/ jueves 14 de noviembre de 2019

Hablemos de Paz y No Violencia / El Evo que llega a México


Tantos problemas políticos de los cuales hablar: el Bonillazo en Baja California o el fin de la autonomía de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y del Instituto Nacional Electoral. Pero me detendré a hablar de lo que significa la presencia de Evo Morales en México.

Hasta ahora la salida de Evo de la presidencia de Bolivia ha sido un debate planteado en términos ideológicos: la izquierda sostiene la versión irreductible del golpe de Estado y de que las fuerzas imperialistas lo quitaron por ser indígena y populista; y la derecha la versión irreductible de que fue la movilización popular la que lo sacó del poder, además de que el mismo Evo se habría ganado la defenestración por sus errores previos.

Han corrido ríos de tinta y verborrea al respecto y se reproducen ad nauseam argumentos, pero considero que la versión más objetiva es del politólogo José Antonio Crespo en “Bolivia: ¿Golpe militar o rebelión popular?” (Letras Libres). Razona que el hecho no respondió precisamente a tipos ideales de golpe y movilización sino a una realidad intermedia: la movilización popular ante un fraude electoral, incluso con algún tipo de injerencia externa que llevó a militares y policías a claudicar y favorecer la renuncia forzada del presidente, lo que se puede considerar una variante suave de golpismo.

Esta versión no la aceptan los partidarios radicales de ambos bandos, su ideología lo que menos acepta son medias tintas. En todo caso las vías no institucionales no son la mejor forma de resolver conflictos, de ahí que es fundamental fortalecer y respetar las instituciones democráticas. Evo no hizo esto último y, sonará odioso, pero hoy pesa más una versión derechista pues es un hecho incontrovertible que cometió pecados originales al desobedecer las leyes que él mismo juró respetar, al desoír la voz de su propio pueblo y al tensar la cuerda al grado de ganarse el rechazo de los cuerpos de seguridad.

Desafortunadamente ahora Bolivia tiene encima el fantasma de la ilegitimidad e ilegalidad de cualquier gobernante que no sea electo, de la intromisión militar en política y de la inestabilidad que heredan al país estos sucesos funestos.

Cierto es que Evo hizo la proeza de generar mayor crecimiento económico y de mejorar las condiciones de muchos bolivianos pero cometió el grave error de ignorar sus libertades y las instituciones democráticas que bien o mal existían. Su legado social será opacado por su proceder autoritario y antidemocrático. Ese es el hombre al que México ha dado asilo humanitario: un dictador en ciernes. Lo más duro será aceptar que él solo provocó su caída y no otro petate del muerto imperialista, neoliberal, clasista o racista. Es una víctima, sí, pero de sus propios errores.

rodrigo.pynv@hotmail.com; Facebook: Rodrigo Sánchez; Twitter: @RodrigoSanArce


Tantos problemas políticos de los cuales hablar: el Bonillazo en Baja California o el fin de la autonomía de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y del Instituto Nacional Electoral. Pero me detendré a hablar de lo que significa la presencia de Evo Morales en México.

Hasta ahora la salida de Evo de la presidencia de Bolivia ha sido un debate planteado en términos ideológicos: la izquierda sostiene la versión irreductible del golpe de Estado y de que las fuerzas imperialistas lo quitaron por ser indígena y populista; y la derecha la versión irreductible de que fue la movilización popular la que lo sacó del poder, además de que el mismo Evo se habría ganado la defenestración por sus errores previos.

Han corrido ríos de tinta y verborrea al respecto y se reproducen ad nauseam argumentos, pero considero que la versión más objetiva es del politólogo José Antonio Crespo en “Bolivia: ¿Golpe militar o rebelión popular?” (Letras Libres). Razona que el hecho no respondió precisamente a tipos ideales de golpe y movilización sino a una realidad intermedia: la movilización popular ante un fraude electoral, incluso con algún tipo de injerencia externa que llevó a militares y policías a claudicar y favorecer la renuncia forzada del presidente, lo que se puede considerar una variante suave de golpismo.

Esta versión no la aceptan los partidarios radicales de ambos bandos, su ideología lo que menos acepta son medias tintas. En todo caso las vías no institucionales no son la mejor forma de resolver conflictos, de ahí que es fundamental fortalecer y respetar las instituciones democráticas. Evo no hizo esto último y, sonará odioso, pero hoy pesa más una versión derechista pues es un hecho incontrovertible que cometió pecados originales al desobedecer las leyes que él mismo juró respetar, al desoír la voz de su propio pueblo y al tensar la cuerda al grado de ganarse el rechazo de los cuerpos de seguridad.

Desafortunadamente ahora Bolivia tiene encima el fantasma de la ilegitimidad e ilegalidad de cualquier gobernante que no sea electo, de la intromisión militar en política y de la inestabilidad que heredan al país estos sucesos funestos.

Cierto es que Evo hizo la proeza de generar mayor crecimiento económico y de mejorar las condiciones de muchos bolivianos pero cometió el grave error de ignorar sus libertades y las instituciones democráticas que bien o mal existían. Su legado social será opacado por su proceder autoritario y antidemocrático. Ese es el hombre al que México ha dado asilo humanitario: un dictador en ciernes. Lo más duro será aceptar que él solo provocó su caída y no otro petate del muerto imperialista, neoliberal, clasista o racista. Es una víctima, sí, pero de sus propios errores.

rodrigo.pynv@hotmail.com; Facebook: Rodrigo Sánchez; Twitter: @RodrigoSanArce