hay unos con situaciones especiales en sus casas.

Cuando los tiempos de Covid-19 lleguen a su fin pretende pedir el cambio a secundaria, para evitar que el programa cierre. "Quiero que los niños tengan opciones", dice María con cierto anhelo. Se mira en sus ojos un tono distinto al de otros docentes.

Pareciera que hay un don en ella. Sí, de esos que son escasos en comunidades como Jarillas. "Si Conafe me lo permite, me quiero quedar más tiempo", sonríe otra vez Maricruz.

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