/ lunes 5 de agosto de 2019

Contexto / El cazador de plásticos en el mar


El mar, la temperatura, los olores, los sudores solo traen los recuerdos de infancia.

“uf hacia tanto tiempo que no venía, que me parece que el tiempo se había alargado demasiado para volver”, piensa uno y el otro también.

Es el tiempo de la canícula, del calor intenso, que abraza, que te hace sudar y te agota hasta sumirte en un profundo sueño del que, al arrullo del mar, no quieres despertar.

A diferencia a años antes el turismo extranjero poco se deja ver, es más el nacional el que sostiene a la economía del puerto, Los hechos de violencia, las muertes constantes, las balaceras han ido determinando su futuro y su presente. A ello se unen sus cinturones de pobreza y marginalidad que hacen aún más dura la vida por acá. “Todos los días se escuchan denotaciones”, nos dicen.

El “good morging, Mister o Misses” (sic), el “Bonjour Monsieur o madame” ya se escuchan poco.

Pero a pesar de todo Acapulco sigue siendo una de las playas más bellas del mundo. Eso ni duda cabe.

Recorremos todos los recuerdos desde el mar. Mi sobrino y yo tomamos prestada una moto y empezamos a recorrerla bahía desde Pichelingue a la de Acapulco. El recorrido parece mágico. El movimiento de mar que se fractura con el correr de la moto, el agua que salpica y quema. Las vistas de las playas, el paso por la casa de Cantinflas, los lugares en donde dicen pasó Elvis Presley o los Kennedy de luna de miel, o las mansiones de los beneficiados del milagro mexicano que para algunos pocos aún sigue siendo, el “acuérdate de Acapulco, María Bonita” de AgustínLara. Avanzamos por el mar mientras mi sobrino conduce aprisa y con prudencia. De pronto se detiene en medio de esa bahía inmensa.Regresa. Yo, entro en un pánico silencioso. “Pues que pasa”, me pregunto. Avanza lentamente la moto, mientras las olas nos agreden, después me explica, es que hay una botella de plástico en el mar.Detiene la moto y baja por ella. La toma en sus manos y la aplasta y la sujeta con los pies. Continuamos nuestro camino y sigue otra botella y otra y otra. Se convierte en un cazador de plástico en el mar. “Es que no es justo, no es correcto”, me dice en forma angustiada. “A este paso nos vamos a acabar el planeta”.

Terminamos con botellas ente los pies. Confieso. Me gustan los millennials con esa conciencia por el cuido delo único que aún nos queda: un poco de medio ambiente.

Al menos, pienso, hay algo de esperanza. Lo veo en sus ojos que me dicen al final. “Tarea cumplida, el trabajo no”.

Al día siguiente guardo ese imagen y desde el mar, contemplo con mi hermano, nuestros recuerdos de infancia: la playa de Caleta, de Caletilla, de Puerto Márquez, de Cabo Marques, de la Roqueta y llegamos hasta la quebrada en donde vimos el camino desde donde veíamos echarse de clavados, y vimos también en donde le rezaban a la virgen y las barcas de fondo de cristal para ver a la virgen milagrosa del mar. AL Yate fiesta no lo vimos, creo que por aquellos años era el único y exclusivo. Solo recuerdo haberlo visto de lejos. Y nos acordamos de haber comido en el restaurante El Caballero, llenos de arena de mar y llorando de quemados, o yendo después al Tastee Freez (creo así se llamaba) para tomar una malteado o un hot-dog. Recordábamos esos tiempos y volvimos a ser niños, a emocionarnos con lo dorado de la playa, con la naturaleza aún de fondo y en la noche ver la tierra como si fuera una noche estrellada.

Es siempre bueno viajar entre dos generaciones, la de mi sobrino que me enseña que el amor por el futuro se puede convertir en esperanza, y la de mi hermano, quien con la alegría de su mujer, tiende un puente con el pasado.

Salimos ya al atardecer. El cielo abierto y yo con las ganas de seguir recordando y sintiendo eso solores que hacen del adulto otra vez un niño.


El mar, la temperatura, los olores, los sudores solo traen los recuerdos de infancia.

“uf hacia tanto tiempo que no venía, que me parece que el tiempo se había alargado demasiado para volver”, piensa uno y el otro también.

Es el tiempo de la canícula, del calor intenso, que abraza, que te hace sudar y te agota hasta sumirte en un profundo sueño del que, al arrullo del mar, no quieres despertar.

A diferencia a años antes el turismo extranjero poco se deja ver, es más el nacional el que sostiene a la economía del puerto, Los hechos de violencia, las muertes constantes, las balaceras han ido determinando su futuro y su presente. A ello se unen sus cinturones de pobreza y marginalidad que hacen aún más dura la vida por acá. “Todos los días se escuchan denotaciones”, nos dicen.

El “good morging, Mister o Misses” (sic), el “Bonjour Monsieur o madame” ya se escuchan poco.

Pero a pesar de todo Acapulco sigue siendo una de las playas más bellas del mundo. Eso ni duda cabe.

Recorremos todos los recuerdos desde el mar. Mi sobrino y yo tomamos prestada una moto y empezamos a recorrerla bahía desde Pichelingue a la de Acapulco. El recorrido parece mágico. El movimiento de mar que se fractura con el correr de la moto, el agua que salpica y quema. Las vistas de las playas, el paso por la casa de Cantinflas, los lugares en donde dicen pasó Elvis Presley o los Kennedy de luna de miel, o las mansiones de los beneficiados del milagro mexicano que para algunos pocos aún sigue siendo, el “acuérdate de Acapulco, María Bonita” de AgustínLara. Avanzamos por el mar mientras mi sobrino conduce aprisa y con prudencia. De pronto se detiene en medio de esa bahía inmensa.Regresa. Yo, entro en un pánico silencioso. “Pues que pasa”, me pregunto. Avanza lentamente la moto, mientras las olas nos agreden, después me explica, es que hay una botella de plástico en el mar.Detiene la moto y baja por ella. La toma en sus manos y la aplasta y la sujeta con los pies. Continuamos nuestro camino y sigue otra botella y otra y otra. Se convierte en un cazador de plástico en el mar. “Es que no es justo, no es correcto”, me dice en forma angustiada. “A este paso nos vamos a acabar el planeta”.

Terminamos con botellas ente los pies. Confieso. Me gustan los millennials con esa conciencia por el cuido delo único que aún nos queda: un poco de medio ambiente.

Al menos, pienso, hay algo de esperanza. Lo veo en sus ojos que me dicen al final. “Tarea cumplida, el trabajo no”.

Al día siguiente guardo ese imagen y desde el mar, contemplo con mi hermano, nuestros recuerdos de infancia: la playa de Caleta, de Caletilla, de Puerto Márquez, de Cabo Marques, de la Roqueta y llegamos hasta la quebrada en donde vimos el camino desde donde veíamos echarse de clavados, y vimos también en donde le rezaban a la virgen y las barcas de fondo de cristal para ver a la virgen milagrosa del mar. AL Yate fiesta no lo vimos, creo que por aquellos años era el único y exclusivo. Solo recuerdo haberlo visto de lejos. Y nos acordamos de haber comido en el restaurante El Caballero, llenos de arena de mar y llorando de quemados, o yendo después al Tastee Freez (creo así se llamaba) para tomar una malteado o un hot-dog. Recordábamos esos tiempos y volvimos a ser niños, a emocionarnos con lo dorado de la playa, con la naturaleza aún de fondo y en la noche ver la tierra como si fuera una noche estrellada.

Es siempre bueno viajar entre dos generaciones, la de mi sobrino que me enseña que el amor por el futuro se puede convertir en esperanza, y la de mi hermano, quien con la alegría de su mujer, tiende un puente con el pasado.

Salimos ya al atardecer. El cielo abierto y yo con las ganas de seguir recordando y sintiendo eso solores que hacen del adulto otra vez un niño.

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