/ viernes 23 de febrero de 2018

Sobrevivientes del Lerma en el hedor de un paraíso perdido

El río es un cementerio de 51 mil kilómetros cuadrados que produce incluso cáncer en la piel

El aire podrido que se ventila desde el río Lerma penetra día y noche en el hogar de Georgina Vilchis. La putrefacción del caudal sólo trae consigo enfermedad y desolación a los que aún habitan en sus orillas.

 

En la colonia Guadalupe son pocas familias que a diario recorren las calles polvorientas que rodean el río, el resto se ha ido desde hace años.

 

“No hay más dónde vivir, sólo aquí”, revela Georgina. La casa que habita la aceptó porque la renta es la más baja, por obvias razones. Pocos se animan a vivir cerca de un cementerio natural.

 

“Llegamos con mi esposo hace años, ya nos acostumbramos, y como no estamos casi de día, pos’ no se siente tanto el olor, a veces sólo duele la panza de noche”, sostiene la inquilina.

 

Las viviendas de las afueras de la colonia es el hogar de paracaidistas y de la pobreza precaria que existe en el municipio de Lerma. Georgina es una de las vecinas que sobrellevan esa realidad, su casa levantada con una base de concreto y una segunda planta de paredes de lámina, es el único refugio contra el hedor del Lerma.

 

“Levantamos unas láminas para una segunda planta pero se mete mucho el aroma cuando comemos, luego salen ronchas cuando es época de mosquitos”, dice.

 

A unos pasos de su casa hay una que luce abandonada, dice Georgina que sus dueños se fueron un día cualquiera y ya no regresaron. Otras dos casas adelante vive Amparo, su vecina, ella es la que ha aguantado más, pues llegó en los años 80 y no se ha ido.

 

“Ella es mi vecina, cuéntele cuánto aguantó ya”, propone Georgina apurada en su lavadero con la ropa del día.

“Por lo menos agua potable limpia sí tenemos”, dice la mujer.

Amparo recuerda que miró el río cuando era sano y daba para comer con la pesca y la siembra de hortalizas.

 

“¡Uy, el río era bonito! en el sesenta había acociles que se pescaban con las canoas, berros, papa del agua, hasta esa fecha el río era hermoso, ahora es una porquería”, lamenta la mujer.

 

La realidad del río

 

Son cerca de 51 mil kilómetros cuadrados que abarca esta afluente que nace en Almoloya de Alquisiras y llega hasta el Lago de Chapala, en Jalisco. Su contaminación inició en los años 70 y en éste se descargan el 64% de los residuos que se generan en los municipios aledaños al río Lerma, según datos de la Comisión de la Cuenca del río Lerma.

 

En tanto estudios de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), revelan que cada año se arrastran sobre el río 169 mil toneladas de contaminantes de unas mil 700 empresas. Lo que genera que cada segundo 5.26 litros de residuos tóxicos se integren a la corriente, de los que sólo 1.7 son tratados con las plantas de agua integradas.

 

También se detalla que de al menos 50 plantas tratadoras que fueron instaladas en su momento, actualmente sólo dos operan.

 

La mala operatividad es un foco latente de enfermedades para los habitantes aledaños, pues de acuerdo con Cecilia Purón, coordinadora en la entidad de la Asociación Mexicana de Ayuda a Niños con Cáncer (AMANC), los químicos concentrados a lo largo del río Lerma han provocado en los últimos años aparición de leucemia, un tipo de cáncer que afecta principalmente a los niños.

 

Sin precisar cuántos casos se han detectado, la especialista mencionó que el caudal del Lerma desde hace años se considera como uno de los causantes de enfermedades como el cáncer.

 

Esa realidad la saben bien las familias que conviven con el Lerma.

 

"Lo más común son los granos en el cuerpo, la gripa en los niños y los dolores de cabeza cuando se sueltan los aromas más fuertes", explica Álvaro González. Lo dice mientras talla los granos de los brazos que le salen constantemente por los piquetes de moscos del río.

 

"Este río daba de todo, sembrábamos lechuga, rábano, maíz, quintoniles y pescábamos carpas grandotas, había patos y ranas, ahora sólo ves pasar vacas muertas, químicos, hasta humanos", complementa Abraham, hombre de 86 años y jefe de la familia González, quienes habitan en el otro extremo del río en el barrio conocido como “La Cuchilla”.


Sentado en su silla de ruedas, a la que está caído desde hace un año, porque el pie se le pudre desde que lo metió al río.


“Vinieron y se llevaron unas de mis mazorcas y cuando regresaron disque no había contaminación”, reprocha el excampesino. "Válgame Dios, para ellos no hay contaminación pero para uno que vive aquí es el infierno", remata.

 

En el barrio de La Cuchilla, la colonia Guadalupe, en el ejido Tres Cruces y otros lugares como El Cerrillo, así sobreviven en el paraíso muerto. Se suman otros lugares de los 17 municipios mexiquenses que lo reciben y los cinco estados del país por los que pasa.

El aire podrido que se ventila desde el río Lerma penetra día y noche en el hogar de Georgina Vilchis. La putrefacción del caudal sólo trae consigo enfermedad y desolación a los que aún habitan en sus orillas.

 

En la colonia Guadalupe son pocas familias que a diario recorren las calles polvorientas que rodean el río, el resto se ha ido desde hace años.

 

“No hay más dónde vivir, sólo aquí”, revela Georgina. La casa que habita la aceptó porque la renta es la más baja, por obvias razones. Pocos se animan a vivir cerca de un cementerio natural.

 

“Llegamos con mi esposo hace años, ya nos acostumbramos, y como no estamos casi de día, pos’ no se siente tanto el olor, a veces sólo duele la panza de noche”, sostiene la inquilina.

 

Las viviendas de las afueras de la colonia es el hogar de paracaidistas y de la pobreza precaria que existe en el municipio de Lerma. Georgina es una de las vecinas que sobrellevan esa realidad, su casa levantada con una base de concreto y una segunda planta de paredes de lámina, es el único refugio contra el hedor del Lerma.

 

“Levantamos unas láminas para una segunda planta pero se mete mucho el aroma cuando comemos, luego salen ronchas cuando es época de mosquitos”, dice.

 

A unos pasos de su casa hay una que luce abandonada, dice Georgina que sus dueños se fueron un día cualquiera y ya no regresaron. Otras dos casas adelante vive Amparo, su vecina, ella es la que ha aguantado más, pues llegó en los años 80 y no se ha ido.

 

“Ella es mi vecina, cuéntele cuánto aguantó ya”, propone Georgina apurada en su lavadero con la ropa del día.

“Por lo menos agua potable limpia sí tenemos”, dice la mujer.

Amparo recuerda que miró el río cuando era sano y daba para comer con la pesca y la siembra de hortalizas.

 

“¡Uy, el río era bonito! en el sesenta había acociles que se pescaban con las canoas, berros, papa del agua, hasta esa fecha el río era hermoso, ahora es una porquería”, lamenta la mujer.

 

La realidad del río

 

Son cerca de 51 mil kilómetros cuadrados que abarca esta afluente que nace en Almoloya de Alquisiras y llega hasta el Lago de Chapala, en Jalisco. Su contaminación inició en los años 70 y en éste se descargan el 64% de los residuos que se generan en los municipios aledaños al río Lerma, según datos de la Comisión de la Cuenca del río Lerma.

 

En tanto estudios de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), revelan que cada año se arrastran sobre el río 169 mil toneladas de contaminantes de unas mil 700 empresas. Lo que genera que cada segundo 5.26 litros de residuos tóxicos se integren a la corriente, de los que sólo 1.7 son tratados con las plantas de agua integradas.

 

También se detalla que de al menos 50 plantas tratadoras que fueron instaladas en su momento, actualmente sólo dos operan.

 

La mala operatividad es un foco latente de enfermedades para los habitantes aledaños, pues de acuerdo con Cecilia Purón, coordinadora en la entidad de la Asociación Mexicana de Ayuda a Niños con Cáncer (AMANC), los químicos concentrados a lo largo del río Lerma han provocado en los últimos años aparición de leucemia, un tipo de cáncer que afecta principalmente a los niños.

 

Sin precisar cuántos casos se han detectado, la especialista mencionó que el caudal del Lerma desde hace años se considera como uno de los causantes de enfermedades como el cáncer.

 

Esa realidad la saben bien las familias que conviven con el Lerma.

 

"Lo más común son los granos en el cuerpo, la gripa en los niños y los dolores de cabeza cuando se sueltan los aromas más fuertes", explica Álvaro González. Lo dice mientras talla los granos de los brazos que le salen constantemente por los piquetes de moscos del río.

 

"Este río daba de todo, sembrábamos lechuga, rábano, maíz, quintoniles y pescábamos carpas grandotas, había patos y ranas, ahora sólo ves pasar vacas muertas, químicos, hasta humanos", complementa Abraham, hombre de 86 años y jefe de la familia González, quienes habitan en el otro extremo del río en el barrio conocido como “La Cuchilla”.


Sentado en su silla de ruedas, a la que está caído desde hace un año, porque el pie se le pudre desde que lo metió al río.


“Vinieron y se llevaron unas de mis mazorcas y cuando regresaron disque no había contaminación”, reprocha el excampesino. "Válgame Dios, para ellos no hay contaminación pero para uno que vive aquí es el infierno", remata.

 

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