/ jueves 28 de noviembre de 2019

Los zapatos de Eugenia, mudos testigos de un feminicidio no reconocido

El 28 de octubre de 2017 fue encontrada sin vida en Ocoyoacac; sin embargo la Fiscalía decidió reclasificar el delito de feminicidio a homicidio

Liz sacó de una bolsa de plástico unas botas color café tipo taupe y les pasó una brocha con pintura roja sobre la piel. Desde hace dos años los guarda, porque su hermana Eugenia los llevaba puestos la noche en que fue asesinada.

"Le prometí a mi hermana, que el día que le hiciera justicia, llevaría sus zapatos al panteón y los quemaría", recuerda Elizabeth, mientras sigue pintando las botas, desde la hechura de piel, hasta la suela.

En la azotea de la casa de sus padres en Ocoyoacac, donde también vivía su hermana con sus dos hijos, hay docenas de zapatos que Liz lleva días pintando de rojo. Está sentada sobre un bote y, la rodean unas doscientas piezas de calzado femenino. La promesa de quemar los zapatos aguardará un poco, porque los prestará para un performance denominado "zapatos rojos".

¿Te traen muchos recuerdos?

Demasiados, los he traído en la bolsa dos años, contestó Liz.

¿Si los botines que cargasen tus manos tuvieran vida propia, revelarían más que dos años de investigaciones de la Fiscalía sobre el caso de Eugenia?

—respondió.

Los zapatos de Eugenia cuentan su propia historia. Estuvieron puestos en las plantas de sus pies las tres horas que demoraron los paramédicos para rescatarla de aquella fría noche en que fue golpeada y abandonada sobre un camino de terracería que bordea el Río Lerma.

Elizabeth los llegó a recuperar, nueve días después en un locker del hospital al que llevaron a Eugenia antes de morir. Allí permanecieron hasta ser descubiertos por Liz. "Los guardé porque pensé que se ocuparían como pruebas", refiere Eli, pero la Fiscalía siempre la ignoró: si hubo manchas hemáticas del homicida o huellas digitales, es un misterio que se encarpetó, igual que el expediente de la víctima, para no abrirse jamás.

"Los del Semefo, cuando se llevaron el cuerpo, dijeron que la ropa y zapatos no", le comentó aquella vez una enfermera a Liz. Por eso, ella los atesoró y dos años los trajo en el asiento de su camioneta y los presentó ante la mesa del juzgado para ver si los admitían como pruebas.

Les tiene más amor, porque las botas cafés se las compró Esaú, su sobrino y el hijo mayor de su hermana. "Un día llegó con los zapatos en una caja y le dijo: mami, son para ti", recuerda Liz.

Eugenia usaba sus botines el 28 de octubre de 2017 (fecha en que la asesinaron), porque eran los más cómodos para andar el kilómetro de camino a la fábrica, aunque sus preferidos eran los casuales con tacón bajito.

Junto con las botas, fueron recuperados un pantalón de mezclilla color claro, una chamarra rompevientos en tonos rosas, la ropa interior de Eugenia y una playera negra.

Todo el conjunto formaban pruebas para Liz. Piezas que deberían encajar en la investigación para reproducir lo que le ocurrió a Eugenia.

Pero para la Fiscalía no fue así, tanto que en el último alegato, cambió la sentencia de feminicidio a homicidio doloso.

"Los zapatos decido donarlos, porque ya es el momento, ya hubo sentencia", Elizabeth parece soltar una mirada de enojo acompañada de resignación.

Las botas que le regaló Esaú, tenía poco de estrenarlas, como eran escasos meses en la fábrica. El 28 de octubre del 2017 Eugenia se sentía orgullosa, porque su hijo mayor había obtenido un reconocimiento y la emoción de celebrar la llevó hasta un bar al centro de Ocoyoacac, junto al grupo de obreras.

Su cuerpo y sus botas fueron halladas alrededor de las tres cuarenta de la mañana en la calle de Rayón, a unas cuadras del bar.

PERFORMANCE

Junto a la montaña de zapatos pintados en rojo que apila Liz después de los brochazos, hay dos pares de botines. Con hechura en vinil tipo piel que usaba Eugenia para ir de fiesta.

"Esos yo se los regalé, hicimos un cambio porque le gustaban mucho", se refiere a unas botas de manga larga con cierre y un broche a los extremos.

Hay otro par con terminado más corto. Pero ambos son elegantes.

Eugenia los usaba con pantalón de mezclilla y una chamarra de piel.

"Los tres pares los voy a donar para el performance", plática Elizabeth. El sábado 30 de noviembre, es la actividad en la plaza de Los Mártires de Toluca, pero aún quedan muchos pares por pintar.

"Nos donaron más de doscientos", comenta Bety.

Volvemos a las botas cafés tipo taupe de Eugenia. La pintura roja bañaron por completo el diseño original de piel. A Liz le ha costado dos años deshacerse de ellos. Después del sábado, junto con la chamarra rompevientos y el resto de ropa que usó por última vez, las llevará al panteón para quemarlas y echarlas a una cajita junto al cuerpo de Eugenia.

—¿Cuántos pares tenía? —muchos. Mi hermana era de pie pequeño.

Las botas me las imagino por un momento infantiles.

Eugenia Machuca, era una joven con dos hijos, cumpliría sus 36 años, amaba las margaritas y las fiestas con amigos, era de ojos grandes y calzaba del 3 y medio.

Liz sacó de una bolsa de plástico unas botas color café tipo taupe y les pasó una brocha con pintura roja sobre la piel. Desde hace dos años los guarda, porque su hermana Eugenia los llevaba puestos la noche en que fue asesinada.

"Le prometí a mi hermana, que el día que le hiciera justicia, llevaría sus zapatos al panteón y los quemaría", recuerda Elizabeth, mientras sigue pintando las botas, desde la hechura de piel, hasta la suela.

En la azotea de la casa de sus padres en Ocoyoacac, donde también vivía su hermana con sus dos hijos, hay docenas de zapatos que Liz lleva días pintando de rojo. Está sentada sobre un bote y, la rodean unas doscientas piezas de calzado femenino. La promesa de quemar los zapatos aguardará un poco, porque los prestará para un performance denominado "zapatos rojos".

¿Te traen muchos recuerdos?

Demasiados, los he traído en la bolsa dos años, contestó Liz.

¿Si los botines que cargasen tus manos tuvieran vida propia, revelarían más que dos años de investigaciones de la Fiscalía sobre el caso de Eugenia?

—respondió.

Los zapatos de Eugenia cuentan su propia historia. Estuvieron puestos en las plantas de sus pies las tres horas que demoraron los paramédicos para rescatarla de aquella fría noche en que fue golpeada y abandonada sobre un camino de terracería que bordea el Río Lerma.

Elizabeth los llegó a recuperar, nueve días después en un locker del hospital al que llevaron a Eugenia antes de morir. Allí permanecieron hasta ser descubiertos por Liz. "Los guardé porque pensé que se ocuparían como pruebas", refiere Eli, pero la Fiscalía siempre la ignoró: si hubo manchas hemáticas del homicida o huellas digitales, es un misterio que se encarpetó, igual que el expediente de la víctima, para no abrirse jamás.

"Los del Semefo, cuando se llevaron el cuerpo, dijeron que la ropa y zapatos no", le comentó aquella vez una enfermera a Liz. Por eso, ella los atesoró y dos años los trajo en el asiento de su camioneta y los presentó ante la mesa del juzgado para ver si los admitían como pruebas.

Les tiene más amor, porque las botas cafés se las compró Esaú, su sobrino y el hijo mayor de su hermana. "Un día llegó con los zapatos en una caja y le dijo: mami, son para ti", recuerda Liz.

Eugenia usaba sus botines el 28 de octubre de 2017 (fecha en que la asesinaron), porque eran los más cómodos para andar el kilómetro de camino a la fábrica, aunque sus preferidos eran los casuales con tacón bajito.

Junto con las botas, fueron recuperados un pantalón de mezclilla color claro, una chamarra rompevientos en tonos rosas, la ropa interior de Eugenia y una playera negra.

Todo el conjunto formaban pruebas para Liz. Piezas que deberían encajar en la investigación para reproducir lo que le ocurrió a Eugenia.

Pero para la Fiscalía no fue así, tanto que en el último alegato, cambió la sentencia de feminicidio a homicidio doloso.

"Los zapatos decido donarlos, porque ya es el momento, ya hubo sentencia", Elizabeth parece soltar una mirada de enojo acompañada de resignación.

Las botas que le regaló Esaú, tenía poco de estrenarlas, como eran escasos meses en la fábrica. El 28 de octubre del 2017 Eugenia se sentía orgullosa, porque su hijo mayor había obtenido un reconocimiento y la emoción de celebrar la llevó hasta un bar al centro de Ocoyoacac, junto al grupo de obreras.

Su cuerpo y sus botas fueron halladas alrededor de las tres cuarenta de la mañana en la calle de Rayón, a unas cuadras del bar.

PERFORMANCE

Junto a la montaña de zapatos pintados en rojo que apila Liz después de los brochazos, hay dos pares de botines. Con hechura en vinil tipo piel que usaba Eugenia para ir de fiesta.

"Esos yo se los regalé, hicimos un cambio porque le gustaban mucho", se refiere a unas botas de manga larga con cierre y un broche a los extremos.

Hay otro par con terminado más corto. Pero ambos son elegantes.

Eugenia los usaba con pantalón de mezclilla y una chamarra de piel.

"Los tres pares los voy a donar para el performance", plática Elizabeth. El sábado 30 de noviembre, es la actividad en la plaza de Los Mártires de Toluca, pero aún quedan muchos pares por pintar.

"Nos donaron más de doscientos", comenta Bety.

Volvemos a las botas cafés tipo taupe de Eugenia. La pintura roja bañaron por completo el diseño original de piel. A Liz le ha costado dos años deshacerse de ellos. Después del sábado, junto con la chamarra rompevientos y el resto de ropa que usó por última vez, las llevará al panteón para quemarlas y echarlas a una cajita junto al cuerpo de Eugenia.

—¿Cuántos pares tenía? —muchos. Mi hermana era de pie pequeño.

Las botas me las imagino por un momento infantiles.

Eugenia Machuca, era una joven con dos hijos, cumpliría sus 36 años, amaba las margaritas y las fiestas con amigos, era de ojos grandes y calzaba del 3 y medio.

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