/ jueves 14 de noviembre de 2019

El viento dice que ya viene la nieve

Habitantes de la comunidad de Loma Alta, aledaña al Nevado de Toluca, se preparan para la temporada en precarias condiciones

El viento que sopla de norte a sur desde el pico del Nevado de Toluca, baja cada vez más frío hasta Loma Alta. Los rostros chapeados deben resistir aunque es imposible que las casas de cartón y madera sirvan de barrera.

Hasta ahora el año el frío no ha sido tan intenso, aún así la soledad del invierno atrofia la salud y ánimo de Elena y sus siete hijos.

"Dicen que ya viene la nieve, ese viento dice que ya va a nevar", pronostica. Sus premoniciones las hace a partir de esos soplos intensos de aire que entrar desde las aberturas del cartón que cubren la cocina y las dos habitaciones que tienen de hogar. "Todas las casas aquí así tienen, se les pone cartón pero entra el frío por el tejado y debajo de la puerta", explica.

Loma Alta se ubica a unos 22 kilómetros desde Toluca, para llegar se debe bordear por la carretera que conduce a Texcaltitlán y tomar una brecha para bajar al rancho. Es irónico, porque se asienta en un pequeño valle que desciende desde los lomeríos.

Allí se sobrevive del corte de avena, el pastoreo de borregos y la dieta es con base en papas pepenadas. "Pura papa se come, no hay dónde comprar carne, ni dinero pa' eso", reprocha Elena.

La casa tiene al frente un corral para los borregos y al lado se apilan la cargas de leña que juntan para el temporal de invierno. Al interior de su cocina, todo el día mantiene encendido el fogón desde una chimenea de tabiques y un comal de lámina.

Doña Hermelinda, madre de Elena, es la única que está todo el día en la casa, el resto salen a la labor.

Otros inquilinos son Estrella, Wendy, Boris y Puca, cuatro perros que acompañan a Elena a diario en el pastoreo de los borregos. La cocina es el lugar más acogible, en torno hay tres sillas de madera apolillada que encajan sus patas sobre el piso de tierra que siempre está humedecido.

"Aquí no hay nada, ni trabajo, solo mucho frío", sonríe Elena casi a fuerza. Hace tres años se fue a Ixtlahuaca, de donde es su esposo, pero regresó a Loma Alta. Sola, sin el hombre, quien huyó y le dejó el cargo de sus hijos.

"Todos mis hijos los mayores se van a trabajar a Toluca y vienen cada semana, unos se van y vienen cada dos años, yo siempre le pido a Dios que me los cuide", relata la arriera del volcán.

Las dos habitaciones son un par de santuarios religiosos en los que cuelgan en sus paredes cristos, un Niño Dios por cada uno de los integrantes de la familia y vírgenes que bendicen cada año.

Sobre una de las paredes de los cuartos, hay unas hojas de papel pegadas con pasajes de la Biblia. Los pegó su hija Raquel. "Somos muy devotos en esta casa, mis hijas escriben eso", recalca.

En una habitación duermen sus hijos mayores cuando la visitan, hay dos camas separadas por un ropero viejo y con una puerta colgando, al frente hay otros dos roperos grandes.

Los dos cuartos tienen techos de cartón, pues llevan años esperando a juntar los bultos de cemento para poder colar la losa. "Ya tenemos la varilla, la arena y grava pero falta el cemento, por eso le digo que aquí nunca se para el gobierno", vuelve a reprochar Elena.

"Este año las lluvias llegaron atrasadas, y eso obligó a que en noviembre aún no pegue el frío como el año pasado", explica Elena. Aun así, en Loma Alta todo el año tiene los rostros chapeados, resecos por el frío y el poco sol que penetra el pequeño valle.

El viento que sopla de norte a sur desde el pico del Nevado de Toluca, baja cada vez más frío hasta Loma Alta. Los rostros chapeados deben resistir aunque es imposible que las casas de cartón y madera sirvan de barrera.

Hasta ahora el año el frío no ha sido tan intenso, aún así la soledad del invierno atrofia la salud y ánimo de Elena y sus siete hijos.

"Dicen que ya viene la nieve, ese viento dice que ya va a nevar", pronostica. Sus premoniciones las hace a partir de esos soplos intensos de aire que entrar desde las aberturas del cartón que cubren la cocina y las dos habitaciones que tienen de hogar. "Todas las casas aquí así tienen, se les pone cartón pero entra el frío por el tejado y debajo de la puerta", explica.

Loma Alta se ubica a unos 22 kilómetros desde Toluca, para llegar se debe bordear por la carretera que conduce a Texcaltitlán y tomar una brecha para bajar al rancho. Es irónico, porque se asienta en un pequeño valle que desciende desde los lomeríos.

Allí se sobrevive del corte de avena, el pastoreo de borregos y la dieta es con base en papas pepenadas. "Pura papa se come, no hay dónde comprar carne, ni dinero pa' eso", reprocha Elena.

La casa tiene al frente un corral para los borregos y al lado se apilan la cargas de leña que juntan para el temporal de invierno. Al interior de su cocina, todo el día mantiene encendido el fogón desde una chimenea de tabiques y un comal de lámina.

Doña Hermelinda, madre de Elena, es la única que está todo el día en la casa, el resto salen a la labor.

Otros inquilinos son Estrella, Wendy, Boris y Puca, cuatro perros que acompañan a Elena a diario en el pastoreo de los borregos. La cocina es el lugar más acogible, en torno hay tres sillas de madera apolillada que encajan sus patas sobre el piso de tierra que siempre está humedecido.

"Aquí no hay nada, ni trabajo, solo mucho frío", sonríe Elena casi a fuerza. Hace tres años se fue a Ixtlahuaca, de donde es su esposo, pero regresó a Loma Alta. Sola, sin el hombre, quien huyó y le dejó el cargo de sus hijos.

"Todos mis hijos los mayores se van a trabajar a Toluca y vienen cada semana, unos se van y vienen cada dos años, yo siempre le pido a Dios que me los cuide", relata la arriera del volcán.

Las dos habitaciones son un par de santuarios religiosos en los que cuelgan en sus paredes cristos, un Niño Dios por cada uno de los integrantes de la familia y vírgenes que bendicen cada año.

Sobre una de las paredes de los cuartos, hay unas hojas de papel pegadas con pasajes de la Biblia. Los pegó su hija Raquel. "Somos muy devotos en esta casa, mis hijas escriben eso", recalca.

En una habitación duermen sus hijos mayores cuando la visitan, hay dos camas separadas por un ropero viejo y con una puerta colgando, al frente hay otros dos roperos grandes.

Los dos cuartos tienen techos de cartón, pues llevan años esperando a juntar los bultos de cemento para poder colar la losa. "Ya tenemos la varilla, la arena y grava pero falta el cemento, por eso le digo que aquí nunca se para el gobierno", vuelve a reprochar Elena.

"Este año las lluvias llegaron atrasadas, y eso obligó a que en noviembre aún no pegue el frío como el año pasado", explica Elena. Aun así, en Loma Alta todo el año tiene los rostros chapeados, resecos por el frío y el poco sol que penetra el pequeño valle.

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