/ jueves 28 de noviembre de 2019

Hablemos de Paz y No Violencia | No existen las democracias iliberales


Alguna vez Octavio Paz dijo que “Sin democracia la libertad es una quimera. Sin libertad la democracia es despotismo”. Esta frase resume uno de los vínculos fundamentales en la historia política de la humanidad: el vínculo indisoluble entre democracia y libertad.

Las libertades se institucionalizan en una serie de derechos: de pensamiento, expresión, asociación, reunión, tránsito, religión, empleo, elección, etc., son los célebres derechos humanos de primera generación que constituyen la base del ciudadano como sujeto fundamental del orden democrático. Con las libertades se salvaguarda el derecho de que la ciudadanía cuente con una opinión pública y medios de comunicación críticos, así como la posibilidad de elegir la forma de gobierno que quiera mediante procesos electorales limpios y transparentes.

Actualmente hay regímenes en el mundo que consideran que una democracia puede ser “iliberal”, que no tienen porqué respetar las libertades para considerarse democráticos. Esta noción de “democracia iliberal” comenzó en Europa, en países como Hungría y Polonia, cuyos gobiernos coartan libertades, cierran medios críticos y cuyos gobernantes se aferran al poder presentándose en elecciones no libres y poco transparentes. Sin llamarse de esa manera, regímenes de gobierno en América Latina han seguido la misma vía: Venezuela, Nicaragua, Bolivia, llegando sus líderes al punto de utilizar los procedimientos democráticos para eternizarse en el poder, restringir libertades, encarcelar opositores críticos y, en suma, destruir la democracia en sus países.

Duele decirlo, pero parece que México va por esa vía: actos como la extensión ilegal de mandato en Baja California (la putrefacta “Ley Bonilla”); la cooptación y debilitamiento de instituciones autónomas: Suprema Corte de Justicia, Comisión Nacional de Derechos Humanos, Instituto Nacional Electoral, Consejo Nacional para la Evaluación de la Política Social, entre otras; el aplastante poder de un solo partido político, Morena, en los Congresos federal y locales, que ahoga la voces plurales y minoritarias; el silenciamiento de líderes de opinión en medios y redes, la presión para que los despidan de sus espacios informativos y el no tolerar y condenar las críticas; la polarización entre buenos (nosotros) y malos (ellos); y como cereza en el pastel, las consultas ilegales y a mano alzada; son signos de que el régimen de la 4T quiere contar con instituciones a modo, dar una fachada democrática y restringir libertades.

Pero es necesario decirlo con todas sus letras: nunca podrá haber democracia en México si no se respetan las libertades y éstas comienzan con la expresión libre, la crítica al poder y las elecciones limpias y transparentes.

rodrigo.pynv@hotmail.com; Facebook: Rodrigo Sánchez; Twitter: RodrigoSanArce


Alguna vez Octavio Paz dijo que “Sin democracia la libertad es una quimera. Sin libertad la democracia es despotismo”. Esta frase resume uno de los vínculos fundamentales en la historia política de la humanidad: el vínculo indisoluble entre democracia y libertad.

Las libertades se institucionalizan en una serie de derechos: de pensamiento, expresión, asociación, reunión, tránsito, religión, empleo, elección, etc., son los célebres derechos humanos de primera generación que constituyen la base del ciudadano como sujeto fundamental del orden democrático. Con las libertades se salvaguarda el derecho de que la ciudadanía cuente con una opinión pública y medios de comunicación críticos, así como la posibilidad de elegir la forma de gobierno que quiera mediante procesos electorales limpios y transparentes.

Actualmente hay regímenes en el mundo que consideran que una democracia puede ser “iliberal”, que no tienen porqué respetar las libertades para considerarse democráticos. Esta noción de “democracia iliberal” comenzó en Europa, en países como Hungría y Polonia, cuyos gobiernos coartan libertades, cierran medios críticos y cuyos gobernantes se aferran al poder presentándose en elecciones no libres y poco transparentes. Sin llamarse de esa manera, regímenes de gobierno en América Latina han seguido la misma vía: Venezuela, Nicaragua, Bolivia, llegando sus líderes al punto de utilizar los procedimientos democráticos para eternizarse en el poder, restringir libertades, encarcelar opositores críticos y, en suma, destruir la democracia en sus países.

Duele decirlo, pero parece que México va por esa vía: actos como la extensión ilegal de mandato en Baja California (la putrefacta “Ley Bonilla”); la cooptación y debilitamiento de instituciones autónomas: Suprema Corte de Justicia, Comisión Nacional de Derechos Humanos, Instituto Nacional Electoral, Consejo Nacional para la Evaluación de la Política Social, entre otras; el aplastante poder de un solo partido político, Morena, en los Congresos federal y locales, que ahoga la voces plurales y minoritarias; el silenciamiento de líderes de opinión en medios y redes, la presión para que los despidan de sus espacios informativos y el no tolerar y condenar las críticas; la polarización entre buenos (nosotros) y malos (ellos); y como cereza en el pastel, las consultas ilegales y a mano alzada; son signos de que el régimen de la 4T quiere contar con instituciones a modo, dar una fachada democrática y restringir libertades.

Pero es necesario decirlo con todas sus letras: nunca podrá haber democracia en México si no se respetan las libertades y éstas comienzan con la expresión libre, la crítica al poder y las elecciones limpias y transparentes.

rodrigo.pynv@hotmail.com; Facebook: Rodrigo Sánchez; Twitter: RodrigoSanArce