/ viernes 21 de agosto de 2020

Pensamiento Universitario | Valores cívicos y éticos 

Lejos de mejorar la situación y tener al pueblo feliz, los días, semanas y meses se acumulan, y no se ve la manera de amortiguar la terrible crisis sanitaria. Mientras en la administración federal se piensa ya en la próxima elección, para lo cual se recurre al circo mediático y a una narrativa muy poco o nada creíble, lo urgente se deja de lado y los malos resultados se ocultan o se falsifican.

Si bien la mayoría se conduce en forma responsable y acepta las medidas de protección recomendadas, por desgracia se siguen presentando los casos de quienes no reconocen la magnitud de la tragedia y adoptan una actitud inconsciente y de indiferencia, siguiendo el ejemplo del presidente de la República. Para estas personas parece no importar los contagios, el sufrimiento de tantas familias por la enfermedad y muerte de sus seres queridos, y mucho menos la heroica labor de las y los trabajadores de la salud, que día a día exponen su vida tratando de salvar las de otros.

Lo opuesto de estas conductas es un reflejo del panorama actual, al persistir los intentos de generar un país dividido, pues a partir de un discurso de odio y agresiones la consigna es nada de medias tintas, y definirse si se está a favor o en contra de seguir en el camino del desastre. Por eso y más, los gobiernos prudentes y las instituciones autónomas deberían concientizarse del peligro, y recurrir sistemáticamente a prácticas distintas, donde se destaquen los elementos fundamentales de una convivencia solidaria, de cooperación generosa, dispuesta a resolver con justicia los problemas comunes.

En este esfuerzo es obligado retomar y fortalecer las competencias cívicas y éticas de los ciudadanos, como elementos imprescindibles en la relación armoniosa dentro de la sociedad. Lo primero permitirá obtener el conocimiento sobre los derechos y obligaciones, a fin de intervenir y aportar soluciones en los temas de bienestar colectivo, mientras lo segundo habrá de manifestarse en la formación de seres humanos con valores y principios universales.

En su cabal interpretación, reafirmar estos atributos es un modo de impulsar el cambio de mentalidad, de contribuir al desarrollo de la nación e imponer respeto a la dignidad de todos los mexicanos. La propia democracia sólo se habrá de consolidar cuando exista la convicción de que, a través de la concordia, es posible lograr la atención a las justas demandas, depurar los esquemas de gobierno y exigir sanciones a tanto funcionario demagogo, inepto y manos sucias, por cuya causa millones de seres permanecen en condiciones de pobreza e injusticia, víctimas del clientelismo político y sin oportunidades de alcanzar un progreso efectivo.

Si un Estado funciona mal es porque la sociedad no cumple bien con su papel, al refugiarse en la desunión, la indiferencia y el conformismo. Se consienten los liderazgos mentirosos y no se tiene la decisión de oponerse a sus prácticas fraudulentas.

Sin duda, la participación ciudadana en los asuntos públicos es la verdadera esperanza de una transformación pacífica. La libertad del individuo debe ser ejercida de manera responsable y jamás resignarse a continuar con ese derecho atrofiado, en la aparente condena de vivir en una situación de infantilismo perpetuo.

Lejos de mejorar la situación y tener al pueblo feliz, los días, semanas y meses se acumulan, y no se ve la manera de amortiguar la terrible crisis sanitaria. Mientras en la administración federal se piensa ya en la próxima elección, para lo cual se recurre al circo mediático y a una narrativa muy poco o nada creíble, lo urgente se deja de lado y los malos resultados se ocultan o se falsifican.

Si bien la mayoría se conduce en forma responsable y acepta las medidas de protección recomendadas, por desgracia se siguen presentando los casos de quienes no reconocen la magnitud de la tragedia y adoptan una actitud inconsciente y de indiferencia, siguiendo el ejemplo del presidente de la República. Para estas personas parece no importar los contagios, el sufrimiento de tantas familias por la enfermedad y muerte de sus seres queridos, y mucho menos la heroica labor de las y los trabajadores de la salud, que día a día exponen su vida tratando de salvar las de otros.

Lo opuesto de estas conductas es un reflejo del panorama actual, al persistir los intentos de generar un país dividido, pues a partir de un discurso de odio y agresiones la consigna es nada de medias tintas, y definirse si se está a favor o en contra de seguir en el camino del desastre. Por eso y más, los gobiernos prudentes y las instituciones autónomas deberían concientizarse del peligro, y recurrir sistemáticamente a prácticas distintas, donde se destaquen los elementos fundamentales de una convivencia solidaria, de cooperación generosa, dispuesta a resolver con justicia los problemas comunes.

En este esfuerzo es obligado retomar y fortalecer las competencias cívicas y éticas de los ciudadanos, como elementos imprescindibles en la relación armoniosa dentro de la sociedad. Lo primero permitirá obtener el conocimiento sobre los derechos y obligaciones, a fin de intervenir y aportar soluciones en los temas de bienestar colectivo, mientras lo segundo habrá de manifestarse en la formación de seres humanos con valores y principios universales.

En su cabal interpretación, reafirmar estos atributos es un modo de impulsar el cambio de mentalidad, de contribuir al desarrollo de la nación e imponer respeto a la dignidad de todos los mexicanos. La propia democracia sólo se habrá de consolidar cuando exista la convicción de que, a través de la concordia, es posible lograr la atención a las justas demandas, depurar los esquemas de gobierno y exigir sanciones a tanto funcionario demagogo, inepto y manos sucias, por cuya causa millones de seres permanecen en condiciones de pobreza e injusticia, víctimas del clientelismo político y sin oportunidades de alcanzar un progreso efectivo.

Si un Estado funciona mal es porque la sociedad no cumple bien con su papel, al refugiarse en la desunión, la indiferencia y el conformismo. Se consienten los liderazgos mentirosos y no se tiene la decisión de oponerse a sus prácticas fraudulentas.

Sin duda, la participación ciudadana en los asuntos públicos es la verdadera esperanza de una transformación pacífica. La libertad del individuo debe ser ejercida de manera responsable y jamás resignarse a continuar con ese derecho atrofiado, en la aparente condena de vivir en una situación de infantilismo perpetuo.

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